Venía don José Escolar de recoger por la mañana el premio Feria del Toro de 2025 a la corrida más completa que concede el jurado de la Casa de Misericordia. Fue aquella una corrida dura, con sus opciones dentro de su linaje de pedernal y un último toro ilidiable, por huido y distraído. Mi voto, lo reconozco públicamente, fue para la corrida de Jandilla. Pero me quedé como Israel en Oriente Medio, solo y rodeado. De momento, es posible que no repita Escolar —nunca se sabe— con la corrida que soltó este sábado en Pamplona y que podía haber soltado perfectamente en las calles. No se habrá visto en toda la temporada una cosa tan destartalada, montaraz, prehistórica. Sin atisbo de bravura, ni de casta buena —mala toda la que quieran—, desarrolló un instinto carnicero, una moruchez carnívora. De dureza atávica incluso para morir.
Heroicos los tres toreros ante un encierro de destartalada seriedad, atávico juego y carnívora moruchez; cogida y lesión del colombiano Juan de Castilla en una tarde muy dura
Venía don José Escolar de recoger por la mañana el premio Feria del Toro de 2025 a la corrida más completa que concede el jurado de la Casa de Misericordia. Fue aquella una corrida dura, con sus opciones dentro de su linaje de pedernal y un último toro ilidiable, por huido y distraído. Mi voto, lo reconozco públicamente, fue para la corrida de Jandilla. Pero me quedé como Israel en Oriente Medio, solo y rodeado. De momento, es posible que no repita Escolar —nunca se sabe— con la corrida que soltó este sábado en Pamplona y que podía haber soltado perfectamente en las calles. No se habrá visto en toda la temporada una cosa tan destartalada, montaraz, prehistórica. Sin atisbo de bravura, ni de casta buena —mala toda la que quieran—, desarrolló un instinto carnicero, una moruchez carnívora. De dureza atávica incluso para morir.
Antonio Ferrera, Juan de Castilla e Isaac Fonseca se convirtieron en héroes sólo por echarla para adelante. Lo más bravo de más dos horas y media de tensión lo encarnó Fonseca para arrancarle la oreja al voraz sexto. Ciento veinte años de evolución del toro bravo para regresar al toro del siglo XIX y exigir el toreo del siglo XXI. Habrá que escuchar a don José.
No puntuará, imagino, para la presente edición del premio el enorme toro/caballo que tanto recordó al último del año pasado y que estrenó la tarde, un manso declarado, terrible, sin ninguna intención de embestir ni, por supuesto, humillar, tan jodido además para estar delante —te atropellaba o te arrollaba— y, sobre todo, terriblemente dificultoso para matar. Antonio Ferrera lo lidió sobre las piernas en los terrenos de su querencia y pasó las de Caín con la espada. Era una hazaña solo meter el brazo. Una papeleta resuelta a últimas, ya con el descabello, tras dos avisos y antes de una pitada tan lógica como ignorante. Otro no lo mata.
Cuando Ferrera tumbó al veleto y grandón cuarto —un lote infernal—, algunos, pocos, respiramos. Demasiado tiempo había estado el maestro con él como queriendo demostrar afán, una maestría ya sabida. No había nada que hacer. Como pegarse cabezazos contra un muro. Volvió a atascarse con el acero por no pedir una escalera…
Completaban el cartel el colombiano Juan de Castilla y el mexicano Isaac Fonseca. Quedaba una cosa muy internacional. Los pobres brindaron al público con la intención de agradar con aquellos bichos infumables, de una moruchez carnívora. Castilla se postró de rodillas con aquel ser —tan feamente abría la cara— en un arrebatado prólogo de faena y, cuando se puso de pie, ya estuvo a punto de ser cogido dos veces. Optó por torearlo con precauciones de supervivencia. No le quitaba ojo la presa.
Si este se hacía malo, saltó el tercero a «mejorarlo». ¡Jodó con el asaltillado! ¡Qué manera de cortar en capotes y banderillas! De una en una las clavaba la infantería de plata. Ni uno tuvo por el derecho; por el izquierdo Fonseca hizo lo que pudo. Cuando la bestia sintió el acero de la espada, huyó a tablas como una exhalación. Fueron duros hasta para morir, ya digo.
La temida cogida llegó con un quinto que no embistió ni una sola vez de verdad con su temible aspecto de Vall d’Uixó, siempre amagado detrás de la mata, tan agarrado al piso. Como un depredador. Juan de Castilla hizo un esfuerzo sobrehumano para pasarlo. Hasta que lo volteó con una violencia tenaz. Cayó sobre el cuello y los pitones silbaron como balas por la cabeza. El valiente colombiano se repuso, dolorido, renqueante -sufrió una fractura en el pie-, con un hilillo de sangre en la sien, para darle muleta. Y pasó a la enfermería entre ovaciones a su heroísmo.
Lo que fue la salvaje corrida de Escolar lo resumió el arreón que pegó el último toro persiguiendo a Isaac Fonseca cuando sintió hundida la estocada, una gran estocada, por cierto, la única de la tarde. La oreja cayó a sangre y fuego. Fonseca se había batido el cobre con aquel animal que le buscaba, que no tenía el segundo muletazo de cada serie, que sólo quería sangre. Bravo el mexicano en aquel toma y daca, una pelea navajera que ganó.
MONUMENTAL DE PAMPLONA. Sábado, 11 de julio de 2026. Séptima de feria. Lleno. Toros de José Escolar, un cinqueño (6º); de destartalada seriedad; montaraces moruchos, durísimos, muy malos.
FERRERA, DEBLANCO Y ORO. Media y estocada suelta, dos pinchazos, bajonazo y que asoma, seis descabellos. Dos avisos (pitos); tres pinchazos y estocada. Aviso (silencio).
JUAN DE CASTILLA, DE BLANCO Y ORO. Estocada muy atravesada y suelta que escupe y cuatro descabellos (silencio); pinchazo y estocada casi entera (ovación y pasó a la enfermería).
ISAAC FONSECA, DE GROSELLA Y ORO. Media estocada y tres descabellos (silencio); estocada (oreja).
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