Christa Funk tenía apenas dos añitos cuando se metió sola en la piscina y fue caminando hacia lo profundo, hacia lo profundo, hacia lo más profundo, hasta quedar bajo el agua. Suerte tuvo de que su madre llegara a tiempo para sacarla. Décadas después, ha convertido aquel arrojo en arte: hoy es la fotógrafa más reconocida del mundo del surf, la que más horas pasa dentro de Pipeline, una de las olas más peligrosas del mundo, en Hawai. Su vida se narra en ‘Christa Funk: first in, last out’, un documental que se proyecta en el International Ocean Film Tour, que ya ha pasado por unas 20 ciudades españolas y que acabará entre Ibiza (este domingo) y Lanzarote.
De una piscina en Colorado, un estado sin costa, a las aguas de Pipeline, en Hawai: la historia de la exoficial de la Guardia Costera de EEUU convertida en la fotógrafa de olas grandes más reconocida del mundo, protagonista del documental ‘Christa Funk: first in, last out’.
Christa Funk tenía apenas dos añitos cuando se metió sola en la piscina y fue caminando hacia lo profundo, hacia lo profundo, hacia lo más profundo, hasta quedar bajo el agua. Suerte tuvo de que su madre llegara a tiempo para sacarla. Décadas después, ha convertido aquel arrojo en arte: hoy es la fotógrafa más reconocida del mundo del surf, la que más horas pasa dentro de Pipeline, una de las olas más peligrosas del mundo, en Hawai. Su vida se narra en ‘Christa Funk: first in, last out’, un documental que se proyecta en el International Ocean Film Tour, que ya ha pasado por unas 20 ciudades españolas y que acabará entre Ibiza (este domingo) y Lanzarote.
«Nunca he querido alejarme del mar, tampoco de niña, aunque todavía no era consciente de hasta qué punto acabaría convirtiéndose en el eje de mi vida», cuenta a EL MUNDO la fotógrafa estadounidense, que curiosamente creció en Colorado, un estado sin costa, a más de 3.000 kilómetros del océano Pacífico. Las olas las vio en fotos, las admiró, las soñó, pero no contempló una de verdad hasta que su familia se trasladó, años más tarde, a Delaware. Allí, a menos de dos kilómetros de la playa, se apuntó a un equipo de natación y descubrió que le encantaba el mar salvaje.
La fotografía llegó un poco más tarde, casi por casualidad, cuando tenía 13 años y una profesora le prestó una cámara; su padre, poco después, le compró una Canon Rebel 2000 de segunda mano. Empezó fotografiando todo tipo de competiciones deportivas para el periódico del instituto, sin sospechar que aquello acabaría llevándola al surf.
Antes hubo disciplina: fue nadadora de competición y oficial de la Guardia Costera de Estados Unidos, donde se graduó en Ciencias Marinas Ambientales, y también una prueba de fuego. En 2012, apenas cuatro meses después de salir de la academia, quedó atrapada en un tifón frente a las costas de Japón a bordo de un buque de 115 metros, formando parte del equipo de mando durante una patrulla de más de 100 días. Salió de aquello de una pieza. «La disciplina es indispensable para actuar con eficacia en situaciones de máxima exigencia», resume Funk, de 36 años, sobre sus inicios.
Porque a partir de ahí llegó el disfrute. Fue destinada a Honolulu, la capital de Hawai, y allí, de pie en la orilla, vio por primera vez a los fotógrafos que nadaban dentro de Pipeline. Alucinó. «Descubrí mi objetivo en la vida. Supe que quería estar ahí fuera, en el agua, con una cámara entre las manos, nadando en lugar de limitarme a observar desde la orilla», relata. En 2017, ya dentro del mundillo, comprobó que ganaba con la fotografía casi lo mismo que como oficial, y dejó la Guardia Costera.
Desde entonces ha escalado hasta la cima de un negocio dominado casi por completo por hombres: se ha convertido en la primera fotógrafa de agua en cubrir el Eddie Aikau Big Wave Invitational, la prueba que solo se disputa cuando las olas superan los 15 metros de cara, y hoy es una de las presencias más respetadas en los días grandes. En su documental ‘Christa Funk: first in, last out’ repasa su vida, algunas de sus mejores imágenes y algunos de sus miedos: cómo saber dónde está el límite, cuándo aceptar que hoy no es el día. «Ha habido ocasiones en las que he decidido no volver a entrar en el agua porque sencillamente no era la decisión correcta. El océano seguirá allí mañana», explica, y añade: «No puedo permitir que mi ego me convenza de quedarme simplemente porque aún queda batería en la cámara».
«Lo que me hace volver una y otra vez al agua es la búsqueda de esa imagen irrepetible, ese instante único que jamás podrá recrearse», proclama, antes de apartar la épica de abrirse camino en un deporte de hombres: «Prefiero que me juzguen por mis imágenes, por mi profesionalidad y por el respeto con el que trato a los demás antes que por cualquier otra consideración».
Funk agradece la oportunidad de contar estas historias en foros como el International Ocean Film Tour y termina con una reflexión: si una fotografía, venga firmada por quien venga firmada, logra que alguien se interese por el mar y decida protegerlo, «ya ha cumplido su función», viva esa persona junto a la costa o a cientos de kilómetros de ella. De aquella piscina de Colorado en la que casi se ahoga a una de las olas más temidas del planeta: la trayectoria de Christa Funk resume lo que puede llegar a hacer alguien que un día decidió no salir más del agua.
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