La mañana del 4 de agosto de 1892, Lizzie Borden mató a hachazos a su madrastra y a su padre, y se convirtió en la primera punk star de Estados Unidos. O puede que no los matara —el jurado la declaró inocente, pese a que no fue capaz de dar una única versión de lo ocurrido, cada día tenía una distinta—. De todas formas, acabó protagonizando hasta una canción tradicional de las que se les canta a los niños cuando se les quiere asustar y divertir a la vez, y que comienza con un “Lizzie Borden took an axe /And gave her mother forty whacks”, es decir, “Lizzie Borden cogió un hacha /y mató a su madre de 40 hachazos”. Era cuestión de tiempo que acabase protagonizando su propia temporada en Monstruo (Netflix), la más que notable antología sobre asesinos en serie estadounidenses de Ian Brennan y Ryan Murphy.

Ella Beatty, la hija de Annette Bening y Warren Beatty, protagoniza la nueva entrega de la serie de Ian Brennan y Ryan Murphy, en el papel de la asesina más famosa de la historia de los Estados Unidos, un mito ‘punk’
La mañana del 4 de agosto de 1892, Lizzie Borden mató a hachazos a su madrastra y a su padre, y se convirtió en la primera punk star de Estados Unidos. O puede que no los matara —el jurado la declaró inocente, pese a que no fue capaz de dar una única versión de lo ocurrido, cada día tenía una distinta—. De todas formas, acabó protagonizando hasta una canción tradicional de las que se les canta a los niños cuando se les quiere asustar y divertir a la vez, y que comienza con un “Lizzie Borden took an axe /And gave her mother forty whacks”, es decir, “Lizzie Borden cogió un hacha /y mató a su madre de 40 hachazos”. Era cuestión de tiempo que acabase protagonizando su propia temporada en Monstruo (Netflix), la más que notable antología sobre asesinos en serie estadounidenses de Ian Brennan y Ryan Murphy.
Lo que tiene de particular, y fascinante, la propuesta, desde el epatante primer elegido, el temible Jeffrey Dahmer, es que está planteada como aquello que Truman Capote consideró una non fiction novel, es decir, una historia de no ficción rellena, como los esqueletos de dinosaurios, de aquello que puede explicar lo que pasó. Esto es, ficción. Pero una ficción plausible. Casi un ejercicio psicoanalítico, basado en estudios posteriores, cuya intención es la de entender —o trascender— el caso, o, mejor, el personaje. Si hasta ahora había calcos directos de escenas reales —juicios, apariciones en televisión—, aquí nada así era posible, a menos que las fotografías de los cadáveres cuenten. Porque las hubo, y aparecen. Y también aparece, por sorpresa, y devora la serie, Sarah Paulson, en el papel de una asesina de los ochenta, Aileen Wuornos, gran admiradora de Lizzie.

Entenderán, pues, el tono de casi fábula de la historia que, lejos de la oscuridad de la primera y tercera —las dedicadas a Dahmer y Ed Gein— y de la frialdad estética de la segunda —la de los hermanos, también supuestos asesinos de padres, Menendez—, tiene un aire luminoso y cálido, en el que aquellos que deberían quererte, te aborrecen, te humillan, te pisotean cada día. El mundo está dando la espalda a Lizzie, y lo que vemos son las cabezas sin cara, las nucas —extraños planos de espalda que a la vez tienen que ver con la traición inminente—, una y otra vez, de su despiadada madrastra, Abby, y de su padre alcohólico y supuestamente respetable, en tanto acomodado propietario de una funeraria al que el cólera ha hecho de oro. ¿Luz en la oscuridad? Sí, porque, a diferencia del resto, Lizzie Borden —interpretada por Ella Beatty, hija de Annette Bening y Warren Beatty— se libró.
Pero no solo se libró de la cárcel —en realidad, pasó en ella 10 meses esperando el juicio, pero era una cárcel para gente bien, con sirvienta y mayordomo, comida de hotel, y un ejemplar del periódico a diario—, sino que se libró de sus padres. Su historia es una historia de venganza. De ahí el paralelismo con Aileen Wuornos, la prostituta que mató a siete hombres después de haber sido violada por cada uno de ellos, harta, hartísima de que “a las mujeres nos traten como una mierda y luego nos pidan que nos comportemos como señoritas”. En su propia ejecución, que tuvo lugar en 2002, Wuornos dijo estar deseosa de reunirse “con Dios y con Lizzie Borden”, no dudando de que iba a ir a parar al cielo, y que allí la esperaría la llamada “loca del hacha” y, como hemos dicho, la primera punk star estadounidense. Alguien que se sacó a sí misma del sistema.

¿Recuerdan Dickinson, la serie sobre la poeta? ¿Recuerdan a esa Emily Dickinson a la que solo el punk volvía comprensible? Bien, aquí ocurre lo mismo. De ahí que quizá no sea casual la elección de tantas canciones punk interpretadas por mujeres sonando en los momentos clave. Y también apunta en ese sentido que la inocencia de Ella Beatty no se rompa, sino que se transforme en algo salvaje previa lectura apasionada de La condesa sangrienta. He aquí otro acierto, el de la necesidad de un referente: Lizzie sigue a la condesa, Aileen sigue a Lizzie, no estamos solas, se dicen. Un festín es la química entre la criada y cómplice, y quizá amante, de Lizzie, Bridget (Vicky Krieps), y la propia Lizzie, y entre ella y la actriz famosa, Nance (Jessica Barden), que podría haber enseñado a Lizzie a actuar para librarse de la horca. Disfruten del macabro espectáculo. Por una vez, tiene final feliz.
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