Realidad y ficción unidas bajo las bombas en unos estudios de cine en Kiev

Lugar donde se encontraba el edificio que albergaba la mayor colección de vestuario de cine de Ucrania, atacada por Rusia el 15 de junio.

Rusia no tiene reparos en ensañarse con la historia, la cultura y el legado soviético con tal de castigar a Ucrania. No lo consideran pegarse un tiro en el pie 35 años después de la desmembración de la URSS, y enfrascadas, como están sus tropas, en la invasión militar del país vecino. En efecto, la historia da muchas vueltas y transcurre por innumerables e intrincados meandros. Un ejemplo de ello es el bombardeo sufrido el 15 de junio por los estudios de cine que llevan el nombre de Aleksandr Dovzhenko (1894-1956), ubicados en Kiev y los más importantes de Ucrania. Unas instalaciones que serán centenarias en 2027 y donde el director español Juan Antonio Bardem (Madrid, 1922-2002) rodó en 1982 La advertencia.

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Plató de 3.500 metros cuadrados donde rodó en 1982 Juan Antonio Bardem.Restos del vestuario de la mayor colección de trajes para rodaje arruinada por un ataque ruso el 15 de junio.Piezas empleadas en algunos rodajes mostradas ahora en el museo que acogen las instalaciones de los estudios de Kiev,Algunas cámaras de cine y otros objetos en el museo de los estudios Aleksandr Dovzhenko de Kiev.Cráter tras el impacto de uno de los misiles rusos en el perímetro de los estudios de cine en Kiev.Parte de la verja de los estudios lanzada por la onda expansiva contra un árbol. El gran plató donde rodó Juan Antonio Bardem en 1982 ‘La advertencia’ se ha salvado de los misiles rusos, no así la mayor colección de atrezo del país, completamente destruida  

Rusia no tiene reparos en ensañarse con la historia, la cultura y el legado soviético con tal de castigar a Ucrania. No lo consideran pegarse un tiro en el pie 35 años después de la desmembración de la URSS, y enfrascadas, como están sus tropas, en la invasión militar del país vecino. En efecto, la historia da muchas vueltas y transcurre por innumerables e intrincados meandros. Un ejemplo de ello es el bombardeo sufrido el 15 de junio por los estudios de cine que llevan el nombre de Aleksandr Dovzhenko (1894-1956), ubicados en Kiev y los más importantes de Ucrania. Unas instalaciones que serán centenarias en 2027 y donde el director español Juan Antonio Bardem (Madrid, 1922-2002) rodó en 1982 La advertencia.

Ficción y realidad van de la mano durante la visita que el reportero realiza cuando, una docena de días después, las ruinas de los edificios más castigados siguen todavía humeando. Es el caso del que acogía la mayor colección de atrezo del país, con unos 100.000 trajes y unos tres millones de utensilios de todo tipo. Apenas se distinguen algunos jirones de colores o botonaduras doradas entre el imperante negro impuesto por las llamas tras extinguirse, como muestra durante una visita el subdirector de los estudios, Ievhenii Dyachenko.

Testigo mudo de ese ataque, permanece impasible una nave de 3.500 metros cuadrados que acoge lo que sus responsables consideran uno de los mayores platós de cine de Europa. Los misiles cayeron cerca, a unas decenas de metros. La onda expansiva voló no solo las ventanas, también desencajó alguna de sus grandes puertas metálicas, daños que pueden considerarse menores comparados con otros edificios de los estudios.

Ese gran hangar acogió en 1982 una reproducción del Reichstag, el Parlamento alemán. Ahí filmó Bardem parte de su película La advertencia, en torno a la vida del abogado y político comunista búlgaro Georgi Dimitrov, acusado por los nazis de haber prendido fuego a la sede de esa cámara en Berlín. El documentalista Stanislav Suknenko, apasionado también de la historia del cine de su país, es quien, también durante la visita, alumbra detalles de aquella producción, memoria de una época que despierta sentimientos agridulces.

