<p>En junio podremos ver, en Apple TV, <i>El cabo del miedo</i>. No la película de J. Lee Thompson de 1962 ni la de Scorsese de 1991, sino <strong>una nueva versión de la novela de John D. McDonald</strong>, esta vez en forma de serie. Su mayor atractivo es la presencia de <strong>Javier Bardem</strong>. En la nueva <i>El cabo del miedo</i>, interpreta, efectivamente, al peligroso Max Cady. Hereda el personaje de <strong>Robert Mitchum y Robert DeNiro</strong>. Cady es uno de esos personajes icónicos que muchos actores ansían interpretar algún día.</p>
La condición de clásico es lo que permite un jugueteo mayor con el texto original, no lo que lo convierte en intocable.
En junio podremos ver, en Apple TV, El cabo del miedo. No la película de J. Lee Thompson de 1962 ni la de Scorsese de 1991, sino una nueva versión de la novela de John D. McDonald, esta vez en forma de serie. Su mayor atractivo es la presencia de Javier Bardem. En la nueva El cabo del miedo, interpreta, efectivamente, al peligroso Max Cady. Hereda el personaje de Robert Mitchum y Robert DeNiro. Cady es uno de esos personajes icónicos que muchos actores ansían interpretar algún día.
Un dato curioso: por mucho que lleve décadas prostituyendo su talento en comedias espantosas, Robert DeNiro tiene el récord de personajes que encajan en esa categoría de interpretaciones icónicas adoradas por sus compañeros de profesión: Vito Corleone, Travis Bickle, Jake La Motta…
De todos ellos solo Max Cady ha vuelto, encarnado por otro actor, concretamente uno nacido en Las Palmas de Gran Canaria. ¿Eso quiere decir que El cabo del miedo es un clásico moderno? ¿La historia de Cady y el matrimonio Bowden pertenece ya a la cultura popular y, como tal, es susceptible de ser reinterpretada infinitamente? El cabo del miedo en Apple, quiera o no, tiene que hacer un ejercicio de reajuste peligroso: pasar de una historia que se cuenta en dos horas a una serie de 10 capítulos. Eso es mucho trabajo para Nick Antosca, su showrunner. Pero para el espectador también es más estimulante. Como bien demostró Gus Van Sant con su remake-troleo de Psicosis, replicar una película no tiene ningún sentido. El experimento-troleo de Van Sant, que volvió a filmar, escena por escena, el clásico de Hitchcock, es interesante a su manera. Y cansino.
Otro estreno, este mucho más cercano, el de la Cumbres borrascosas dirigida por Emerad Fennell, reaviva de nuevo el debate. Antes de ver la película, la enésima adaptación audiovisual de Emily Brontë, algunos ya han criticado las licencias que se ha tomado Fennell con este clásico incontestable. Me pregunto yo si esa incontestabilidad no será precisamente lo que permite un jugueteo mayor con el texto original. Y respondo: sí, un clásico es exactamente eso. Si nos llevásemos las manos a la cabeza cada vez que Shakespeare, Esquilo o Cervantes son adaptados con extrema libertad, no pararíamos. Me resultan entrañables los que se erigen en representantes de esos autores, en guardianes de sus esencias. No toques a mi Shakespeare, a mi Emily Brontë, a mi Robert DeNiro.
Hace más de 20 años, la compañía de teatro canadiense Mabou Mines montó una Casa de muñecas con actores enanos, menos su Nora, interpretada por una mujer de tamaño normal. La metáfora visual era tan obvia como potente, la propuesta tan descarada que atacarla denotaba cerrazón, caspa y falta de sentido del humor. A ver qué les parece que Max Cady sea ahora español. O que Emerad Fennell haga lo que le salga del mismísimo con Cumbres borrascosas. Los clásicos están para romperlos. Porque son irrompibles.
Cultura
