La maldición de los montes quemados persiste un año después en Galicia: “Se suman otros destrozos porque no se arregla nada”

Ángel Gómez habita la aldea de Parapiñol, en la sierra de O Courel, desde que nació y a sus 40 años es el jovencito del lugar. El resto de moradores de estas empinadas laderas que asoman al río Soldón supera los setenta y tantos. Por eso fueron él y un grupo de amigos que se jugaron la vida en su ayuda los que lucharon contra las llamas cuando, en agosto de 2025, el incendio de Larouco, el peor de la historia de Galicia, rodeó las casas. Sobrevivieron a un peligro gordo pero lo que llegó después es incluso peor, asegura Gómez. Ahora, junto a sus vecinos de avanzada edad, soporta la angustia de las riadas, los corrimientos de tierra y la falta de accesos para ambulancias y otros servicios básicos. “No estamos igual, estamos peor. Al destrozo se suman otros destrozos porque no se arregla nada. Es inhumano vivir así”, protesta Gómez.

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 Vecinos de Lugo y Ourense viven amenazados por las riadas y los corrimientos de tierras, con cortes de agua o sin acceso para ambulancias y servicios básicos  

Ángel Gómez habita la aldea de Parapiñol, en la sierra de O Courel, desde que nació y a sus 40 años es el jovencito del lugar. El resto de moradores de estas empinadas laderas que asoman al río Soldón supera los setenta y tantos. Por eso fueron él y un grupo de amigos que se jugaron la vida en su ayuda los que lucharon contra las llamas cuando, en agosto de 2025, el incendio de Larouco, el peor de la historia de Galicia, rodeó las casas. Sobrevivieron a un peligro gordo pero lo que llegó después es incluso peor, asegura Gómez. Ahora, junto a sus vecinos de avanzada edad, soporta la angustia de las riadas, los corrimientos de tierra y la falta de accesos para ambulancias y otros servicios básicos. “No estamos igual, estamos peor. Al destrozo se suman otros destrozos porque no se arregla nada. Es inhumano vivir así”, protesta Gómez.

Los residentes de las aldeas de Paradapiñol, Rugando, Cereixido y Vilarmel, en el municipio de Quiroga (Lugo), están rodeados de montes chamuscados y pelados de vegetación por los que el agua de la lluvia corre desenfrenada. La carretera que los conecta con el resto del mundo se vino abajo en abril durante una tormenta, nueve meses después del fuego, y la Xunta aún no la ha puesto en pie. Los derrumbes y socavones han dejado impracticables los caminos de acceso a sus casas, sin posibilidad de que llegue a ellas una ambulancia, el camión del butano o la recogida de basuras. Por si fuera poco, se quedan sin suministro de agua cada vez que llueve. Con todo eso han lidiado las más de 150 personas que pasan el verano en la zona y a eso se enfrentan la treintena de residentes que se quedan en otoño, admite el alcalde, José Luis Rivera, del partido Independientes por Quiroga.

Esos arreglos por los que esperan desde abril los tiene que ejecutar la Xunta de Alfonso Rueda (PP), explica Rivera. Están proyectados y presupuestados en 600.000 euros, asegura el regidor, pero no tienen aún fecha. Incluyen la reconstrucción de la carretera de titularidad municipal y el cambio de tuberías, y él quiere creer que se realizarán antes del duro invierno. En la Xunta le dicen que “tan pronto puedan” se ponen con las obras, pero alegan que “están en tramitación con fondos europeos y el procedimiento lleva tiempo”. El alcalde de Quiroga admite que “por suerte” no se ha producido de momento ninguna urgencia médica, ya que la ambulancia no podría llegar a algunas de las casas. Hace unos días participó en una concentración de protesta de los vecinos exigiendo una solución. La Consellería de Medio Rural responde a este periódico que “en estos momentos se está agilizando la tramitación para que las obras comiencen lo más pronto posible”. Cifra el arreglo de la carretera en 150.000 euros.

