<p>¿Por qué los musulmanes chiíes y los suníes viven en un bucle permanente de desconfianza y hostilidad? ¿Por qué la Operación Furia Épica ha vuelto a separar a los estados musulmanes en función de sus credos? ¿Cuál es el significado de esa separación entre naciones que comparten religión pero que se separan por algunos agravios arrastrados desde el siglo VI? «La narrativa del chiísmo es la de la rebeldía y la del inconformismo contra la injusticia. Un chií le dirá que su cultura lo anima a que no acepte nunca a un gobernante corrupto, a que luche contra él y se levante. <strong>Su visión de los suníes es que se adaptan y negocian con la injusticia</strong>», dice el iraní-español Ehsan Dastgheib, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid. «También hay un matiz de <strong>igualitarismo </strong>muy evidente en el chiísmo En cambio, le diría que los suníes han sido más capaces de mantener la religión dentro de las mezquitas. No lo han logrado por completo pero sí en parte».</p>
La revolución islámica de 1979 atrajo a muchos árabes y fue un acelerador para el islamismo político suní. Sin embargo, la separación entre musulmanes se agrava desde entonces
¿Por qué los musulmanes chiíes y los suníes viven en un bucle permanente de desconfianza y hostilidad? ¿Por qué la Operación Furia Épica ha vuelto a separar a los estados musulmanes en función de sus credos? ¿Cuál es el significado de esa separación entre naciones que comparten religión pero que se separan por algunos agravios arrastrados desde el siglo VI? «La narrativa del chiísmo es la de la rebeldía y la del inconformismo contra la injusticia. Un chií le dirá que su cultura lo anima a que no acepte nunca a un gobernante corrupto, a que luche contra él y se levante. Su visión de los suníes es que se adaptan y negocian con la injusticia», dice el iraní-español Ehsan Dastgheib, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid. «También hay un matiz de igualitarismo muy evidente en el chiísmo En cambio, le diría que los suníes han sido más capaces de mantener la religión dentro de las mezquitas. No lo han logrado por completo pero sí en parte».
Su colega Fernando Camacho Padilla, profesor de Historia Contemporánea de la Autónoma e iranólogo, añade más conceptos que ayudan a explicar en qué consiste ser chií en contraste con la identidad suní. «La austeridad es una idea muy central para el chiísmo. El Shah Pahlavi no era austero y pagó por ello. Organizó la fiesta más cara del mundo en 1971, en Persépolis [una conmemoración del 2.500 aniversario del Imperio Persa] y su pueblo no se lo perdonó nunca. Bueno: en el Irán islamista de hoy hay ricos y hay lujos en el ámbito privado porque muchos idealismos se han roto después de 47 años, pero la ostentación sigue siendo un tabú».
«Los chiíes siempre se han sentido una minoría que está en posición de debilidad entre los suníes, de modo que también tienen mucho sentido de la fraternidad y de la solidaridad», continúa Camacho Padilla. Y está la idea del martirio, claro, que aparece en el centro de la identidad chií a partir del martirio de Imam Hussein, nieto del profeta Mahoma, en el año 680, asesinado por el ejército de los omeyas. «La idea del martirio es real. La veremos en esta guerra, probablemente», continúa Camacho Padilla.
¿Algo más? Sí: «El islam de los chiíes no es más irracional que el de los suníes, al contrario. Las interpretaciones literales del Corán del tipo ‘como el Profeta llevaba barba, nosotros llevaremos barba; como el Profeta comía en el suelo, nosotros comeremos en el suelo’… Ese tipo de actitudes las encontrará entre algunos suníes. Los chiíes, por muy religiosos que sean, tienen un acercamiento más pragmático a la religión».
Siguiente pregunta: ¿era más grave la separación entre chiíes y suníes la semana antes del ataque contra Teherán del 28 de febrero que hace 60 años? «Durante siglos, lo que separó a los musulmanes fueron cuestiones teológicas e históricas, asuntos relativamente abstractos», dice Ehsan Dastgheib. «En el mundo de la descolonización, la separación se ha mezclado con la rivalidad entre estados y proyectos políticos. El deterioro no ha sido constante, ha habido épocas de distensión como los años del presidente [Mohammad] Jatamí. Pero sí, diría que la desconfianza se ha agravado».
Su colega Camacho Padilla, insiste en esa idea y da algunas pruebas: la República Islámica de Irán y Azerbayán son naciones chiíes pero también son vecinos en conflicto permanente por la minoría azerí que vive en Irán. En cambio, la suní Catar ha encajado bien con Irán, aunque fuese en un equilibrio frágil. O sea que allí donde los intereses geopolíticos han coincidido los estados suníes y chiíes han olvidado la enemistad religiosa. «Si vamos al plano personal, un árabe y un iraní que coincidan en una fiesta en España tenderán a desconfiar el uno del otro, pero no discutirán por la religión. Discutirán por la guerra o por los agravios de cada país», dice Dastgheib.
El 7% de la población iraní es suní. Su comunidad no vive segregada pero está concentrada en algunas provincias. Los iraníes suníes tienen un estatus político mejor que el de los cristianos y los judíos pero incompleto y participan poco en el gobierno de la nación. Van a las mismas universidades y, cuando viven en Teherán, habitan en los mismos barrios que los chiíes, aunque los matrimonios mixtos son raros porque la elección de las parejas se decide a menudo en las familias.
«Hay algunos árabes suníes que tienen relevancia política, gente que llegó a Irán a través de Hamás y de Hizbulá», explica Dastgheib.Y el dato es relevante porque recuerda que la Revolución Islámica de 1979 fue atractiva para muchos suníes y que ese impacto ha tenido un efecto de competencia y réplica al otro lado de la frontera. Por eso un islamismo político y agresivo ha tenido éxito en el mundo suní.
«En realidad, el wahabismo suní es muy anterior a la Revolución Islámica», recuerda Camacho Padilla. Otra cosa es que circunstancias comunes hayan llevado a consecuencias similares: el desencanto con el comunismo, el trauma compartido de la Guerra de Afgansitán, el descontento con la descolonización incompleta… «Piense que Al-Qaeda creció gracias al apoyo financiero y militar que le ofreció Estados Unidos».
En muchas zonas de conflicto, en el Líbano, en Palestina e Irak, hay actores político-religiosos suníes y chiíes compiten pese a compartir enfoques similares. ¿Es previsible que algún día hagan un solo frente? No parece fácil. ¿Es la actual guerra una expresión de esa rivalidad milenaria entre musulmanes? «No lo creo. Sé que hay misiles iraníes que están cayendo sobre los países árabes, pero el núcleo del conflicto es otro», termina Pacheco Padilla.
Siete millones de musulmanes suníes son ciudadanos de Irán, aunque la mayoría de ellos no son de etnia persa. Son kurdos, árabes, baluchis y turcomanos y su estatus político es casi completo, aunque la Constitución habla del islam chií como religión del Estado y exige que el presidente de la República siga su rito.
A diferencia de lo que ocurre con otros cultos, no hay escaños reservados para los sunís. En el actual congreso hay 22 parlamentarios de su rama, una proporción similar a la de su peso demográfico. En su origen, la Revolución Islámica de 1979 anunciaba la reconciliación con las naciones suníes en contra del enemigo común occidental. La guerra con Irak acabó con esa quimera.
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