Se levanta la barrera y ahí aparecen las filas de bungalows que conforman El Toro Azul. Una señora riega las plantas que ha colocado en su porche para dar color a su parcela.Otra asoma la cabeza por un ventanuco mientras prepara la comida. Un pequeño grupo se junta ante una caña en la terraza del bar de este cámping con la agradable brisa del mar soplando. Y, aunque el movimiento es constante a su alrededor, ellos siguen su vida, ajenos a lo que allí ocurre. Como una vida que se ha detenido y otra que bulle con fervor. Como una realidad integrada por dos opuestas entre sí.
Los hermanos ruedan la segunda película de Mario Casas como director, ‘A puño descubierto’, en Arenys de Mar
Se levanta la barrera y ahí aparecen las filas de bungalows que conforman El Toro Azul. Una señora riega las plantas que ha colocado en su porche para dar color a su parcela.Otra asoma la cabeza por un ventanuco mientras prepara la comida. Un pequeño grupo se junta ante una caña en la terraza del bar de este cámping con la agradable brisa del mar soplando. Y, aunque el movimiento es constante a su alrededor, ellos siguen su vida, ajenos a lo que allí ocurre. Como una vida que se ha detenido y otra que bulle con fervor. Como una realidad integrada por dos opuestas entre sí.
Cuando uno va recorriendo las callejuelas de arena y piedras de este espacio en Arenys de Mar, acercándose a uno de sus extremos, van apareciendo objetos que no encajan en el entorno. Unas pértigas por aquí. Unas cámaras por allá. Un combo encerrado en una carpa negra. La velocidad de movimiento empieza a acelerar y allí, en el medio, aparece la figura de Mario Casas. Este cámping es uno de los lugares que el actor se ha buscado para su segunda experiencia como director. Aquí está el cuartel general de los dos hermanos que protagonizan A puño descubierto. Ficción y realidad también integradas como las dos realidades que conviven en este lugar.
Porque Luis y Daniel son dos hermanos en busca de una forma de sobrevivir en el mundo de las peleas clandestinas. Y también son Mario y Óscar Casas, que ya trabajaron juntos en la primera película del mayor, Mi soledad tiene alas. A diferencia de aquella experiencia, Mario ahora tiene la doble función de dirigir y ser uno de los protagonistas. «Está siendo duro física y mentalmente porque realmente Mario me dice y me dirige algunas veces sin salir del personaje. Porque él entra y sale, no se corta y pasan muchas cosas. Llego a casa realmente agotado, reventado, pero feliz con la sensación de que estamos buscando verdad, cosas que ocurran de verdad», explica Óscar, en uno de los descansos del rodaje. Y va Mario: «Para mí Óscar es de los mejores actores de su generación, pero es que yo no le puedo pedir a nadie lo que estoy pidiendo a él en esta película. No se lo puedo pedir a otro actor que no sea mi hermano porque no lo aceptaría. Lo que él ha hecho para convertirse en luchador nadie lo puede hacer».
Las marcas en los nudillos del pequeño de los Casas y alguna que otra en la cara dan cuenta de ello. Durante meses, Óscar se ha metido a un entrenamiento real con profesionales de las artes marciales mixtas -las conocidas como MMA- para preparar el personaje que su hermano le demandaba. Y, tras ello, encontrar los resortes emocionales que solo saltan entre dos hermanos que siempre han estado juntos y que forman parte de un guion que durante tres años han confeccionado Mario Casas y Eduard Sola -ganador del Goya a Mejor guion en 2025 por Casa en llamas-. «Hay lugares a los que solo podemos llegar Óscar y yo para interpretar porque tienen que ver con ser hermanos. A mí eso me parece que es un sentimiento muy potente y que solo puedes encontrar estando los dos», remarca el director.
Aquí, en El Toro Azul, se han construido por completo un bungalow y una caravana que apenas desentona con los que le rodean. Como si hubieran estado siempre instaladas en ese lugar. Esa es la casa de los hermanos en la ficción y, sobre uno de sus sofás, está dándole ahora unas instrucciones Mario a Óscar antes de repetir la escena que se está desarrollando en el interior. Óscar, sin decir palabra, se sienta en el sofá, mira al frente, a los laterales, pasea por la casa, va al baño, suspira frente al espejo, se mueve a la cocina, bebe agua del grifo, se acomoda de nuevo en el sofá, se encierra en sus pensamientos, toca a la perra, se recuesta… y corten. «Siéntate en el lado izquierdo del sofá, Osqui, y mira cómo si estuviera la perra en la cama», le apunta su hermano. Y este obedece, vuelve a repertir de forma casi idéntica la escena.
«Yo como actor necesito estar vivo, me cuesta mucho cuando se corta, me desconecto. Yo no puedo estar aquí actuando, yendo al combo, mirando la toma y volviendo porque es imposible. Por eso hacemos tomas muy largas, para tener mucho material. Cuando pasan 15 o 20 minutos yo ya sé cuáles son válidas porque estoy dentro y para mí ha sido de verdad. También lo que me mandaban los primeros días de rodaje he visto que funcionaba», detalla Mario Casas sobre el proceso de dirección de esta película, donde está prestando también sus servicios Gerard Oms, coach del mayor de los Casas y director de una de las últimas películas en las que ha participado, Muy lejos.
Porque, además de los protagonistas, todo en A puño descubierto se mueve entre familia o, al menos, entre un núcleo muy cercano a Mario Casas. Hasta el punto de que la perra que aparece en la escena que antes se ha descrito es realmente la perra del hermano mayor. «Hay algo que me parece muy interesante de contar en esta peli, más allá de las peleas y de la relación de estos dos hermanos, y es la convivencia de dos chavales que en este caso están solos aquí con su perra. El día a día de ellos dos, los problemas familiares que hay. Ya se sabe que las mayores discusiones, las más intensas, suelen ser las que se dan dentro de la familia», afirma Mario. Y le complementa su hermano: «Es que las relaciones de hermanos son complejas. Y, en este caso, queremos ver también de dónde sale toda la rabia, de dónde sale llegar a ciertos límites y una fuerza tan animales y tan instintiva».
Esa mirada hacia la violencia es una de las obsesiones que siempre ha rondado a Mario Casas. Su primera película como director, Mi soledad tiene alas, ya profundizaba en esta tématica. El primer recuerdo de película que él tiene es El niño que gritó puta, la historia de violencia infantil en el seno de una familia que rodó Juan José Campanella en Hollywood. «El cine que siempre me ha interesado tiene que ver con una violencia social. Son películas como El odio o Un profeta, que están soterradas de una violencia. Y eso es lo que yo quiero que sea esta película, cruda por momentos», explica el director de A puño descubierto, sentado frente a una mesa de plástico situada en el porche del bungalow que se ha creadopara rodar.
Eso lo ha encontrado en el mundo de artes marciales mixtas, muy populares en Estados Unidos y que en España han empezado a ganar peso desde la irrupción de Ilia Topuria. Y quien realmente se ha sumergido en ese mundo es Óscar Casas con sus entrenamientos con sparrings que se dedican a este deporte. «Me han pegado bien, pero yo también he aprendido cómo pegar. Muchos de los profesionales me decían que podía pegar de verdad y ahí iba», relata el menor de los Casas. Y cierra Mario: «Por eso lo tiene que hacer mi hermano porque otro actor, y que no suene mal, te diría que se ha hecho daño, que le han roto la nariz o el dedo meñique. Porque esto es puro contacto».
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