Roma sigue buscando a Emanuela Orlandi en los sótanos de una mansión

Vivir en Roma suele dar una sensación de estar rodeado de misterios, algunos maravillosos y otros no tanto, su lado oscuro. Se convive con ellos con cierta familiaridad. Por ejemplo, desde hace más de cuatro meses las fuerzas del orden excavan en los jardines y sótanos de una vieja mansión, y hasta han llegado a las antiguas catacumbas, sin saber bien lo que se van a encontrar. Y a lo mejor no encuentran nada. Es el enésimo episodio de uno de los grandes misterios italianos: la desaparición en 1983 de Emanuela Orlandi, hija de un empleado del Vaticano, un caso sin resolver al que se han dedicado series y documentales.

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 Desde hace cuatro meses se excava en los túneles de un palacio que perteneció a una banda criminal, conectados con las catacumbas, con la esperanza de resolver uno de los sucesos más misteriosos de Italia  

Vivir en Roma suele dar una sensación de estar rodeado de misterios, algunos maravillosos y otros no tanto, su lado oscuro. Se convive con ellos con cierta familiaridad. Por ejemplo, desde hace más de cuatro meses las fuerzas del orden excavan en los jardines y sótanos de una vieja mansión, y hasta han llegado a las antiguas catacumbas, sin saber bien lo que se van a encontrar. Y a lo mejor no encuentran nada. Es el enésimo episodio de uno de los grandes misterios italianos: la desaparición en 1983 de Emanuela Orlandi, hija de un empleado del Vaticano, un caso sin resolver al que se han dedicado series y documentales.

Hay una posibilidad remota, como en otras ocasiones, de que los restos de la joven (entonces de 15 años) estén enterrados allí. Villa Osio, confiscada por el Estado, ahora es la Casa del Jazz del Ayuntamiento de Roma, pero tiene su pasado. Construida en los años treinta cerca de las termas de Caracalla por un banquero, Arturo Osio, pasó a su muerte en 1968 a una orden religiosa. Pero en 1983 fue comprada por Enrico Nicoletti, tesorero de la banda de la Magliana, famoso grupo criminal romano de los años ochenta, que hacía trabajo sucio para la mafia y los servicios secretos (también tiene libros, series y películas).

La hipótesis más asentada es que fue esta banda quien secuestró a Orlandi por encargo, aunque sobre el móvil se ha dicho de todo: presionar al Vaticano para que pagara sus deudas con la mafia tras el desfalco de las finanzas de la Santa Sede o que detrás hay una red de pederastia con implicación de altos prelados. En su día también se interpretó como una extorsión para liberar a Ali Agca, autor del atentado a Juan Pablo II de 1981.

Es un caso ya difícil de seguir, se ha ido complicando mucho, pero se reabre periódicamente porque aparece una nueva pista o un testigo insospechado, aunque a veces son falsos y desvían las investigaciones. Hay una comisión parlamentaria sobre Orlandi y Mirella Gregori, otra chica desaparecida un mes antes, que a veces descubre cosas. Este jueves, por ejemplo, interrogó durante siete horas a un extraño y controvertido personaje, Marco Accetti, que en 2013 se inculpó de haber participado en el secuestro y, como prueba, entregó la flauta que ese día llevaba Orlandi, que salía de clase de música. Pero para la familia es poco de fiar y una pérdida de tiempo.

Los escondrijos de la banda para ocultar armas, dinero y cadáveres son un capítulo aparte de sus leyendas —aún se busca el tesoro del golpe de 1999 a la cámara de seguridad del tribunal de Roma—, y se cree que en el subsuelo de la villa podría haber uno. El verano pasado, en unas obras en el hospital San Camillo, se encontró un esqueleto en el hueco de un ascensor y, como en esa zona había túneles de la banda de la Magliana, se pensó de inmediato en Orlandi. Las pruebas de ADN lo descartaron. Obviamente, todo esto es una pesadilla para su familia, que con cada novedad revive la tragedia.

Esta vez otra familia ha vivido lo mismo. Se trata de los hijos del juez Paolo Adinolfi, que una mañana de 1994 salió de casa diciendo que volvía para comer y nunca regresó. Investigaba los negocios de la banda y al propio Nicoletti. La mansión del cajero de la Magliana siempre estuvo bajo sospecha, pues se sabía que tenía subterráneos (como en media Roma, por otra parte), pero no fue hasta el pasado mes de noviembre cuando la prefectura ordenó excavar allí, a ver si aparecía el cuerpo de Adinolfi o el de Orlandi. De nuevo, 43 años después, el caso volvió a estar en primera página.

La excavación se convirtió pronto en un misterio en sí misma. Apareció un hombre que en su infancia vivió en la casa, pues su padre trabajaba para Osio. Explicó que en un salón de fiestas había una puerta que llevaba a una gruta usada como bodega, conectada con las catacumbas de la antigua Roma. Luego apareció un cura con unos planos dibujados por él mismo, de la orden propietaria del edificio hasta 1983, que dijo que excavaban en el lugar equivocado.

La complejidad técnica y el mal tiempo han ido retrasando los trabajos. Los bomberos encontraron otra escalera a la que se accedía desde un arco de época romana, y tuvieron que parar hasta obtener el visto bueno de la superintendencia arqueológica. Luego toparon con un muro que cerraba el paso a una especie de búnker. Se hizo un agujero para rodearlo, pero se encontraron con otra pared. Por fin, el 6 de marzo la derribaron, pero seguía una galería con restos de derrumbes donde estos días se avanza despacio, retirando cascotes a mano. En este caso, cuanto más se profundiza, más oscuro es.

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