Tras una ventana de otro edificio, unos niños canturrean en una sala. Forman parte de un campamento de verano, una de las actividades paralelas, al igual que algunos festivales de música, que acogen los estudios. Las instalaciones pertenecen al Ministerio de Cultura, pero están sufriendo el rigor presupuestario que impone la invasión rusa.

“La mayoría del dinero va para la guerra, no para el cine”, explica Dyachenko, que asume que no hay otra alternativa, al menos, de momento. Por vez primera desde la invasión rusa a gran escala, desatada en febrero de 2022, habían recibido del gobierno una cantidad equivalente a unos 78 millones de euros. Todavía no han cerrado la evaluación de daños tras el ataque del 15 de junio, que, en mayor o menor medida, perjudicó o destruyó una veintena de edificios.

Lo que sí tienen claro es que la colección de vestuario nunca más será reemplazada por otra parecida. Solo un puñado de prendas del departamento de vestuario ha sobrevivido, las que se encuentran en un pequeño museo de la historia del cine ucranio que también acoge los estudios.

Además de la guerra, la nueva forma de rodar, donde la inteligencia artificial se va haciendo hueco como protagonista, no favorece la llegada de grandes producciones, lamenta Dyachenko. Por los diferentes edificios apenas se ve gente circular.

El documentalista Suknenko recuerda que, hace en torno a medio siglo, los empleados llegaron a ser sobre 2.000. Hoy ronda el centenar. La puntilla, añade, llegó con el fin de la Unión Soviética, cuyas autoridades, junto a las de Bulgaria, pusieron el dinero para que Bardem realizara su película.

Guerra cultural

Más allá de drones, misiles y artillería, la guerra cultural es también palpable. No solo porque Moscú bombardee —Kiev asegura que no por accidente— lugares como estos estudios. Sobre las paredes de las oficinas y el citado pequeño museo, pueden contemplarse fotos de directores y actores junto a carteles de películas de la época dorada del cine bajo la Unión Soviética. Los responsables de los estudios no los han retirado, pero Dyachenko no oculta su “rabia y dolor” por la mutilación que las bombas rusas están llevando a cabo. Por eso, como muchos ucranios, defiende plantar cara y “cortar” con todo lo ruso.

Los estudios Dovzhenko han sufrido tres ataques en un mes. Aunque el peor de ellos corresponde al del 15 de junio, otro misil impactó el 2 de junio sin estallar, pero dejando un enorme socavón de varios metros. El 2 de julio, otro proyectil acabó causando daños a un edificio residencial colindante.

El goteo incesante de una gran invasión que supera en días a la Primera Guerra Mundial y con más de dos millones de víctimas —muertos y heridos— entre los dos bandos, marca a fuego también la vida de los cineastas.

Stanislav Suknenko está embarcado en una serie de documentales en torno a una de las batallas que más resuena en el ideario ucranio, la de la acería Azovstal, a las afueras de Mariupol, en 2022. La mayoría de los que resistieron al asedio ruso acató la orden del presidente Volodímir Zelenski de entregarse y convertirse en prisioneros de guerra, pues todo apuntaba a que, si seguían plantando cara, no iban a sobrevivir.

Muy cerca del gran plató de los estudios Dovzhenko, en una zona ajardinada, uno de los tramos de la reja de hierro que marca el perímetro de las instalaciones ha sido arrancado por la onda expansiva de uno de los misiles y lanzado con tal fuerza que ha terminado abrazado por completo al tronco de un árbol.

Aparenta ser una escultura en la que la mano del hombre y la naturaleza hubieran llegado a un acuerdo. Pero no, el gran cráter que sigue horadado a una decena de metros delata el motivo de la siniestra performance. El paisaje y la destrucción desoladora se imponen frente al tópico, por eso es una buena ocasión para recurrir a él y decir: “Parece una película”.

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