Argentina renace por y para Messi en la batalla ante Inglaterra y jugará la final

«Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo», dice la canción de la grada albiceleste. Vive Messi y vive Argentina. Viven los recuerdos del Azteca, las canciones de Maradona y las Malvinas. La albiceleste jugará contra España la final del Mundial después de vencer en la batalla emocional y futbolística de Atlanta, 40 años después del Azteca, a una Inglaterra que se suicidó tras ponerse por delante. Messi, con dos asistencias, negó su final en los Mundiales, Enzo y Lautaro anotaron ante Pickford y los ‘muchachos’ de Scaloni volarán a Nueva Jersey para medir la gloria con España.

 Gordon adelantó a los británicos, pero el ’10’ apareció en los últimos minutos para asistir a Enzo y Lautaro y remontar el duelo en el 93.  

«Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo», dice la canción de la grada albiceleste. Vive Messi y vive Argentina. Viven los recuerdos del Azteca, las canciones de Maradona y las Malvinas. La albiceleste jugará contra España la final del Mundial después de vencer en la batalla emocional y futbolística de Atlanta, 40 años después del Azteca, a una Inglaterra que se suicidó tras ponerse por delante. Messi, con dos asistencias, negó su final en los Mundiales, Enzo y Lautaro anotaron ante Pickford y los ‘muchachos’ de Scaloni volarán a Nueva Jersey para medir la gloria con España.

Era imposible no viajar constantemente a 1986. A una discusión pendiente desde hace cuatro décadas. Así de caprichoso es el fútbol. El balón era la excusa para un duelo de barro emocional, especialmente del lado argentino, siempre más sentimental. Las canciones alimentaron una primera parte en la que no hubo fútbol y sí choques, empujones y miradas desafiantes en los que cada balón dividido era una cuestión de orgullo nacional. Todo permitido por el árbitro Elfath que sólo en la primera parte castigó 19 acciones con falta (23 hubo en total en el España-Francia), se dejó muchas en el aire y sacó dos amarillas que parecieron escasas.

Repetía Scaloni en la previa que «esto es un partido de fútbol, nada más que eso», pero la selección argentina saltó al césped de Atlanta con una evidente carga emocional en plena batalla psicológica. La forma de cantar el himno, extraordinariamente más agresiva que otros días, avanzó sus ideas. La albiceleste salió a cortar el ritmo inglés y a meter miedo a los de Tuchel a base de intensidad. Golpes sin balón, protestas en cada acción, gritos en cada jugada… De todo.

Los ingleses parecían tener la lección aprendida porque apenas contestaban, no así Tuchel, desesperado en la banda por la permisividad arbitral. Inglaterra tuvo algo más de fútbol, una idea más concreta de lo que hacer en ataque, pero se fue al descanso sin ocasiones claras. Argentina, lo mismo. Un disparo de Enzo desde lejos fue la única oportunidad peligrosa de los sudamericanos en el primer tramo.

Por lo demás, barro, faltas y algo de juego sucio. Giuliano, titular por primera vez en el Mundial, se fue a vestuarios con cinco faltas realizadas, demostrando con hechos lo que le había pedido Scaloni para suplir a De Paul: intensidad, intensidad y más intensidad. Y si algo puede ofrecer el ‘Cholito’ es eso.

Fue el único cambio del técnico argentino, mientras que Tuchel realizó dos en defensa y uno en ataque. Metió a James y Spence en los laterales y dio la oportunidad a Rogers en el lado derecho en lugar de Saka. El pupilo de Emery en el Aston Villa estuvo muy activo por su zona, pero el duelo murió en cada choque en el centro del campo, trinchera sensible y herida abierta 40 años después.

Tras la calma de los vestuarios, comenzó a aparecer el fútbol. Los dos equipos dejaron a un lado la histeria y pensaron en el balón. Julián realizó el primer tiro a puerta del partido en la primera jugada de la segunda parte, pero Pickford estuvo hábil para desviar su disparo. Y ahí Inglaterra empezó a crecer, siempre con Kane como faro. El del Bayern entendió la situación del duelo y bajó varios escalones en el campo, pivotó sobre el eje central y sirvió balones a Gordon, Spence y Rogers en las bandas. Así llegó el 1-0.

El delantero buscó a Rogers en largo, Tagliafico cortó el envió pero la pelota se quedó muerta para Rice, que buscó de nuevo a Rogers. Centro medido del extremo y gol de Gordon ganándole la espalda a Molina.

El éxtasis británico en Atlanta silenció durante un minuto a la grada argentina, entregada a la causa. Y en esas emergió Messi, quarterback del ataque posicional albiceleste ante unos Inglaterra encerrada atrás demasiado pronto. Se equivocó Tuchel, porque era imposible aguantar así. El ’10’ se escoró a la derecha del ataque y comenzó a servir balones con la zurda, buscando siempre esas diagonales que hace 10 años acababan casi siempre en gol. Le falta esa punta de chispa, pero en media uña suya hay más calidad que en el resto de la plantilla argentina. Uno de sus centros lo remató Nico González y Pickford salvó a su país con una mano prodigiosa.

La entrada de De Paul le dio todavía más pie. Mac Allister tuvo dos remates al palo, uno de cabeza y otro tras un buen disparo, pero Argentina se comió a Inglaterra en el tramo final.

Dejó atrás la guerra emocional, atacó bien y con sentido el muro inglés apoyada en un Messi incansable, inconmensurable, rechazando decir ‘adiós’ a su historia en los Mundiales y pidiendo una última oportunidad de toca rel cielo. Asistió a Enzo en el empate y puso un centro maravilloso a Lautaro para el 1-2 en el minuto 93. El mismo resultado que en el Azteca hace justo 40 años. Puro fútbol. Puro destino. «Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo», dice la canción de la afición. Así será el domingo contra España.

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