Mientras las administraciones se escudan en la burocracia, Gómez lleva un año con la vida de sus vecinos de avanzada edad a la espalda. Ha perdido el sueño por la preocupación. Es él quien traslada la basura de todos al punto al que puede llegar el camión y les hace la compra. Ayuda al repartidor de butano a cargar con varias bombonas porque no puede llegar hasta las casas. La furgoneta de los congelados ha dejado de suministrarles. “Si me pasa a mí algo, esta gente se queda sin servicios”, lamenta.

Gómez asegura que después del arrase del fuego “no se hizo nada” para restaurar estos montes y evitar las riadas. Ni siquiera se retiró la madera porque los camiones no podían pasar. “Bueno, sí se hizo algo”, puntualiza. “Echaron paja donde no vive nadie con un helicóptero y aquí pusieron barreras de madera [para frenar el agua], pero lo hicieron mal y bloquearon las tajeas”.

Un desastre “anunciado”

El fuego de agosto de 2025 se adentró en el sur de la provincia de Lugo procedente de la vecina Ourense. Allí, en la comarca de Valdeorras, también sufren todavía las consecuencias de aquella ola incendiaria. El pasado junio, una tromba de agua desencadenó en Viana do Bolo riadas y arrastres de lodos y piedras de los montes. Fueron de tal calibre que la limpieza de las aldeas afectadas requirió 15 días de trabajo con maquinaria de gran tonelaje. A finales de agosto, se volvieron a producir daños tras una tormenta y los residentes han confesado en la prensa local el miedo con el que aguardan el invierno.

El veterano agente forestal Xosé Santos, portavoz de la organización ambientalista Amigas das Árbores, sostiene que las riadas son un desastre “anunciado” porque la Xunta no ejecutó un plan en condiciones para recuperar y restaurar ambientalmente las casi 120.000 hectáreas calcinadas en 2025, tal y como exige la legislación autonómica y estatal. Son un “efecto colateral” de esos fuegos que ennegrecen el paisaje y matan fauna y ecosistemas. Ni la abultada bibliografía científica que alerta de él ni las advertencias de expertos y ecologistas han logrado evitarlo, lamenta. En los montes quemados, “no se ha hecho nada más que lanzar un poco de paja desde un helicóptero”.

A los destrozos, añade Santos, se une la falta de control en la retirada de la madera de los parajes arrasados por las llamas. La “simplificación administrativa” que propugna la Xunta ha permitido que estas tareas se realicen sin supervisión y sin tener en cuenta los casos en los que esta labor debería evitarse para prevenir escorrentías y arrastres. ”Los madereros están entrando a saco, deshaciendo caminos y pistas, provocando en el monte daños superiores al valor de la madera cortada… Es una explotación pura y dura», sostiene al portavoz de Amigas das Árbores.

La Xunta alega que ninguna actuación en los montes calcinados podía haber evitado las riadas de Valdeorras porque se debieron a un “episodio meteorológico excepcional”. En respuesta a este periódico, la Consellería de Medio Rural subraya que ha destinado 1,6 millones a consolidar suelos esparciendo paja, a levantar albarradas de contención y a arreglar pistas forestales. Y sostiene que la toma de medidas para evitar más destrozos por las lluvias que vendrán son responsabilidad de la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil, un organismo dependiente del Gobierno central.

La entidad estatal, por su parte, trabaja aún estos días en la retirada de la gran cantidad de madera que en junio invadió fincas y cauces en Viana do Bolo y que provocó un reguero de destrucción por “taponamientos y colapsos”. También está realizando actuaciones en los ríos y en las instalaciones hidráulicas y ha anunciado una inversión de dos millones de euros. Su presidente, el socialista José Antonio Quiroga, señaló hace unos días a la Xunta de Rueda: “Es importante recordar que la falta de previsión e inacción de otras administraciones con competencias en el medio rural favoreció los arrastres de madera quemada”.

Entretanto, en Quiroga, Ángel Gómez teme que su vida y la de sus vecinos pueda ir incluso a peor: “El día a día es muy duro y el invierno tiene mala pinta”.

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