El tambaleante trono del rey ‘Bibi’

El trono se tambalea. Benjamín Netanyahu, el rey Bibi, con sus 19 años de primer ministro, no puede decir que haya ganado las elecciones. Tampoco que las haya perdido. Le quedan todavía cartas, como suele decir su amigo Donald. Son tan buenas las suyas, o tan mediocres las de los adversarios, como para perpetuarse al frente del Gobierno durante medio año más hasta una repetición electoral. En tal caso, seguirá eludiendo a la justicia por las imputaciones de corrupción y escapando a la investigación que merece su pésima gestión de la crisis de seguridad alrededor y después de la jornada trágica del 7 de octubre de 2023.

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Aluf Benn. ‘Not October 7, Not the Iran War: Nothing Can Sway Israeli Voters’. Haaretz, 29 de octubre.

David Makovsky, Dennis Ross y otros. ‘Israel After the Election: Policy Implications of a Crucial Vote’. The Washington Institute for Near East Policy. 29 de octubre.

Elliott Abrams. Israel: ‘The Excellent Election That Settled Nothing’. Council of Foreign Relations, 29 de octubre.

 Los votantes israelíes han hablado con claridad, pero al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, aún le quedan cartas para perpetuarse en el poder hasta una repetición electoral  

El trono se tambalea. Benjamín Netanyahu, el rey Bibi, con sus 19 años de primer ministro, no puede decir que haya ganado las elecciones. Tampoco que las haya perdido. Le quedan todavía cartas, como suele decir su amigo Donald. Son tan buenas las suyas, o tan mediocres las de los adversarios, como para perpetuarse al frente del Gobierno durante medio año más hasta una repetición electoral. En tal caso, seguirá eludiendo a la justicia por las imputaciones de corrupción y escapando a la investigación que merece su pésima gestión de la crisis de seguridad alrededor y después de la jornada trágica del 7 de octubre de 2023.

Como tantas veces, los votantes han hablado con claridad, pero quienes les representan tienen dificultades para responder a sus demandas. Si era un plebiscito, Netanyahu lo ha perdido, por 2.720.000 votos a favor y 2.150.000 en contra. Traducido a diputados: tiene en contra los 67 que sobran para formar Gobierno (hacen falta 61), frente a 53. El hartazgo que suscita es colosal, pero improbable la mayoría que termine con su reinado. No ha salido bien parado Gadi Eisenkot, el general retirado que aspiraba a desbancarle. Su partido, fundado para sustituirle y denominado Yashar, —en hebreo ‘honesto’ o ‘recto’, todo lo que no es Netanyahu—, no ha superado al Likud, la resiliente formación derechista del primer ministro. Eisenkot también ha perdido la partida al frente de su coalición del cambio, superada por la que hasta ahora era la mayoría de gobierno.

Hay pocas diferencias entre ambas coaliciones sionistas en cuestiones de seguridad, el desarme de Hamás, la neutralización de Hezbolá, la clausura del programa nuclear de Irán y el borrado de las reivindicaciones palestinas. Pero son sustanciales, hasta dar sentido a un gobierno de Eisenkot con el apoyo de los partidos árabes, cuando se trata de revertir la erosión de la división de poderes y el Estado de derecho, obligar a Netanyahu a rendir cuentas respecto a Gaza, terminar con el terrorismo de los colonos en Cisjordania, anular la exención del servicio militar para los ultraortodoxos y abrir algún camino a la paz.

Solo hay dos fórmulas para evitar la repetición electoral. O un gobierno de concentración sionista encabezado por Netanyahu, sin extrema derecha ni ultraortodoxos, o el gobierno del cambio de Eisenkot con los votos árabes. Ambas incumplen las promesas de este último, que quería echar a Netanyahu y prescindir de las formaciones árabes, poseedoras ahora de la llave del gobierno. La alta participación de los israelíes palestinos y su inmejorable resultado son novedad absoluta desde la fundación de Israel. Las dos listas árabes juntas, una laica y otra islamista, tendrán la máxima presencia de 19 diputados en la Knesset, en representación del 20% de la población.

Como Trump y Bolsonaro, Netanyahu tiene la mala costumbre de deslegitimar los resultados electorales que no le favorecen. Él mismo es quien ha movilizado a los votantes árabes con su rosario de guerras, sus comportamientos iliberales, el racismo de sus ministros y su hostilidad contra los palestinos. Esta vez no se han quedado en casa, sino que han optado abrumadoramente por quienes mejor les representan, acreditando de paso la vitalidad de la democracia israelí, aunque también la haya desacreditado el cinturón sanitario racista decretado alrededor de los votos y los representantes de quienes constituyen el 20% de la población israelí.

Nentanyahu también saca provecho del bloqueo, pues le permite mantener vivo el gabinete más extremista de la historia de Israel durante las prolongadas consultas para formar gobierno. Con todos los frentes de guerra abiertos y Cisjordania incendiada por los colonos, puede echar mano fácilmente a un nuevo ataque a Irán y convocar a un gabinete de unidad nacional, en sintonía con las amenazas bélicas de la Casa Blanca para después de las elecciones. A Trump le conviene un gobierno de concentración de jefatura compartida, dos años inciales para Netanyahu y dos para Eisenkot, con amnistía incluida para el primero y un programa que incluya los planes de paz Abraham, el impulso de la Junta para Gaza y una salida final presentable de la guerra con Irán.

Mientras esté al frente de un gobierno interino, Netanyahu contará con inquietantes márgenes de maniobra. Si hay repetición electoral a mitad del año próximo, puede aspirar incluso a alcanzar la mayoría que ahora no ha obtenido. No es seguro que el voto árabe alcance entonces una participación tan elevada, ni esté tan movilizada la coalición del cambio. Muchos esperaban una clara derrota y un cambio de rumbo, pero ha resultado un confuso resultado sin relevo en el horizonte y un intermedio en el que no pueden excluirse nuevas atrocidades, a sumar a las que ya han movilizado a la justicia internacional contra el primer ministro por crímenes de guerra y delito de genocidio. Como un tentetieso, Netanyahu se tambalea pero no cae.

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