La izquierda que no existe, la herencia de Yolanda Díaz, otra vez

<p>Dijeron que IU había enviado a «200 cuadros» para arropar la presentación de <strong>Yolanda Díaz</strong>. Llegó una docena de célebres de los Comunes: <strong>Colau</strong>,<strong> Urtasun</strong>, <strong>Albiach</strong>, <strong>Asens</strong>, <strong>Subirats</strong>… Bastantes más hubo de Más Madrid/Más País, al lado de <strong>Mónica García</strong>, <strong>Rita Maestre</strong> o <strong>Íñigo Errejón</strong>. Aclamó el público a <strong>Alberto Garzón</strong>, que todavía era ministro, líder en salida de IU. Se llevó otra ovación <strong>Joan Ribó</strong>, alcaldable que no mantuvo Valencia para Compromís un mes después. Estaba el puñado de pioneros de Sumar, apóstoles de Díaz en su «proceso de escucha». Se acercaron también varios de casi todas las formaciones afines, que eran ¡15! en ese arranque. Y se hacían ver rostros de los buenos tiempos de Podemos: <strong>Bustinduy</strong>, los ideólogos <strong>Fernández Liria</strong>, <strong>Alba Rico</strong>, <strong>Jerez</strong>…</p>

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 Sumar cumple hoy tres años en plena pugna interna rumbo a la extinción, como los proyectos previos de la ministra. En el rincón alternativo sólo se salvan marcas regionales  

Dijeron que IU había enviado a «200 cuadros» para arropar la presentación de Yolanda Díaz. Llegó una docena de célebres de los Comunes: Colau, Urtasun, Albiach, Asens, Subirats… Bastantes más hubo de Más Madrid/Más País, al lado de Mónica García, Rita Maestre o Íñigo Errejón. Aclamó el público a Alberto Garzón, que todavía era ministro, líder en salida de IU. Se llevó otra ovación Joan Ribó, alcaldable que no mantuvo Valencia para Compromís un mes después. Estaba el puñado de pioneros de Sumar, apóstoles de Díaz en su «proceso de escucha». Se acercaron también varios de casi todas las formaciones afines, que eran ¡15! en ese arranque. Y se hacían ver rostros de los buenos tiempos de Podemos: Bustinduy, los ideólogos Fernández Liria, Alba Rico, Jerez

El recuento de famosos y abonados evidencia la nuclear ausencia: pocos eran anónimos, gentes ilusionadas sin más, limpias de adscripción previa. La fecha, Domingo de Ramos, de febril éxodo madrileño, era una coartada. Por mucho que se insistiese en el lleno de 3.000 personas, en la pista se circulaba sin agobios y en la grada del pequeño Magariños el atasco se daba en la tribuna de prensa. Tampoco en el exterior, donde, dijeron, había 2.000 personas, se congregaron 2.000. Y menos la masa para la que se montaron pantallas gigantes. Hoy se cumplen tres años de aquel 2-A en el que Díaz proclamó: «Quiero ser la primera presidenta de España». Y hoy se dirá que no se vio fracaso mayor. No es cierto, del todo.

Como revelaba aquella puesta de largo, Sumar fue en su génesis un artefacto partidista, un disfraz para formaciones políticas existentes. Sumar fue, antes que cualquier otra cosa, una urgencia, un paraguas para aglutinar el marasmo a la izquierda del PSOE. Lejos del fracaso, fue tal el triunfo que permitió reeditar tras el 23-J una coalición para que en Moncloa continúen Díaz y Pedro Sánchez, el otro gran beneficiario.

Y sin embargo ni en Sumar podrán negar, del todo, su gigantesco fracaso. Aunque no debería sorprender: como todos los proyectos de Yolanda Díaz, ha sido de mecha corta, fulgurante en los primeros pasos y con la nada como legado. No queda como líder ni ella, el motivo de la existencia de Sumar, ni una estructura que la vaya a sobrevivir, ni unos miles de militantes activos. Tal vez ni unos cientos. Aunque desde el desencanto de/con Podemos la izquierda añora una marca que movilice y capte a la juventud, Sumar, armado desde el Gobierno, difícilmente podía cumplir esa función.

