No es frecuente que la industria relojera reciba la atención de los medios de comunicación, salvo en aquellos casos donde entran en juego especialistas más centrados en el producto que en los números. Rolex, propietaria también de Tudor, es la reina de la fiesta con una facturación anual que ronda los 11.900 millones de euros, pero por debajo aparecen otros conglomerados suizos (el principal es el grupo Swatch, 6.780 millones de ingresos en 2025), franceses (el holding LVMH, por ejemplo), japoneses (Seiko, Casio) y hasta españoles (grupo Festina).
Sólo Rolex superaría hoy con la receta de la vieja escuela las cifras del smartwtach de Apple. China gana posiciones y España se apunta el heroico tanto del Grupo Festina
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No es frecuente que la industria relojera reciba la atención de los medios de comunicación, salvo en aquellos casos donde entran en juego especialistas más centrados en el producto que en los números. Rolex, propietaria también de Tudor, es la reina de la fiesta con una facturación anual que ronda los 11.900 millones de euros, pero por debajo aparecen otros conglomerados suizos (el principal es el grupo Swatch, 6.780 millones de ingresos en 2025), franceses (el holding LVMH, por ejemplo), japoneses (Seiko, Casio) y hasta españoles (grupo Festina).
Tradicionalmente, la pelea se ha librado entre Suiza y Japón. Si los primeros vendían preciosismo, los segundos se inclinaban hacia el utilitarismo, como si unos condujesen un Rolls-Royce y otros un Toyota Corolla. Un calibre de Seiko en su gama media o un Miyota vendido a terceras marcas lucen menos purpurina que los movimientos manufacturados por Audemars Piguet o Vacheron Constantin. Pero, con los años, la narrativa se ha convertido en literatura: la ley del swiss made, cuya leyenda puede encontrarse en el dial de muchos modelos, sólo exige que el 60% de los costes de producción se generen en Suiza. Al ser tan cara la mano de obra en el país helvético, sucede que una marca puede importar casi todo el movimiento de China a bajo coste, acometer el ensamblaje o testeo final en Suiza, y respetar pese a todo la letra de la norma.
A Tag Heuer le sacaron los colores con sus calibre 1887 en 2009, lo mismo le pasó a Panerai en 2021 con su P.9200 y no son infrecuentes los patinazos de micromarcas como la francesa Yema, aunque esta última enmendó su trayectoria al estrenar el movimiento CMM.10. El aficionado relojero suele empaparse de toda esta información y es muy difícil dársela con queso. Distingue a la perfección el timo inflacionista de valores seguros como Hamilton, Longines, gran parte del catálogo de Seiko, Formex, Christopher Ward, Nomos Glashütte o la modesta y muy cumplidora Orient; denuncia cualquier amago de engaño y aprieta al tramposo para que regrese al buen sendero y se curre las cosas.
Las cifras agregadas del sector no son modestas. Si se excluyen los relojes inteligentes, la facturación estimada supera los 60.500 millones anuales, según la consultora Grand View Research. Cada curso se venden entre 1.200 y 1.300 millones de relojes, y el cuarzo (alrededor del 70%) se impone claramente a los relojes automáticos. En Suiza, hay entre 60.000 y 65.000 profesionales dedicados a una industria que representa el 4% del PIB.
Lejos de esa musculatura y sin tanta genealogía, España cuenta con un actor industrial de peso y una escena independiente pequeña pero interesante. Grupo Festina (Barcelona) es el Goliat en la esfera doméstica. Su catálogo abarca seis marcas de relojería de gran consumo (Festina, Lotus, Calypso, Jaguar, Candino y Kronaby) y dos firmas de alta relojería (Perrelet y L. Leroy). Sin embargo, su activo más valioso es Soprod, el fabricante suizo de movimientos y componentes que controla desde finales de los años 90. Esa integración vertical sitúa a Festina en una posición poco común: se trata de una empresa española con una pica en el tuétano industrial de la relojería suiza.
Grupo Cadarso es el otro gran referente del mercado español. A través de sus distintas sociedades combina marcas propias, como Radiant y Watx, con la distribución de enseñas internacionales y la gestión de Tous Watches, la joint venture responsable del diseño, fabricación y comercialización mundial de los relojes de Tous.
Tres fenómenos moldean el cajón relojero mundial. El primero es el arreón de los smartwatches, cada vez más comunes entre deportistas y gente de a pie, y más habituales en la muñeca que un viejo aparato con manecillas, cuerda y cristal de zafiro. Por sí sola, Apple sería la segunda mayor marca del planeta sólo por detrás de Rolex. Sus diversas variantes del Apple Watch venden más unidades que todo el grupo Swatch. El segundo es la ascensión de China tanto a nivel mecánico como a propósito de sus marcas. Fabrica más cuarzo que nadie (tanto para sus empresas como para muchísimas otras de fuera), mejora en la ejecución de sus calibres (Tianjin Seagull Watch Group fue fundado en 1955 por encargo del Gobierno chino y despunta hoy como el mayor fabricante mundial de movimientos mecánicos) y suministra componentes a cualquier marca de la A a la Z. Y el tercero es la contrarreforma de la vieja escuela frente al reloj digital con estrategias muy variopintas: desde la aparición de marcas indies, hasta el mercado de segunda mano (al modo de un pre-owned de Leica), pasando por la escasez de stock como amplificador del deseo.
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