El ministro Óscar Puente va a tener que duplicar el número de asesores para que no se les escape nada de lo que estamos diciendo de él estos días. No todo es malo: yo le reconozco el mérito de haber hecho bueno a su predecesor, hito encomiable cuando su predecesor está cumpliendo condena por corrupción. Perdonen, en algunos el dolor metaboliza en ironía. De hecho, pensaba titular esta columna «Otra crisis que resuelve Óscar Puente», pero me he contenido.
«No tiene sentido pedir su dimisión; sería conceder al sanchismo una normalidad que hace tiempo dejó de merecer»
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El ministro Óscar Puente va a tener que duplicar el número de asesores para que no se les escape nada de lo que estamos diciendo de él estos días. No todo es malo: yo le reconozco el mérito de haber hecho bueno a su predecesor, hito encomiable cuando su predecesor está cumpliendo condena por corrupción. Perdonen, en algunos el dolor metaboliza en ironía. De hecho, pensaba titular esta columna «Otra crisis que resuelve Óscar Puente», pero me he contenido.
¿Qué más podemos decir del (todavía) ministro Puente? Decir que tendría que dimitir tras la tragedia ferroviaria de Urda me incomoda. Es casi ridículo. Sería fingir que seguimos dentro de un marco de normalidad institucional en el que existe la responsabilidad política. En el que el fracaso institucional tiene consecuencias para nuestros representantes. Pedir su cese sería obviar que nunca debería haber sido ministro de Transportes. No porque no sepa nada de transportes, sino porque no entiende lo que significa —o debería significar— ser ministro.
Yo exigí su cese tras el primer insulto en redes, tras los tuits durante los incendios, tras la tragedia de Adamuz… Durante mucho tiempo pensé que Puente nunca debió ser ministro. Pero su historial de ignominias es revelador. Por eso ahora opino lo contrario: Puente es el ministro más representativo del sanchismo. El que mejor cumple el guion. Por eso no tiene sentido pedir su dimisión; sería conceder al sanchismo una normalidad que hace tiempo dejó de merecer. No. Óscar Puente debe quedarse. Que el 29 de noviembre los españoles vean en las listas del PSOE el nombre más reconocible del sanchismo.
Mejor no fingir normalidad. Porque, ¿de qué normalidad estamos hablando? Illa no abandonó Sanidad tras su gestión de la pandemia. Beatriz Corredor sigue al frente de Red Eléctrica. La directora general de la Guardia Civil y la presidenta de la SEPI están imputadas y siguen en sus cargos. El propio Sánchez continúa en la Moncloa después de que su mano derecha, ministro de Transportes y secretario de Organización haya sido encarcelado por corrupción. Y entretanto, hemos asistido a una amnistía negociada a cambio de votos, a miles de mentiras y promesas incumplidas, a Bildu como socio preferente, y hasta nos hemos acostumbrado al hedor de una cloaca que amendrentaba a jueces y policías. Por no hablar del CIS o de RTVE. Por pervertir, han pervertido hasta el censo. En el sanchismo no hay excepciones, el sanchismo es la excepción.
Las tragedias de Adamuz y Urda, pese a lo que dice el gobierno, no son consecuencia de un único error humano. Ni de un operario ni de Óscar Puente. El fallo es sistémico, y el sistema es el sanchismo. Puente sólo es uno más en esa ciénaga de mentiras, sectarismo e ineptitud. Por eso, de cara a las elecciones, lo mejor y más honesto es que siga en su ministerio y en su puesto de salida en las lista por Valladolid. Mejor que siga. Porque olvidamos rápido. Y nos va la vida en ello.
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