Jordania, en el foco indeseado de la guerra de Oriente Próximo

El pasado 20 de julio, las sirenas antiaéreas sonaron por sorpresa en Amán, la capital de Jordania. Irán había lanzado cuatro misiles, que fueron interceptados o cayeron en zonas vacías, según el ejército. Es uno de los últimos ejemplos de cómo el país se ha convertido, a su pesar y junto con Kuwait, en el principal objetivo de los misiles y drones de Teherán en estas últimas semanas de montaña rusa (mezcla de ataques, amenazas y diálogo) a la que anda subido Oriente Próximo. La situación ha abierto un inhabitual debate sobre el precio que paga Jordania por su estrecha alianza de seguridad con EE UU y ha generado la paradoja de que sufre los ataques que, desde junio, no recibe Israel, que promovió e inició la guerra el pasado febrero, mano a mano con Washington, y desde donde salen aviones de EE UU para bombardear Irán.

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 Irán incrementa los ataques contra el país árabe, que alberga 4.000 militares estadounidenses, y da pie a una inusual crítica hacia la sólida alianza de seguridad con Washington  

El pasado 20 de julio, las sirenas antiaéreas sonaron por sorpresa en Amán, la capital de Jordania. Irán había lanzado cuatro misiles, que fueron interceptados o cayeron en zonas vacías, según el ejército. Es uno de los últimos ejemplos de cómo el país se ha convertido, a su pesar y junto con Kuwait, en el principal objetivo de los misiles y drones de Teherán en estas últimas semanas de montaña rusa (mezcla de ataques, amenazas y diálogo) a la que anda subido Oriente Próximo. La situación ha abierto un inhabitual debate sobre el precio que paga Jordania por su estrecha alianza de seguridad con EE UU y ha generado la paradoja de que sufre los ataques que, desde junio, no recibe Israel, que promovió e inició la guerra el pasado febrero, mano a mano con Washington, y desde donde salen aviones de EE UU para bombardear Irán.

Teherán ha disparado al menos 60 misiles y drones contra Jordania desde el 8 de julio, cuando se enzarzó con Washington en nuevas escaramuzas, pese a haber sellado un alto el fuego un mes antes. Son, proporcionalmente, bastantes más que los 125 ataques de los tres meses previos.

Irán dirige sus proyectiles principalmente contra las bases, que albergan a 4.000 militares estadounidenses, y ningún jordano ha muerto por ellos durante la guerra. Pero el llamado “paraguas de seguridad” de Washington (que data de los años cincuenta del siglo pasado) ha traído, como efecto indeseado, sirenas antiaéreas y cancelaciones puntuales de vuelos. Algo nada anecdótico en un reino que busca presentarse como un oasis de estabilidad en una región convulsa y obtiene del turismo un 18% de sus ingresos.

Thomas Juneau, investigador asociado del Programa de Oriente Próximo y Norte de África del famoso think tank Chatham House y profesor en la Universidad de Ottawa, insiste en que la “extrema vulnerabilidad” de Jordania le deja “muy pocas opciones para proteger su seguridad, tanto interna como externamente”. “Aunque algunos la han criticado en el país, toda la estructura de seguridad de Jordania se basa en su estrecha relación con EE UU. Tomó la decisión hace tiempo y siempre ha dejado claro que los beneficios superan los riesgos”, asegura a este periódico por teléfono.

Washington es, de largo, el principal aliado de Jordania y le proporcionó el año pasado 1.650 millones de dólares (1.434 millones de euros) en ayuda económica y militar. Más de los 1.450 millones comprometidos para siete años en el Memorando de Entendimiento en 2022. Un año antes, y sin trámite parlamentario, firmaron un acuerdo de cooperación defensiva. Consciente de las críticas, el ministro de Exteriores, Ayman Safadi, ha insistido en que Jordania no alberga bases estadounidenses, como sí hacen otros países, sino que son bases jordanas con tropas estadounidenses.

Juneau distingue dos cosas compatibles. Una es el “resentimiento” con la Administración de Donald Trump por haber lanzado, a 10.000 kilómetros de distancia, una guerra “mal planificada y ejecutada” que “coloca a países vecinos de Irán en la primera línea de la violencia”. Otra, que la agresiva estrategia iraní de hacer pagar a otros países el precio de su alianza con EE UU no ha llevado a Jordania a cuestionarla. Al revés: “Solo refuerza la idea de que no tienen otros socios, por difícil que sea hoy la situación”.

Carta abierta

Si bien los ataques iraníes reafirman a Amán en la importancia de su alianza con la mayor potencia militar del mundo, también han dado pie a voces críticas. Unos 300 jordanos, entre ellos exdiputados, activistas y líderes tribales (sobre todo de la izquierda, el panarabismo o el islamismo), han firmado una carta abierta pidiendo la “retirada de todas las fuerzas extranjeras del territorio de Jordania” porque “aumenta la probabilidad de que se vea involucrado en un conflicto regional en el que no participa” y le “expone a riesgos de seguridad, políticos y económicos que no benefician a interés nacional alguno”. “Jordania no es parte de esta guerra y su pueblo no debe sufrir sus consecuencias”, señalan.

