Armando del Rey, el paracaidista que vio morir a sus cuatro amigos: «Si lo pones en la balanza, nada compensa una sola pérdida»

<p>Pese a lo que pueda pensar la gente, me considero una persona muy cauta, diría que incluso obsesionada con la seguridad. Y de hecho, es mi fijación por los márgenes de seguridad lo que me ha permitido salvar situaciones muy complicadas en mi vida». El que habla es empresario y propietario de un conocido restaurante y tablao flamenco madrileño con una estrella Michelin. Pero no solo eso. Cuenta que empezó a saltar en paracaídas con 18 años y desde entonces a ahora, ya camino de los 56, ha completado más de 3.000 brincos desde las alturas camino del otro lado del simple vacío. Pero no solo eso. También fue en su juventud campeón de esa rara especialidad de ciclismo que consiste en hacer volar (BMX) la bici. Ocurrió en 1996. Pero no solo eso. En su «muy precavido» currículo figura, además, ser uno de los pioneros en España de salto BASE (es decir, desde un lugar fijo, que no un avión, como un edificio, una montaña o un acantilado). Pero no solo eso. Como todo lo anterior no le pareció quizá suficiente, también se lanzó a volar directamente con trajes con alas de nailon a velocidades de cerca 250 km/h. Pero no solo eso. Desde no hace tanto y por culpa del cine probablemente, su nombre aparece de manera recurrente subtitulado como <strong>«el único superviviente del grupo de cinco amigos que, como él, saltaban».</strong> Lo cuenta la película de Salvador Calvo<i><strong> La fiera.</strong></i> En ella, el actor Miguel Bernardeau toma su lugar. Y a su lado, el montañero Carlos Suárez (Carlos Cuevas), el cocinero y estrella de la tele Darío Barrio (Miguel Ángel Silvestre), Álvaro Bultó (David Marcé) y Manolo Chana (José Manuel Poga). Todos se dejaron la vida en una pasión común por, en efecto, volar.</p>

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 El único superviviente de los cinco amigos que practicaban salto BASE reflexiona sobre la experiencia de la pérdida, de la vida, del riesgo y del cine. La película La fiera recupera su historia  

Pese a lo que pueda pensar la gente, me considero una persona muy cauta, diría que incluso obsesionada con la seguridad. Y de hecho, es mi fijación por los márgenes de seguridad lo que me ha permitido salvar situaciones muy complicadas en mi vida». El que habla es empresario y propietario de un conocido restaurante y tablao flamenco madrileño con una estrella Michelin. Pero no solo eso. Cuenta que empezó a saltar en paracaídas con 18 años y desde entonces a ahora, ya camino de los 56, ha completado más de 3.000 brincos desde las alturas camino del otro lado del simple vacío. Pero no solo eso. También fue en su juventud campeón de esa rara especialidad de ciclismo que consiste en hacer volar (BMX) la bici. Ocurrió en 1996. Pero no solo eso. En su «muy precavido» currículo figura, además, ser uno de los pioneros en España de salto BASE (es decir, desde un lugar fijo, que no un avión, como un edificio, una montaña o un acantilado). Pero no solo eso. Como todo lo anterior no le pareció quizá suficiente, también se lanzó a volar directamente con trajes con alas de nailon a velocidades de cerca 250 km/h. Pero no solo eso. Desde no hace tanto y por culpa del cine probablemente, su nombre aparece de manera recurrente subtitulado como «el único superviviente del grupo de cinco amigos que, como él, saltaban». Lo cuenta la película de Salvador Calvo La fiera. En ella, el actor Miguel Bernardeau toma su lugar. Y a su lado, el montañero Carlos Suárez (Carlos Cuevas), el cocinero y estrella de la tele Darío Barrio (Miguel Ángel Silvestre), Álvaro Bultó (David Marcé) y Manolo Chana (José Manuel Poga). Todos se dejaron la vida en una pasión común por, en efecto, volar.

Y ahora la pregunta: ¿Ha valido la pena? «Es la duda que te persigue, que siempre está ahí y que vuelve una y otra vez. Y, la verdad, es muy difícil de responder. Si lo pones en la balanza, está claro que nada compensa una sola pérdida. Pero, por otro lado, si no hubiera sido por todo esto, no habría conocido ni a Chana ni a Carlos ni a Darío ni a Álvaro ni a tantos otros. No habría disfrutado con ellos los momentos que viví. No habría saltado desde la catarata más alta del planeta. No habría imitado a las Perseidas sobrevolando el observatorio del Roque de los Muchachos. ¿Todo eso vale la pena a pesar de las pérdidas? No sé, no soy capaz de contestar a la pregunta», dice tranquilo, pausado, se diría que, contra sus propio credo, inseguro.

