Alternativa para Alemania (AfD) ganó el 6 de septiembre las elecciones de Sajonia-Anhalt, donde todo indica que podrá formar gobierno, algo que no ocurre en ese país desde el fin de la II Guerra Mundial. Dos semanas después, repitió victoria en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Sus triunfos aceleran el avance de la extrema derecha en la Unión Europea, donde ya está presente en los Ejecutivo de seis países (Italia, Finlandia, República Checa, Eslovaquia, Croacia y Eslovenia), lidera las intenciones de voto en otros cuatro (Alemania, Francia, Austria y Rumania) y sus tres grupos en la Eurocámara suman más escaños que el Partido Popular Europeo, el que más diputados tiene.
Un análisis académico de 23 partidos ultra muestra sus diferencias frente a Rusia, los derechos de la mujer o el cambio climático y unos programas a la carta destinados a “contentar” a la opinión pública
Alternativa para Alemania (AfD) ganó el 6 de septiembre las elecciones de Sajonia-Anhalt, donde todo indica que podrá formar gobierno, algo que no ocurre en ese país desde el fin de la II Guerra Mundial. Dos semanas después, repitió victoria en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Sus triunfos aceleran el avance de la extrema derecha en la Unión Europea, donde ya está presente en los Ejecutivo de seis países (Italia, Finlandia, República Checa, Eslovaquia, Croacia y Eslovenia), lidera las intenciones de voto en otros cuatro (Alemania, Francia, Austria y Rumania) y sus tres grupos en la Eurocámara suman más escaños que el Partido Popular Europeo, el que más diputados tiene.
De puertas para adentro, sin embargo, la extrema derecha no es un bloque homogéneo ni está de acuerdo en todo. Los radicales coinciden sobre todo en sus enemigos, como la inmigración, pero chocan en lo referente a Rusia, el futuro de Europa, las directrices macroeconómicas o los derechos de las minorías. Por ejemplo, dirigentes del Reagrupamiento Nacional (RN) francés criticaron a los alemanes por votar a AfD, “un partido que relativiza su pasado nazi”. La ruptura viene de 2024, cuando el RN forzó la expulsión de sus hasta entonces socios alemanes de su grupo en el Parlamento Europeo por esta afinidad con su pasado histórico.
EL PAÍS ha medido esas diferencias a partir de la Chapel Hill Expert Survey (CHES), la encuesta académica de referencia para comparar partidos europeos, que desde 1999 pide a especialistas que examinen a las formaciones políticas de cada país en decenas de asuntos. En su última edición, de finales de 2024, 609 expertos evaluaron 279 partidos de la UE y Reino Unido. Las escalas suelen ir del 0 al 10: en inmigración, el 0 representa una política abierta y el 10, una muy restrictiva. Jan Rovny, profesor de Ciencia Política en Sciences Po y coautor del estudio —que se centra en 23 de los 44 partidos europeos que el CHES clasifica como derecha radical—, confirma a este diario que los datos siguen plenamente vigentes.

Contra la inmigración
Todas las formaciones analizadas coinciden en el rechazo a la inmigración. En enero de 2025, la AfD incorporó a su programa la “remigración”, el eufemismo con el que la extrema derecha se refiere a la deportación masiva de inmigrantes. En España, en julio de ese año, Rocío de Meer, diputada de Vox, defendió que unos ocho millones de personas “tendrán que volver a sus países”. Vox ha importado la “prioridad nacional”, defendida por el RN francés, a la hora de acceder a ayudas y servicios, y, en comunidades autónomas donde gobierna con el PP, logró incluirla en los presupuestos de vivienda y en las ayudas sociales. Giorgia Meloni, por su parte, ha llevado estos criterios al Gobierno italiano con los centros para migrantes que Italia abrió en Albania. Y en Austria, el FPÖ —que ganó las últimas elecciones generales y no pudo formar Gobierno, aunque sí está presente en los Ejecutivos de coalición de varias regiones— ha manifestado su deseo de convertir a Austria en una “fortaleza” para sus ciudadanos y contra la inmigración “masiva”.
Para los 23 partidos analizados, el control de la inmigración es una prioridad: en promedio le dan una importancia de 9,4 sobre 10, frente al 6,6 de las formaciones conservadoras tradicionales y el 5,2 de los socialistas.
Ese consenso se extiende además al nacionalismo, a la mano dura contra el crimen y al rechazo a las políticas contra el cambio climático. “Abajo estos molinos de la vergüenza”, dijo sobre los aerogeneradores Alice Weidel, colíder de AfD, en enero de 2025. Igual ocurre con el holandés PVV de Geert Wilders prometía en su programa de 2023 sacar a los Países Bajos del Acuerdo de París y pasar “por la trituradora” todas las medidas climáticas.
Entre Moscú y Bruselas
El apoyo a Moscú es la cuestión que más separa a estos partidos. Por ejemplo, en la frontera con Rusia conviven el Partido de los Finlandeses, que apoyó la entrada del país en la OTAN y que mantiene un claro apoyo a Ucrania, con el Fidesz de Viktor Orbán, que vetó paquetes de sanciones contra Rusia en el Consejo Europeo. “Probablemente, esta es la principal línea de fractura dentro de la derecha radical europea”, resume Gilles Ivaldi, investigador del CNRS francés.

