La crisis energética aboca a los gobiernos a tomar más medidas a las puertas de un superaño electoral en Europa

Tiene algo de déjà vu, de día de la marmota: cuatro años después de la brutal crisis energética provocada por Vladímir Putin, Europa vuelve a estar en las mismas. Los chalecos amarillos han anunciado su regreso a las carreteras francesas el 17 de octubre, con el precio de la gasolina —y sobre todo del diésel— como catalizador. En Portugal se suceden los bocinazos y las marchas lentas de automóviles. E Irlanda, con nuevas protestas en el horizonte, no termina de cerrar el estallido de la pasada primavera, cuando los manifestantes llegaron a bloquear el acceso a la única refinería del país. Todo incipiente, muy incipiente, pero indicativo de un descontento que está lejos de amainar. Una olla a presión de final incierto y que obliga a los Gobiernos a tomar medidas urgentes.

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 La carestía del diésel y el empuje ultra añaden urgencia a unos Ejecutivos que han desplegado menos salvavidas que en 2022  

Tiene algo de déjà vu, de día de la marmota: cuatro años después de la brutal crisis energética provocada por Vladímir Putin, Europa vuelve a estar en las mismas. Los chalecos amarillos han anunciado su regreso a las carreteras francesas el 17 de octubre, con el precio de la gasolina —y sobre todo del diésel— como catalizador. En Portugal se suceden los bocinazos y las marchas lentas de automóviles. E Irlanda, con nuevas protestas en el horizonte, no termina de cerrar el estallido de la pasada primavera, cuando los manifestantes llegaron a bloquear el acceso a la única refinería del país. Todo incipiente, muy incipiente, pero indicativo de un descontento que está lejos de amainar. Una olla a presión de final incierto y que obliga a los Gobiernos a tomar medidas urgentes.

El segundo gran reventón fósil en menos de un lustro no podía llegar en una coyuntura política más crítica, en vísperas de un superaño electoral en la Unión Europea: cuatro de los cinco países más poblados del club (Francia, Italia, España y Polonia) elegirán Gobierno en 2027. También lo harán Finlandia, Grecia, Eslovaquia y Estonia. Todos ellos, con el diésel por encima de los dos euros por litro, y con el gas natural y la electricidad picando de nuevo al alza. Material inflamable de primera en un clima social extremadamente polarizado.

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En Estados Unidos, la demoscopia parece haber despertado a Donald Trump tras meses de autoaplausos. “He dicho que no enviemos diésel fuera”, soltó el martes pasado en un encuentro con su homólogo ucranio, Volodímir Zelenski, a quien llevaba semanas pidiendo que deje de atacar refinerías rusas. Esas siete palabras cambian radicalmente el paradigma tras una década de hegemonía exportadora estadounidense en gas, petróleo y derivados. E invitan a pensar que, ahora sí, la Casa Blanca teme perder las dos Cámaras del Congreso en las elecciones de medio mandato en noviembre: los precios están desgarrando su idilio con el heartland, el gran polo agrícola de Estados Unidos, y obligan a un truco de última hora para enderezar el rumbo.

Europa tiembla desde que Trump aireó el posible fin de las exportaciones de diésel, pero aún está en un estadio anterior: las grandes citas con las urnas llegarán a partir de la próxima primavera, con Estonia, Francia y Finlandia abriendo paso. Pero la realidad es que sus gobiernos están siendo bastante más timoratos que en 2022. Solo ahora, con semanas de demora, algunos Gobiernos se plantean medidas de emergencia a la imagen y semejanza de aquellos días crudos: ayudas directas a lo grande, salvavidas para el campo y la industria, gravámenes extra sobre las empresas energéticas —que se están haciendo de oro una vez más— y, quién sabe, un segundo vals para la excepción ibérica. En España, el Ejecutivo tiene previsto anunciar este martes un nuevo paquete anticrisis.

