Superman vs. Jeffrey Epstein

<p>Los que recordamos lo larga que era la sombra de <strong>Mickey Mouse</strong> en nuestra infancia sabemos que ningún icono tiene garantizada la supremacía. Hasta hace bien poco parecía que el universo cinemático Marvel había descubierto la fórmula para fabricar personajes eternos. Sin embargo lo que hoy más echan de menos los fans es que las películas funcionen como un cañón y que repitan las caras conocidas. <strong>Que salga Robert Downey Jr. aunque no haga de Iron Man. Lo que se le pide al cine desde hace siglo y pico, vamos</strong>. La hazaña de Marvel no tiene parangón, pero no han sido capaces de consolidar otro <strong>Superman</strong>. Si es que tal cosa es posible. Un <strong>James Bond</strong> puede convivir en el firmamento con un <strong>Batman</strong>, dos personajes cuyas diferencias (uno es funcionario y el otro un emprendedor) son más pequeñas que sus parecidos (si un actor vale para uno vale para el otro). Pero Superman es una combinación de cualidades tan simple que resulta imposible imaginarse otro.</p>

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 Los papeles de Jeffrey Epstein concretan, como nunca antes en nuestras vidas, una sospecha colectiva: el ser humano no sabe acumular poder sin acabar extirpándose de la sociedad  

Los que recordamos lo larga que era la sombra de Mickey Mouse en nuestra infancia sabemos que ningún icono tiene garantizada la supremacía. Hasta hace bien poco parecía que el universo cinemático Marvel había descubierto la fórmula para fabricar personajes eternos. Sin embargo lo que hoy más echan de menos los fans es que las películas funcionen como un cañón y que repitan las caras conocidas. Que salga Robert Downey Jr. aunque no haga de Iron Man. Lo que se le pide al cine desde hace siglo y pico, vamos. La hazaña de Marvel no tiene parangón, pero no han sido capaces de consolidar otro Superman. Si es que tal cosa es posible. Un James Bond puede convivir en el firmamento con un Batman, dos personajes cuyas diferencias (uno es funcionario y el otro un emprendedor) son más pequeñas que sus parecidos (si un actor vale para uno vale para el otro). Pero Superman es una combinación de cualidades tan simple que resulta imposible imaginarse otro.

Pero entonces ¿qué es lo que ha hecho a Superman tan perecedero en primer lugar? Autores como Grant Morrison y Max Landis se han pasado media vida señalando a Clark Kent, su identidad secreta, un ingrediente del personaje tan asimilado… que ni nos preguntamos para qué demonios le sirve. El periodista convencional donde habita la mitad de su tiempo no responde a ninguna estrategia ni beneficio. Otros superhéroes disocian su vida personal de su actividad pública para proteger a sus seres queridos, pero todos sabemos que Superman inauguró su vida adulta en estricta soledad.

Clark Kent es un ritual autoimpuesto. Es la conservación y prolongación del preciso ciudadano que él sería si no tuviese habilidades sobrehumanas, con la personalidad y principios propios de alguien criado por dos granjeros humildes en Arkansas. Superman lleva capa y una S en el pecho, pero el uniforme que protege su brújula moral es Clark Kent.

Como también nosotros podemos fantasear, imaginemos una sociedad que nos educara en el mismo imperativo: el de preservar nuestra identidad con la misma determinación con la que protegemos nuestra vida cada vez que el destino nos regale una parcela de poder en forma de ascenso laboral, atención en redes sociales, nominación al Oscar, riqueza material, triunfo electoral o la posibilidad de gritarle a un camarero.

Los papeles de Jeffrey Epstein concretan, como nunca antes en nuestras vidas, una sospecha colectiva: el ser humano no sabe acumular poder sin acabar extirpándose de la sociedad, de las leyes y principios que la ordenan, hasta el extremo de acabar ritualizando su libertad tal y como nos alertaba Pasolini en Saló. Normalizar o resignarse a esta realidad es una amenaza contra la humanidad, pero no en el sentido que leemos en los cómics de Superman. La humanidad en peligro es la mía y la tuya, y solo Clark Kent nos puede salvar.

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