Maneras de resucitar el sanchismo fino

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La promoción de Carlos Cuerpo a vicepresidente del gobierno es un intento respetable de resucitar el sanchismo fino. Los escándalos de Ábalos, Koldo y Cerdán, la cloaca de Leire y la bragueta de Salazar revelaron que el brillo dorado del primer gobierno de Pedro Sánchez era un espejismo. Lo que vino después —Óscar Puente, Óscar López y demás— tampoco ha contribuido a refinar el producto. Y el tono despectivo y faltón del propio Sánchez en el Congreso solo ha consolidado la idea de que el sanchismo tiene más de barro que de oro.

Ni siquiera los TikToks culturales en los que el presidente nos recomienda libros que no ha leído han servido para depurar su imagen; los españoles todavía distinguen la bisutería de la piedra preciosa. Este marco permite entender por qué es engañoso decir que Cuerpo asciende sin ampliar funciones. Su papel en esta nueva etapa será, sobre todo, simbólico: sanear la imagen del Gobierno y reforzar a Sánchez como candidato de cara a unas elecciones generales.

Frente a las sombras de la corrupción, los problemas en la gestión de trenes y apagones y la tosquedad de tantos ministros y portavoces, Cuerpo está llamado a encarnar la moderación y la competencia técnica. El mensaje se dirige tanto a sus socios como a los electores: Sánchez desplaza a Sumar del centro del poder y aparta a Yolanda Díaz del escaparate. Frente al hipotético dúo FeijóoAbascal, el binomio Sánchez-Cuerpo resulta más atractivo que la pareja Sánchez-Díaz.

Pedro Sánchez puede permitirse el desprecio a Sumar que supone encumbrar a Cuerpo —a quien Yolanda Díaz llamó mala persona— porque han tolerado estoicamente tanto los escándalos del PSOE como los desaires de Sánchez. A lo más que ha llegado Yolanda Díaz, en su momento de máxima furia, es a recordarnos que es gallega.

Sospecho que cuando le pregunten por el nombramiento de Cuerpo volverá a hacerlo para luego seguir con sus cosas chulísimas. Los motivos del presidente son evidentes: al frente de un Gobierno estéril, sin presupuestos desde hace tres años, con un apoyo parlamentario precario y erosionado por los casos de corrupción, busca recuperar prestigio y legitimidad tras una fachada tecnocrática.

Esa es la función del nuevo vicepresidente: suavizar la mezcla y disimular carencias, como la soda en un mal whisky. La finalidad cosmética del nombramiento es tan evidente que resulta difícil creer que el propio Cuerpo no la perciba. Por eso, del mismo modo que nos preguntamos cuánto de tecnócrata hay en el sanchismo, cabe preguntarse cuánto de sanchista hay en Cuerpo. Es un hombre cabal, formado y fiable. Pero hay una diferencia fundamental entre él y los ministros finos de la primera etapa. Si algún día hubiera que rendir cuentas, aquellos podrían alegar que en 2018 el sanchismo aún no estaba del todo definido; que eran tripulantes de un barco que izó la bandera pirata a media singladura. Convincente o no, es una excusa que Cuerpo no tiene. Ha sido ministro y ahora es vicepresidente de un Gobierno cuyo estilo y prioridades ya eran conocidos.

Quizá sea que un tecnócrata no puede decir «no» a ser ministro, ni un ministro a ser vicepresidente. Puede ser. Pero la primera virtud de un servidor público debería ser, precisamente, saber decir no.

 España 

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