El tono general ha cambiado en estos cuatro años. La manga ancha fiscal pospandemia es ahora bastante más estrecha. Las necesidades de gasto se han multiplicado, con las partidas de defensa disparadas. Los tipos de interés han subido y seguirán subiendo, con un Banco Central Europeo más halcón. Y, gracias a la aventura de Trump en Irán, el coste de financiación se ha disparado. Menos margen, en fin, para sacar el extintor a lo grande contra un incendio que devora el bolsillo.

La historia es inequívoca: una crisis energética siempre tiene eco en las urnas. En Alemania, parte del estirón final de la ultraderecha de AfD en las recientes elecciones regionales de Sajonia-Anhalt y en Mecklemburgo-Pomerania Occidental ha tenido esos tintes: la insistencia, martilleante, en culpar a conservadores clásicos y socialdemócratas de la carestía de los carburantes y la luz, pese a que el origen de todo está en Rusia y en Oriente Próximo, les ha dado réditos. Y ha marcado el camino para el resto de fuerzas de extrema derecha.

“Es una gran oportunidad para los populistas, con sus soluciones aparentemente fáciles, como abandonar las políticas climáticas o volver a los combustibles fósiles, que no resisten un análisis riguroso”, expone Ronan Bolton, profesor de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido). Tras la invasión rusa de Ucrania, explica por correo electrónico, “los políticos europeos han comprendido con claridad que la energía no es un sector económico más: que constituye, más bien, la base sobre la que se sustenta todo el sistema económico”.

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Como casi siempre en política, el problema es de expectativas y de tiempos. La solución de fondo a las repetidas crisis de precios de la energía está en la autonomía estratégica, con electrificación (adiós al coche de combustión y a las calefacciones de gas; cuanto antes mejor), renovables (la electricidad más barata es, por mucho, la que viene del sol y del viento) y con almacenamiento (baterías, sobre todo: ahí hay una revolución en marcha). La lógica demanda ciudadana, sin embargo, está en el hoy, en lo urgente, en las cosas del comer: en abaratar el recibo de la luz y el tique de la gasolina. “Las soluciones a largo plazo son las únicas posibles, pero el perjuicio inmediato abre un espacio político para ofertas electoralmente atractivas en un momento en el que hogares y empresas están en dificultades”, añade Bolton.

La letanía de propuestas de la ultraderecha es bien sabida: impuestos más bajos aquí y allá, y defensa a ultranza de lo fósil pese a que ningún país europeo (a excepción de Noruega) es autosuficiente en gas y petróleo. “Todo esto encaja con un patrón más amplio: presentar los costes energéticos como evitables y atribuirlos a decisiones de los gobiernos en lugar de a shocks geopolíticos, que son los que realmente están encareciendo la energía”, esboza Jan Steckel, jefe del grupo de estudios sobre economía política del Instituto Potsdam alemán.

El panorama macroeconómico es, con todo, bastante más optimista de lo que cabría esperar. El crecimiento, aunque magro desde hace tiempo, resiste y los índices de confianza pintan un cuadro bien distinto del que sugieren los surtidores. La última curva, sin embargo, puede estar aún por llegar si Trump cumple su promesa y prohíbe las exportaciones de diésel: tres grandes economías de la UE (Países Bajos, Francia y España) están entre los diez mayores importadores de gasóleo del país norteamericano.

Conscientes del daño que haría, el humor ya es otro en Bruselas, donde el comisario de Energía, Dan Jorgensen, ha pasado en pocos meses de un “estamos mucho mejor preparados que hace cuatro años″ a un aviso con reminiscencias: este invierno, decía la semana pasada al diario británico Financial Times, será “el peor” desde entonces. Poco después, él mismo pedía por carta a las capitales un esfuerzo temporal para reducir la demanda de gas tanto como sea posible y afrontar así unos meses “desafiantes”, con las reservas estratégicas en niveles “excepcionalmente reducidos”, muy por debajo de lo que recomienda el propio Ejecutivo comunitario. Vuelta a la casilla de salida: si no estamos en 2022, esto se parece mucho. Cada vez más.

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