Cadena perpetua para el rey del ladrillo chino

Hubo un tiempo en que Xu Jiayin viajaba en jet privado, se sentaba junto a las élites políticas chinas y dirigía un conglomerado que construía urbanizaciones por todo el país, tenía su propio equipo de fútbol y gastaba millones en fichar estrellas extranjeras. En 2017, su fortuna llegó a estimarse en 43.000 millones de dólares y el hijo de una humilde familia campesina de Henan se convirtió en el hombre más rico de China. Su imperio inmobiliario, Evergrande, era entonces uno de los grandes emblemas del vertiginoso ascenso económico del país. Xu parecía haber llegado a una cima de la que era difícil imaginar una caída.

 Xu Jiayin, fundador de Evergrande, que llegó a ser el mayor imperio inmobiliario de China, ha sido condenado por múltiples delitos financieros tras protagonizar una de las mayores caídas empresariales de la historia reciente del país asiático  

Hubo un tiempo en que Xu Jiayin viajaba en jet privado, se sentaba junto a las élites políticas chinas y dirigía un conglomerado que construía urbanizaciones por todo el país, tenía su propio equipo de fútbol y gastaba millones en fichar estrellas extranjeras. En 2017, su fortuna llegó a estimarse en 43.000 millones de dólares y el hijo de una humilde familia campesina de Henan se convirtió en el hombre más rico de China. Su imperio inmobiliario, Evergrande, era entonces uno de los grandes emblemas del vertiginoso ascenso económico del país. Xu parecía haber llegado a una cima de la que era difícil imaginar una caída.

Este jueves, Xu, también conocido por su nombre cantonés Hui Ka Yan, fue condenado a cadena perpetua por una batería de delitos financieros, entre ellos fraude en la captación de fondos, apropiación indebida de depósitos públicos y emisión fraudulenta de valores. El tribunal ordenó además confiscar todos sus bienes.

La sentencia pone el epílogo judicial a una de las historias que mejor resumen las últimas cuatro décadas de China. Porque la biografía de Xu es también la de un país que pasó de la pobreza rural a construir más viviendas, autopistas y rascacielos que ningún otro; la de una generación de empresarios que amasaron fortunas aprovechando aquella transformación; y la de un modelo económico que terminó acumulando montañas de deuda hasta que Pekín decidió pisar el freno.

Xu nació en 1958 en una aldea de Zhoukou, en la provincia de Henan. Su padre, veterano de la segunda guerra sino-japonesa, trabajaba en un almacén. Su madre murió cuando él apenas tenía un año. Durante los últimos coletazos de la Revolución Cultural trabajó como responsable de seguridad en su pueblo y vendió carbón y arroz. Después estudió Ingeniería Metalúrgica en Wuhan y consiguió empleo en una fábrica estatal de acero.

Años más tarde recordaría ante unos estudiantes aquella pobreza. Contaba que durante la universidad apenas tenía una muda de ropa, que lavaba por la noche para volver a ponérsela al día siguiente, y que cuando no tenía dinero para comer mordisqueaba pan duro para engañar al estómago. Entonces apareció el líder reformista Deng Xiaoping en la televisión. Su célebre gira por el sur de China en 1992 aceleró las reformas económicas y convenció a Xu de que el futuro ya no estaba en una fábrica estatal.

Dejó su empleo y se marchó hacia Shenzhen, epicentro del experimento capitalista chino. Terminó trabajando en Guangzhou para una empresa dedicada al negocio inmobiliario y en 1996 fundó Evergrande. Su primer proyecto tenía 323 apartamentos. Se vendieron en apenas 12 horas.

Xu había encontrado el negocio perfecto en el momento perfecto. Millones de chinos abandonaban el campo para instalarse en ciudades que crecían a una velocidad desconocida. Los gobiernos locales necesitaban vender terrenos para financiarse. Los bancos concedían crédito. Las familias compraban pisos como principal forma de ahorro. Y las promotoras descubrieron que podían vender viviendas antes incluso de construirlas y utilizar ese dinero para comprar más suelo, lanzar nuevas promociones y pedir todavía más préstamos.