Es algo excepcional en un país que limita la libertad de expresión e ilegalizó el año pasado a los Hermanos Musulmanes, acusándoles de planear un ataque con cohetes y drones dentro del reino. El partido vinculado a los Hermanos Musulmanes, entonces llamado Frente de Acción Islámica, ganó las elecciones legislativas en 2024, impulsado por sus críticas a la postura del reino —que consideraba tibia— ante la masacre de Israel en Gaza, pero el rey, Abdalá II, rechazó nombrar primer ministro a su candidato, Murad al Adaileh, y puso a un hombre de confianza, Jafar Hassan.

En una muestra de autocensura, los medios jordanos ignoraron la carta. E Irán ha aprovechado para echar sal en la herida. La Guardia Revolucionaria emitió un comunicado agradeciendo “al noble pueblo jordano” su “sincera solidaridad” y —en un añadido particularmente preocupante para las autoridades— la “precisa información” que recibieron desde dentro y les permitió matar a “decenas” de soldados de EE UU. La cifra parece parte de la guerra de propaganda, pero un ataque iraní con misiles y drones mató el pasado 17 a tres soldados estadounidenses en la base aérea de Muwaffaq Salti, en la árida zona de Azraq. Y, para más inri, Trump deslizó luego un reproche a su fiel aliado: “Se les coló algo en Jordania. Si tuviéramos otros operadores, no habría pasado […]. Cuando dejas que otros hagan tu trabajo, a veces las cosas no salen tan bien”.

Polarización

Saud Al Sharafat, exgeneral de brigada de la Dirección General de Inteligencia de Jordania y fundador y presidente del Centro Shorufat para el Estudio de la Globalización y el Terrorismo, con sede en Amán, atribuye el reciente aumento de ataques contra su país a un “esfuerzo de Irán por elevar los costos para los socios regionales de EE UU a medida que se intensificaba la presión militar sobre ella misma”, señala a este periódico por correo electrónico. “Debe entenderse principalmente como un mensaje estratégico y político” que busca “aumentar la polarización política interna al presentar al Gobierno como actuando en nombre de Israel o Estados Unidos” y minar el apoyo a una asociación estratégica que se extiende a la cooperación de inteligencia contra el terrorismo, seguridad fronteriza o entrenamiento y modernización militar, entre otros, y “sigue siendo fundamental para la seguridad nacional a largo plazo”.

Teherán acusa a Amán desde hace años de comportarse como una suerte de marioneta occidental en defensa de Israel, con quien firmó un acuerdo de paz en 1994 y a quien ha ayudado a interceptar misiles contra su territorio desde junio de 2024, en el primer enfrentamiento directo entre Israel e Irán. El riesgo para su población, de hecho, no se limita a los ataques contra Jordania: antes del alto el fuego, los heridos en el país eran fruto, sobre todo, de la caída en suelo jordano de restos de los misiles (o de los interceptores) que iban dirigidos contra Israel.

Y es ahí donde Teherán viene apretando. Su ministro de Defensa, Mayid Ibn al Reza, aseguró hace una semana que la actual guerra ha demostrado que los “propios países” de Oriente Próximo deben garantizar la seguridad regional, porque “la presencia de fuerzas extranjeras incrementa la desconfianza, la incertidumbre y la inseguridad”. Este mismo sábado, el comandante de sus Fuerzas Armadas, Alí Abdulahi, exhortó a los países musulmanes a “reconsiderar su cooperación y alianza” con EE UU, porque “arderán en el fuego de la guerra” si actúan como su “escudo”.

Amán no es la única capital enfrentada al dilema en torno a los beneficios del abrazo de Washington. Pero, a diferencia del Golfo, es particularmente vulnerable sin su paraguas. Creada por los británicos en 1921 como Transjordania, carece de riquezas naturales, importa el 95% de su petróleo y tiene mucho territorio desértico. Entre sus apenas 11 millones de habitantes, reina un delicado equilibrio entre las tribus beduinas y los palestinos, más sensibles a las acciones de Israel y EE UU en Oriente Próximo.

A su norte tiene a la vecina Siria, que sale de casi 14 años de guerra civil, con episodios puntuales de violencia y redes de contrabando. Al noreste, Irak alberga milicias leales a Teherán. Y a su oeste, están Israel (cuyas relaciones están en mínimos, pero no se plantea romperlas) y Cisjordania, de donde la ultraderecha israelí sueña con expulsar a toda la población a, justamente, Jordania.

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