La realidad es que la juventud se está politizando, desde hace años, en el frente contrario, la extrema derecha. Hay toda una generación perdida para la izquierda. Las excepciones, que algunas hay en pasillos de facultad, en barrios o avenidas, son más heroicas que la propia Díaz cuando en los 90 se alistó en las Juventudes Comunistas, para pelear bien pronto con Anxo Guerreiro, histórico del comunismo gallego, por retener las siglas de IU en Galicia. Fue la primera gran victoria de Díaz, que, ya como líder regional de IU, llegó a teniente de alcalde en Ferrol (2007). Acabó apartándose sólo año y medio después, tras aprobar un incremento salarial rechazado por los clásicos de IU. Del primer éxito a la primera huida, su columpio vital.

Dejó atrás la política municipal y se lanzó a la autonómica. Tiró de Xosé Manuel Beiras, que había roto con el BNG y tenía un prestigio ancestral. Juntos armaron Alternativa Galega de Esquerda. Lograron 9 diputados, con sorpasso al BNG y amenaza al PSOE. Otro enorme logro antes de otra ruptura, con el propio Beiras, que dijo: «Yolanda me ha traicionado». De un adiós a otro salto adelante, con En Marea. La nueva apuesta dio el sorpasso autonómico al PSOE y, con ella en las listas de Unidos Podemos al Congreso, logró 5 escaños gallegos en Madrid. Aquel tsunami es hoy un cero en el Parlamento gallego. AGE, En Marea, Unidos Podemos… Todo eso no existe.

Enterrados están, como su vínculo a Pablo Iglesias, el cómplice en la entrada en el Gobierno y en su advenimiento como líder de ese espacio. Otro éxito, con inmediato divorcio, hacia Sumar, la última creación de Díaz que… Pues ya ven: sopla tres velas y lo que queda es una guerra más, a la que no es ajena la ex líder.

Entre las pocas aportaciones de Sumar para la política está Lara Hernández. Ella, a sus 29, era mano derecha de Garzón cuando, con un millón de votos, IU se salvó de la desaparición. Obligaron a Podemos a negociar, pero Lara Hernández dimitió antes de ese pacto, y se perdió. Regresó para Sumar. Hoy es co-coordinadora de la formación, pero se ha lanzado una operación para apartarla, pues, en el adiós de Díaz, habría sido menos cariñosa y menos amiga de la jefa que Verónica Martínez, portavoz de Sumar en el Congreso.

Batallas de supervivencia antes de la extinción, para cumplir con la tradición de Yolanda, que siempre será un icono para la izquierda como ministra de Trabajo, la primera en décadas en recuperar derechos laborales y coberturas legales para los sindicatos, artífice de tantas batallas para subir el SMI. Quién puede negárselo. Pero como líder partidista, su herencia es la izquierda que no existe.

Porque si algo falta hoy es una izquierda con arraigo-vocación estatal. Las referencias vigentes son de obediencia autonómica -eufemismo de otra cosa- o independentistas. El BNG se comió a En Marea, como Bildu a Podemos. En Aragón destaca la Chunta y en la Comunidad Valenciana, Compromís, cada vez más de allí. Incluso en Andalucía crece tanto Adelante -los Anticapitalistas, antaño en IU, luego en Podemos, hoy por libre- que compromete a Por Andalucía (IU). Cuanto mayor vocación estatal-confederal, cuanto más cerca de Moncloa, de Díaz, de Sánchez, más sufren las izquierdas de la izquierda.

Los Comunes de Colau menguan en Cataluña; Más País sucumbió con Errejón y Más Madrid ya mostró un duro repliegue en la capital y no tiene mejor plan para las autonómicas que recuperar a Mónica García; Izquierda Unida no para de achicar agua… En las Castillas o Cantabria la izquierda alternativa pocas veces asalta lo regional. Hoy está seca. En las Islas, quedó atrás el destello de Podemos. El repunte, circunstancial, ante la quiebra del PSOE, en Extremadura; el mínimo en La Rioja; la amalgama en Navarra o la tradición en Asturias no bastan para adecentar el mapa de la izquierda española después de Yolanda Díaz, un erial antes del próximo ingenio, sin otro afán ni aspiración posible que resistir.

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