La película sigue de cerca no tanto los azares de cada uno de los accidentes como la celebración de un veneno compartido. «¿Cómo explicarlo?», sigue. «De siempre, el hombre ha querido volar. Es una aspiración que nos persigue como especie. La idea de poder hacerlo sin intermediarios ni artefactos de ningún tipo, simplemente con el cuerpo, es la consecución de un sueño, es una auténtica barbaridad. Soy consciente de que es antinatura tirarse de una precipicio sin más. Pero lo haces, el traje de nailon se hincha y a los dos segundos estás volando con tus amigos a la izquierda y a la derecha». Pausa. «¿Cómo decirlo?». Otra pausa. «De repente eres un puñetero superhéroe con el Capitán América a la derecha y Batman a la izquierda… Bueno, el Capitán no volaba. Da igual. El caso es que aterrizas, te fundes en un abrazo con tus amigos, y ese gesto es casi tan importante y pleno como el mismo vuelo. No sé, me imagino que es algo comparable a ganar dos Champions juntas». Y ahí lo deja.

Armando del Rey (segundo por la izda.) y Darío Barrio (cuarto) con amigos.
Armando del Rey (segundo por la izda.) y Darío Barrio (cuarto) con amigos.Colaborador / Europa PressMUNDO

Del Rey confiesa que, pese a todo lo anterior, desde la muerte «incomprensible» de Carlos Suárez no ha vuelto a saltar. Ocurrió poco antes del inicio del rodaje de la película y a punto estuvo de llevarse todo por delante. «Nos lo pensamos», dice a su lado el director, «pero al final todos, incluida su pareja Miriam, decidimos seguir. La película también es un poco homenaje», añade. «Siempre digo», vuelve a tomar la palabra Armando, «que su muerte fue como lo que le pasó a Ángel Nieto. Toda su vida exponiéndose sobre una moto y al final es un simple accidente con un quad… Mira que hemos hecho barbaridades… El salto de Carlos fue de triple seguridad. No podría pasar nada… Y pasó… Inverosímil… Con Carlos hablaba que La fiera iba a ser nuestra despedida de los saltos. Ahora siento que no puede ser así. De este mundo te tienes que ir tú, no te pueden echar. Pero aún no me he recuperado emocionalmente…», dice y en los puntos suspensivos deja algo más que una promesa.

Después de perder a Chana al abrirse mal el paracaídas tras un salto desde una avioneta en Lillo (Toledo) en 2010; a Álvaro en los Alpes suizos cuando practicaba la arriesgada modalidad de proximity (volar dentro de los cañones cerca de la roca) en 2103; a Darío al estrellarse contra el suelo en Segura de la Sierra en 2014, y a Carlos el año pasado, lo que tiene claro Armando es que nadie piensa que le va a tocar a él. «Ninguno de nosotros cree estar jugándose la vida. No va de eso», dice. Y continúa: «En verdad, es un poco como los que corren el rally París-Dakar o los que participan en la carrera de motos de la isla de Man. En esta última en concreto, todos los años muere gente. No sé si no es una comparación excesiva, pero lo nuestro es más sano y hasta razonable que los que, a pesar de todas las advertencias, fuman dos paquetes diarios. ¿Por qué lo hacen? Nadie les pregunta a ellos nunca nada».

Álvaro Bultó.
Álvaro Bultó.

Sea como sea, y sobre cualquier otra experiencia, Armando se queda con cada uno de los recuerdos de sus amigos. De cuando Chana saltó desde la parte más alta de una de las torres de la Castellana. De cuando se abrazó con Álvaro apenas cruzado la más complicada de las caídas por el más estrecho de los taludes. Del tsunami emocional que siempre fue Darío. De Carlos y su hazaña en la Torre sin Nombre en Pakistán… Pero no solo eso. «Sinceramente, creo que el universo no es capricho, que existen energías… No creo que muramos y punto. Además, «la experiencia me dice que todos, hasta los más agnósticos, cuando nos vemos al borde de la muerte rezamos», dice. Pero no solo eso.

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