<p>En un momento de <i>Tres adioses</i>, la protagonista se come un helado de cucurucho. Es un helado de tres bolas que una sobre otra se mantienen en equilibrio precario acosadas por la lengua de Alba Rohrwacher. <strong>Los helados de cucurucho tienen algo de desafío a todas las leyes imaginables, a la dieta, a la mesura, a la ley de gravedad incluso.</strong> Apurando, tomar un helado de cucurucho es la forma con la que el instinto más básico, el del placer, desafía a cualquier modo de represión, a las reglas de urbanidad y a la sociedad misma. Los helados de cucurucho no se comen, se lamen en una batalla cuerpo a cuerpo cuyo objetivo último no es otro que derretir con los labios primero el chocolate y luego el deseo mismo. Los helados de cucurucho son sexo. Son el principio de cualquier revolución futura. Son la hostia. A los helados de cucurucho solo les falta estar prohibidos o ser pecado (o las dos cosas) para ser perfectos. Digamos que la última película de Isabel Coixet se hace fuerte en esta idea, en esta escena y sobre ella levanta un soberbio manifiesto. La última película de Isabel Coixet es un helado de cucurucho de tres bolas. Una sobre otra.</p>
La directora se estrena en italiano con una bellísima reflexión sobre la muerte, el desamor, la comida, las croquetas de arroz romanas, il gelato romano y el poder transformador del cine
En un momento de Tres adioses, la protagonista se come un helado de cucurucho. Es un helado de tres bolas que una sobre otra se mantienen en equilibrio precario acosadas por la lengua de Alba Rohrwacher. Los helados de cucurucho tienen algo de desafío a todas las leyes imaginables, a la dieta, a la mesura, a la ley de gravedad incluso. Apurando, tomar un helado de cucurucho es la forma con la que el instinto más básico, el del placer, desafía a cualquier modo de represión, a las reglas de urbanidad y a la sociedad misma. Los helados de cucurucho no se comen, se lamen en una batalla cuerpo a cuerpo cuyo objetivo último no es otro que derretir con los labios primero el chocolate y luego el deseo mismo. Los helados de cucurucho son sexo. Son el principio de cualquier revolución futura. Son la hostia. A los helados de cucurucho solo les falta estar prohibidos o ser pecado (o las dos cosas) para ser perfectos. Digamos que la última película de Isabel Coixet se hace fuerte en esta idea, en esta escena y sobre ella levanta un soberbio manifiesto. La última película de Isabel Coixet es un helado de cucurucho de tres bolas. Una sobre otra.
La película adapta dos de los cuentos de la italiana Michela Murgia recogidos en su libro semiautobiográfico Tre Ciotole (Tres cuencos). En uno de ellos, una mujer es abandonada por su pareja y cuando más triste se siente, otra tristeza aún más profunda hace acto de presencia para dar nuevo sentido a todo. La autora murió de cáncer y lo que sufre su personaje es la misma y cruel metástasis que coloca a las dos, la de la realidad y la de ficción, a los pies de idéntica muerte. En el otro relato, un hombre deja a su pareja. No sabe muy bien por qué, simplemente hace lo que hace porque puede hacerlo. Y todo ello para darse cuenta acto seguido de la inmensa e irreparable gravedad de su error. La película coloca los dos relatos uno frente al otro y los cose en lo que acaba por ser una misma historia de pérdida, dolor, perdón y comida romana. Él es cocinero y ella, ya se ha dicho, come un helado de cucurucho.
Una descomunal Alba Rohrwacher (la actriz que mejor llora hacia dentro) secundada debidamente por Elio Germano ejercen de maestros de ceremonias (atención al brillantísimo derroche de Francesco Carril) de un melodrama construido con los materiales más propios de la comedia. O casi. Coixet quiere alejarse de los mapas turísticos que colocan lo terrible al lado de lo atroz, lo triste justo en frente de lo irremediable y la Fontana di Trevi al otro lado de la Piazza Navona. Con delicadeza, con pausa, con un desarrolladísimo sentido de observación, Tres adioses se va construyendo no tanto delante como dentro mismo de la mirada del espectador. Y lo hace como una tragedia inédita, profunda y hasta divertida, más bella que melancólica; jubilosa de puro desesperada. La perfecta espeleóloga de la intimidad que ha sido siempre y sigue siendo Coixet descubre en el italiano en el que se estrena como directora palabras, gestos y arañazos que bien podrían contar por neologismos. De repente, todo cambia. De repente, la muerte adquiere misterios nuevos. De repente, los helados de cucurucho están ahí como advertencia de una sensualidad que arrasa con los mapas, los libros de metafísica, las normas y todas las leyes imaginables. Los helados de cucurucho como principio de una revolución por venir.
Antes de la escena del helado, Isabel Coixet cita al filósofo Feuerbach. El personaje de Carril es profesor y lee uno de sus libros. El Feuerbach que aparece en Tres adioses es el que con su máxima «Somos lo que comemos» no solo se adelantó años a los apóstoles-palizas del pan de levadura madre, sino que -ésta era la verdadera intención de la sentencia- dedicó gran parte de su hegeliano talento a denunciar los estragos y enajenaciones de una Iglesia tan preocupada por las almas como desatenta a los cuerpos. Es decir, un Feuerbach convencido de la necesidad de apropiarse de este mundo aquí y ahora, sin transcendentalismos y sin coartadas místicas. Y, sin embargo, el Feuerbach que mejor se adapta a los modos y abismos de Tres adioses, es el otro. O el contrario, mejor. Es el que recuerda cualquier estudiante de Filosofía y que fue fustigado con 11 tesis una detrás de otra por el mismísimo Karl Marx con esa coda irresistible: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». Sí, Tres adioses marca un punto muy alto en la filmografía de su directora y lo hace con la voluntad nada oculta de cambiarlo todo, de revolucionar los cuerpos y las mismas almas, de transformar el mundo. Y hacerlo, en efecto, con un helado de cucurucho. De tres bolas.
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Dirección: Isabel Coixet. Intérpretes: Alba Rohrwacher, Elio Germano, Francesco Carril. Duración: 120 minutos. Nacionalidad: Italia.
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