Evergrande convirtió aquella rueda en una máquina gigantesca. En 2009 salió a Bolsa en Hong Kong. Llegó a acumular alrededor de 1.300 proyectos repartidos por más de 280 ciudades y a contar con unos 200.000 empleados. Xu tampoco quiso limitarse al ladrillo. Compró un equipo de fútbol, el Guangzhou Evergrande, que dominó durante años la liga china; invirtió en coches eléctricos, parques temáticos, hospitales, residencias de ancianos, agua embotellada y productos lácteos. Incluso proyectó un monumental estadio para 100.000 espectadores.

En tiempo récord, el Xu se había convertido en uno de los grandes símbolos del nuevo capitalismo chino, cultivando además sus vínculos con las élites políticas y formó parte de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, uno de los principales órganos asesores del país.

Pero detrás de aquella expansión había una debilidad que durante años quedó escondida por el crecimiento: Evergrande necesitaba cantidades cada vez mayores de dinero para mantener en movimiento su maquinaria.

La promotora pedía préstamos, emitía bonos, captaba fondos y vendía sobre plano apartamentos que todavía no existían. El dinero de nuevos compradores servía para mantener proyectos anteriores mientras el grupo seguía comprando terrenos y abriendo promociones. Mientras el precio de la vivienda subía y el crédito fluía, la rueda podía continuar girando.

Hasta que Pekín decidió detenerla. Alarmado por la burbuja inmobiliaria, el Gobierno de Xi Jinping endureció desde 2020 las condiciones de financiación de las promotoras mediante las conocidas como «tres líneas rojas», límites destinados a reducir su endeudamiento. Para Evergrande fue como cortar el suministro de oxígeno. La empresa tenía obligaciones gigantescas, pero cada vez menos acceso al dinero necesario para refinanciarlas.

En 2021 comenzaron los impagos. Las obras se paralizaron. Proveedores reclamaban facturas pendientes. Inversores exigían recuperar sus ahorros. Y miles de familias que habían entregado buena parte de su patrimonio para comprar pisos sobre plano empezaron a preguntarse si alguna vez recibirían las llaves.

Cuando el imperio comenzó a derrumbarse, sus pasivos superaban los 300.000 millones de dólares. Evergrande se convirtió entonces en el rostro internacional de una crisis inmobiliaria mucho más profunda. El ladrillo había sido durante décadas uno de los grandes motores de la economía china y alrededor de él giraban constructoras, fabricantes de acero y cemento, bancos, gobiernos locales y millones de familias que habían depositado sus ahorros en una vivienda.

La caída empresarial terminó transformándose también en una investigación penal. El tribunal de Shenzhen sostiene ahora que entre 2016 y 2021 Xu y las compañías bajo su control participaron en un fraude financiero «sostenido y a gran escala», inflando activos y ocultando pasivos. La sentencia también señala que Evergrande obtuvo el control de instituciones financieras y desvió ilegalmente fondos procedentes del crédito y los seguros hacia el conglomerado.

Los jueces atribuyen además a Xu haber utilizado su posición para organizar fraudes financieros y apropiarse de activos corporativos mediante pagos de dividendos. El tribunal considera que las cantidades implicadas fueron excepcionalmente elevadas y que los delitos provocaron pérdidas económicas y un daño social de enorme gravedad.

La factura no termina en su fundador. Evergrande ha sido multada con 8.820 millones de yuanes y su filial inmobiliaria Hengda Real Estate con otros 7.000 millones. En procedimientos relacionados, otras 56 personas vinculadas al conglomerado han recibido condenas de entre 22 meses y 18 años de prisión.

La caída de Xu adquiere una dimensión que va mucho más allá de la historia de un multimillonario. Evergrande representó como pocas compañías el modelo que impulsó el espectacular crecimiento chino: urbanización acelerada, crédito barato, preventa de viviendas, gobiernos locales dependientes del suelo y familias convencidas de que los pisos nunca dejarían de revalorizarse. Ese modelo se llevó hasta el extremo.

La cadena perpetua dictada en Shenzhen cierra algo más que la trayectoria de un empresario. También simboliza el final de aquella edad dorada de una época en la que parecía posible levantar ciudades enteras sobre deuda y vender apartamentos antes de colocar el primer ladrillo

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