La invasión de Ucrania obligó a muchos de estos partidos a revisar su relación con Moscú. Por ejemplo, al RN, que se financió en 2014 con un préstamo de un banco ruso, un vínculo que, según Ivaldi, lastró a Marine Le Pen en las presidenciales de 2022. Ahora, la líder francesa pide reducir la ayuda a Kiev, pero al mismo tiempo acusa al Kremlin de “intimidación y desestabilización” contra Francia. En Italia, Hermanos de Italia, el partido de Meloni, respalda a Kiev desde su llegada al poder, en 2022.
En el otro lado de la balanza están los líderes de AfD en Alemania, claramente alejados de los intereses de Ucrania y dispuestos a reunirse con responsables rusos para negociar la reanudación del suministro de gas ruso a Alemania. El avance de este partido prorruso inquieta a Bruselas por el posible impacto que su presencia en foros europeos tendría sobre cuestiones de seguridad.
En la Eurocámara, ese sentimiento pro o antirruso determina el grupo parlamentarios al que se suma cada formación: Conservadores y Reformistas Europeos alberga a los más proucranios, como Hermanos de Italia o al polaco Ley y Justicia (PiS); Patriotas por Europa, a partidos cercanos a Moscú, como el RN o el FPÖ austriaco; y Europa de las Naciones Soberanas, a los claramente cercanos a Putin, como la AfD.

En general, la relación con Bruselas es complicada. Reform UK, el partido del británico Nigel Farage, fue clave en el divorcio del Reino Unido con la UE y bate récords en su sentimiento antieuropeísta, según el CHES. Le sigue de cerca el PVV de Wilders, que ha defendido un referéndum sobre la salida de Países Bajos, el llamado Nexit. Hermanos de Italia, PiS y Vox son los más moderados en su euroescepticismo, pero todos ellos se sitúan por encima del seis en una escala en la que el 10 representa el rechazo total a Bruselas. Y si su rechazo no es mayor es porque, según Rovny, el Brexit mostró “lo costoso que es no formar parte del mercado interior”. Por ejemplo, Le Pen, que llegó a plantear la salida del euro con el Frexit, “ha cambiado por completo su discurso”, y Meloni se ha vuelto “bastante proeuropea”.
Un discurso para cada público
En economía, dentro de la derecha radical conviven partidos que defienden la intervención pública y el proteccionismo con otros que apuestan por la desregulación y una presencia menor del Estado. Según el CHES, la extrema derecha es la tendencia política más ambigua de todas en materia ecónomica. Rovny cree que esa indefinición es “casi deliberada”: “Quieren contentar a todo el mundo”. Le Pen, explica, suena “mucho más socialdemócrata” ante los obreros del norte de Francia, que ante los pequeños empresarios a los que “promete rebajas de impuestos”.
Los partidos más veteranos, como el RN o el Partido Popular Danés, apostaron desde su creación por menos impuestos y menos Estado del bienestar. Con el tiempo, han ido incorporando ayudas a pensionistas y familias y subvenciones para la vivienda, pero siempre aplicando la “prioridad nacional”, según Rovny. Los más recientes, como Vox, la AfD o la polaca Confederación (Konfederacja), mantienen una apuesta más clara por reducir la presencia del Estado.

Mujeres, LGTBIQ+ y religión
“Soy Giorgia, soy una mujer, soy una madre, soy italiana, soy cristiana”. Así resumió su identidad Meloni, en un mitin en Roma en 2019. Los derechos de las mujeres y de las personas LGTBIQ+, el aborto o el matrimonio homosexual son cuestiones que generan, en líneas generales, un rechazo unánime en la extrema derecha, que ha hecho de ellas “una marca de identidad”, según Rovny.

Pero en los últimos años ha habido disonancias reveladoras. En 2020 en Polonia, un Tribunal Constitucional con magistrados nombrados por el partido PiS restringió casi por completo el aborto, mientras que, en Francia, Le Pen, pese a las divisiones internas en su partido, votó en 2024 a favor de que quedara preservado en la Constitución.
El matrimonio entre personas del mismo sexo divide todavía más a estas formaciones. Solo el holandés PVV, de Wilders, y el Partido Popular Danés lo apoyan. En el extremo se sitúa Fidesz, del húngaro Orban, cuyo Gobierno prohibió directamente en 2025 las marchas del Orgullo.
En la investigación de CHES, queda claro, por otra parte, que los partidos que más incorporan la religión a sus programas, como Fidesz, PiS, Vox o el portugués Chega, son también los menos favorables a estos derechos.

Divididos en el poder
Una vez que llegan a los gobiernos, los partidos de extrema derecha transforman, matizan o directamente renuncian a algunos de sus postulados. Según Rovny, en el poder, los radicales se moderan porque suelen depender de coaliciones y porque gobernar obliga a “hacer cosas en lugar de hablar de ellas”. Por ejemplo, Meloni no ha modificado la ley italiana del aborto y Wilders abandonó en 2025 la coalición holandesa, sin haber conseguido aplicar la política de asilo que había prometido.
Pero la llegada de los radicales al poder y su popularidad causa un efecto secundario inesperado: el blanqueamiento e incluso la aceptación de algunas de sus ideas por parte de otras formaciones. “Ha habido una normalización del discurso de la derecha radical y también de sus políticas, sobre todo en inmigración”, explica Rovny. Su ejemplo es la socialdemocracia danesa, cuya política migratoria está hoy “mucho más cerca de la derecha radical de lo que muchos otros socialdemócratas habrían soñado”.
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