Los Javis vibran con Lorca y convierten al poeta en fenómeno de masas en San Sebastián y en Toronto

Pauline Kael, la crítica de cine más célebre y combativa que ha conocido la profesión, mantenía que las reseñas convenía hacerlas después de ver una película por primera vez. No más tarde. Tampoco antes, claro. Una película se podía ver mil veces para analizarla hasta el agotamiento, pero hay una vibración primigenia que late o no con el visionado original y que nunca más vuelve a ocurrir. Tiene que ver con muchas cosas: con la curiosidad y con la sorpresa, con la emoción y la inteligencia, con el estado de ánimo del momento y con todas las películas vistas con anterioridad, con la memoria y también con el olvido. El caso es que hay películas que, más allá de cualquier juicio ponderado o no, entusiasta o mortecino, simplemente vibran. Y no hay explicación para el fenómeno. Y está bien, o eso pensaba Kael, que ese escalofrío primerizo e irrepetible, caso de darse, se mantenga lo más puro posible sobre el papel.

 La ciudad donostiarra sale a la calle para recibir con un entusiasmo inédito el primer pase público en España de ‘La bola negra’, la película premiada en Cannes, elegida para los Oscar y ganadora del People’s Choice Award en Toronto, el único premio oficial del certamen canadiense  

Pauline Kael, la crítica de cine más célebre y combativa que ha conocido la profesión, mantenía que las reseñas convenía hacerlas después de ver una película por primera vez. No más tarde. Tampoco antes, claro. Una película se podía ver mil veces para analizarla hasta el agotamiento, pero hay una vibración primigenia que late o no con el visionado original y que nunca más vuelve a ocurrir. Tiene que ver con muchas cosas: con la curiosidad y con la sorpresa, con la emoción y la inteligencia, con el estado de ánimo del momento y con todas las películas vistas con anterioridad, con la memoria y también con el olvido. El caso es que hay películas que, más allá de cualquier juicio ponderado o no, entusiasta o mortecino, simplemente vibran. Y no hay explicación para el fenómeno. Y está bien, o eso pensaba Kael, que ese escalofrío primerizo e irrepetible, caso de darse, se mantenga lo más puro posible sobre el papel.

Valga lo anterior para confirmar que, más allá de cualquier otra valoración, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo La bola negra, que cuenta en tres tiempos la historia de tres hombres con la vida y la muerte de Federico García Lorca al fondo, vibra. Lo hizo desde la primera vez que se proyectó en Cannes, festival en el que se hizo con el premio a la dirección, e insite en hacerlo allá donde se presenta. El domingo tocó San Sebastián. El temblor empezó a notarse de buena mañana. A los alrededores del hotel María Cristina centenares de curiosos reclamaban su parte del botín. Valía todo: fotos, autógrafos, una simple mirada. Por primera vez, el festival se ha visto obligado a doblar la longitud de la alfombra roja para acoger un estreno en el Teatro Victoria Eugenia que batió un récord en la venta de las entradas. El miércoles fue elegida por la Academia para representar a España en los Oscar y ya son varías las revistas especializadas que la colocan entre las favoritas del año. El domingo también se conoció que la película logró el People’s Choice Award en el Festival de Toronto. Se trata del único premio oficial del certamen canadiense. Y así. De vibración en vibración.

«Estamos muy tranquilos», comenta Ambrossi por aquello de explicar su parecer a tanta expectación. La respuesta tiene trampa: «Todo eso que se dice en verdad no se corresponde con nada. La película no se ha estrenado aún y hasta que eso no ocurra es hablar por hablar». Y sigue: «Lo más complicado y por lo que más he sufrido fue por la decisión de la Academia española. Para nosotros lo más importante era que los nuestros nos apoyaran». Y así ha ocurrido.

A Calvo le cuesta encontrar una explicación a lo que está pasando. Pero si se le pide, la da: «A veces pienso que damos demasiadas explicaciones de la película. No es una reivindicación de Lorca, como algunos pretenden, ni mucho menos un biopic. Tampoco es una película de la Guerra Civil española. O no solo. Si que es un homenaje a las vidas truncadas de la guerra y a todo lo inacabado que nos dejamos por el camino -las obras, los amores- cuando no te permiten vivir. Pero todo ello en un sentido más humanista que político. ¿Por qué gusta tanto fuera una película tan española? Por algo tan sencillo como que es solo una película de amor». Ambrossi a su lado echa mano del contexto para recordar una vez más de donde surge en parte todo, de donde viene, decíamos, esa vibración. «Yo era un niño que no podía ser gay, porque estaba prohibido y que, de repente, vio como un día salieron a decir que el matrimonio homosexual ya estaba aprobado. Nadie se sentó a explicarme por qué yo, de un día para otro, no estaba mal. Soy de esa generación que de repente tiene la sensación de que ha habido un eslabón de la cadena que se han saltado. Tienes de golpe todas las opciones vitales, pero en el cuerpo mantienes la sensación aún de la vergüenza y del rechazo y de que hay algo mal en ti», dice y en su decir se coloca al lado del mismo Lorca del que mana todas y cada unas de las vibraciones.

Cuentan que lo de Cannes fue mágico; que presentaron la película el último día después de trabajar hasta las tres mañana; que el primer mail que recibieron del director del festival les mantuvo tres días bloqueados sin saber muy bien ni cómo reaccionar ni qué responder; que se imaginaban en una sección paralela o que incluso, dada la competencia, hasta se veían fuera. «Fue todo eso y, de golpe, verse en la alfombra roja, acto seguido delante de las críticas internacionales y, poco después, con el premio. No éramos nadie. Nadie nos conocía», dice Calvo con los ojos muy abiertos, como si desde aquel día de mayo aún se negara siquiera a pestañear no sea que se desmorone todo, no sea que La bola negra deje de vibrar. De momento, un terremoto en San Sebastián a la espera del estreno el próximo viernes.

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