No juzgues un libro por…

<p>Mis papilas gustativas crepitan de placer ante una ensalada de sucedáneo de cangrejo bañada en salsa <i>cocktail</i>. Sé que es de calidad ínfima, pero no puedo evitar lanzarme sobre ella. Atracción fatal. No sé si <strong>la primera novela de Ana Milán, </strong><i><strong>Bailando lo quitao</strong></i>, generará esta clase de goce en algunas personas, pero lo cierto es que no ha sido producida en un envase de plástico retractilado. Al contrario, se presenta como un canapé exquisito sobre una pizarra de chef con cresta. O en una bandeja con lustre, dado su aire decimonónico.<strong> El envoltorio proyecta una ilusión que el contenido no puede alcanzar</strong>. Hablamos de un artefacto con carácter aspiracional.</p>

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 La primera novela de Ana Milán se presenta como un canapé exquisito sobre una pizarra de chef con cresta. El envoltorio proyecta una ilusión que el contenido no puede alcanzar. Hablamos de un artefacto con carácter aspiracional  

Mis papilas gustativas crepitan de placer ante una ensalada de sucedáneo de cangrejo bañada en salsa cocktail. Sé que es de calidad ínfima, pero no puedo evitar lanzarme sobre ella. Atracción fatal. No sé si la primera novela de Ana Milán, Bailando lo quitao, generará esta clase de goce en algunas personas, pero lo cierto es que no ha sido producida en un envase de plástico retractilado. Al contrario, se presenta como un canapé exquisito sobre una pizarra de chef con cresta. O en una bandeja con lustre, dado su aire decimonónico. El envoltorio proyecta una ilusión que el contenido no puede alcanzar. Hablamos de un artefacto con carácter aspiracional.

El libro, al igual que mi ensalada favorita, funciona como un sucedáneo literario. Un objeto con grandes pretensiones bibliófilas: encuadernado en tela roja con letras sobreimpresas en tinta plata y con cinta marcadora de resonancias bíblicas. Estos detalles orbitan alrededor de un deseo: la pertenencia a las altas esferas.

Ana Milán ha construido toda una didáctica alrededor de la intensidad. Y así se pasea en sus apariciones, bien sean en redes, pódcasts o en los Premios Ídolo. Se ha subido al escenario (de la vida) a interpretarse todo el rato a sí misma. Esa idéntica estrategia la ha trasladado al campo literario. Y sabe cómo rentabilizarla.

Pero Ana lo quiere todo. Y eso es muy difícil, porque el mundo está diseñado para elegir: pechuga o muslo, Toñi o Encarni. Ansía prestigio, pero también quiere ventas, panes y peces. La intención puede ser legítima porque en esa tensión se mueve la industria cultural. Sin embargo, se sostiene con dificultad: la prosa es plana como el busto de Anjelica Huston en los 70. Sería un no rotundo si Got Talent fuese presidido por Clarice Lispector. Y la falta de riesgo artístico de sus textos parece inversamente proporcional a las ventas que su departamento de marketing habrá calculado. Estamos ante un dispositivo simbólico.

¿Podemos, entonces, juzgar un libro por su portada? En teoría, no. O tal vez, sí, a la vista de unos cuantos disfraces literarios con trampa. Algunos objetos culturales son formas que imitan la alta cultura pero la simplifican y adaptan para el consumo masivo, reduciendo ciertas complejidades intelectuales sin exigir nada al público. O sea, se presentan bajo una apariencia seria pero están diseñadas para un mercado amplio.

Y es que cada portada busca a su lector. Las hay de todos los gustos y colores. Portadas feas para personas erráticas, portadas contenidas para la intelectualidad austera, portadas pobres para marxistas de palabra y corazón. Y las hay que hablan de ti, de mí, de nosotros. Y también, de Ana.

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