¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrar un tesoro escondido? La fantasía se hizo realidad hace una semana en la ciudad belga de Dendermonde (noroeste de Bruselas), donde un estudiante adolescente que pasa el verano trabajando en la construcción halló enterrado en los cimientos de un edificio en reconstrucción un alijo de lingotes y monedas de oro valorado en nueve millones de euros. Eso sí, la segunda parte de ese sueño, poder vivir de las rentas del hallazgo, no se va a cumplir: el oro vuelve a estar escondido, guardado “a buen recaudo” en una localización secreta, asegura la policía local.
Las autoridades locales no han logrado aún averiguar quién escondió en los cimientos de una mansión flamenca lingotes y monedas de oro valoradas en nueve millones de euros
¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrar un tesoro escondido? La fantasía se hizo realidad hace una semana en la ciudad belga de Dendermonde (noroeste de Bruselas), donde un estudiante adolescente que pasa el verano trabajando en la construcción halló enterrado en los cimientos de un edificio en reconstrucción un alijo de lingotes y monedas de oro valorado en nueve millones de euros. Eso sí, la segunda parte de ese sueño, poder vivir de las rentas del hallazgo, no se va a cumplir: el oro vuelve a estar escondido, guardado “a buen recaudo” en una localización secreta, asegura la policía local.
Y así seguirá hasta que se determine el origen del tesoro, otro gran misterio que sigue llevando de cabeza a los vecinos, historiadores locales y hasta a las autoridades de esta tranquila localidad flamenca que apenas se empieza a recuperar del revuelo internacional que ha causado el insólito hallazgo.
Por más vueltas que le dé, y lleva muchas dadas desde que el pasado jueves saltó la noticia del hallazgo, Luc Michiels no encuentra una explicación convincente al tesoro descubierto en la que fuera la antigua residencia de los Van Assche, una acaudalada familia cervecera local. “Es increíble, ¿cómo es posible que nadie supiera del oro escondido?”, se pregunta este ingeniero jubilado que preside la asociación histórica local mientras mira a lo que queda de la casona. En su poder están los archivos de la antigua cervecería que se erigía tras la casa familiar hoy en ruinas y donde el puñado de obreros que presenciaron el hallazgo han vuelto al trabajo ahora que los curiosos y periodistas de los primeros días han desaparecido. Pero tampoco entre esos documentos parece estar la respuesta.

A priori, igual que la policía llamada nada más ser encontrado el tesoro, Michiels pensó que el oro habría sido escondido por la familia durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial por miedo a que pudieran robarlo los soldados invasores alemanes. Pero esa teoría se deshizo rápidamente: varios de los lingotes son mucho más recientes. Las fotos distribuidas por la Fiscalía de Flandes Oriental que lleva el caso muestran que algunos datan de 1957 y 1960.
La cervecería cerró en los setenta. Michiels conoció a los últimos Van Assche, tres hermanos —dos hombres y una mujer— que fallecieron, sin descendencia, entre 1960 y principios de la década de 1980. La familia, cuenta, era muy “reservada”, se “daba aires” de grandeza, era algo “avara” y no se mezclaba con la comunidad, como corrobora también su amigo y compañero en la asociación Johan Van Damme, cuya madre vivía en la misma calle que los Van Assche.
También eran “muy religiosos” —financiaron la campana de la iglesia del vecindario que hubo que reponer cuando los nazis se llevaron la original— y se volcaban en obras de caridad. Así lo refleja el testamento conocido tras la muerte de Maria Van Assche, la última en la línea directa de la dinastía cervecera: todo fue legado a la abadía de Dendermonde, con instrucciones estrictas de que se destinara a causas benéficas. ¿También el tesoro? “No se entiende que en el testamento no se mencionara. Tengo la sensación de que [los hermanos] no sabían nada”, especula Michiels, que lamenta que “no quede nadie vivo que pueda aclarar ese misterio”.
Es algo que también le gustaría al jefe de la comisaría de Dendermonde, Patrick Feys, que reconoce que le “temblaban las manos” cuando le tocó hacer el primer inventario del tesoro: varias decenas de lingotes y miles de monedas de oro de las denominadas libras de oro o soberanos, usadas como inversión y que hoy cotizan a casi 1.000 euros la pieza. En total, unos nueve millones de euros al cambio actual que Feys albergó en su comisaría en los primeros momentos bajo medidas extraordinarias —tres agentes velaban el tesoro al mismo tiempo, bajo la vigilancia de tres cámaras suplementarias, enumera— pero que se alegró de que haya sido ya trasladado a un “lugar seguro” que se niega a desvelar.

Por el momento, la Fiscalía sigue intentando “determinar si el caso presenta algún aspecto penal” o no, por lo que pasaría a ser un “asunto civil” ya fuera de su competencia, precisa una portavoz por correo electrónico. Nadie se atreve aún a descartar del todo la pista criminal, entre otros porque una de las primeras funciones de la residencia donde se escondía el tesoro tras pasar a manos de los religiosos fue servir de albergue para exconvictos. Pero ni a los historiadores locales ni a la policía les acaba de convencer esa posibilidad. “Creemos que es la familia la que lo escondió. Es lo más lógico, pero no sabemos por qué”, admite Feys.
Tampoco se sabe aún quién acabará haciéndose con el tesoro, que ya han reclamado varias personas de diversas partes del mundo con los argumentos más estrafalarios imaginables, revela entre risas el comisario. En uno de los correos que le han llegado estos días, procedente de un país asiático, un hombre “que dice haberse reencarnado, recuerda que vivió en Bélgica en los años sesenta y que escondió un tesoro, pero que no sabía ya dónde. Que pensaba que solo era un sueño hasta que vio la noticia y se dio cuenta que era verdad”, cuenta. Pero “la reencarnación sigue sin ser una prueba válida”, le respondieron con retranca desde la cuenta de Facebook de la comisaría.
Otro demandante asegura desde Lituania que su abuelo contaba —sin que nadie le creyera— que había trabajado con los Van Assche y les ayudó a esconder el tesoro, parte del cual le pertenecía y que ahora reclama el nieto. También ha habido algunos locales que alegan algún tipo de retorcido vínculo familiar con la familia cervecera. Salvo los casos más locos, que ignora directamente, la policía invita a estas personas a contactar con abogados especializados.
La verdad, si es que llega a conocerse, tardará, advierte Feys. La ley prevé hasta cinco años para determinar el origen de una fortuna de este tipo. Si no se establece, el candidato más probable para hacerse con el dinero es la asociación benéfica local CAW, que es actualmente propietaria del terreno donde se halló el tesoro. Para Feys, sería un “bello final”: al fin y al cabo, los Van Assche destinaron su dinero a obras sociales, y es lo que hace esta organización sin ánimo de lucro.
Philip Kobe, el estudiante que encontró el tesoro y avisó a las autoridades —otra “bonita historia”, un ejemplo “moral” en estos tiempos, destaca la policía, que lamenta las críticas y mofas que han recibido el joven y sus compañeros por no quedarse con el oro— espera por su parte recibir alguna compensación. Pero para ello queda aún tiempo, advierte Feys. Dinero no faltará.
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