De no tener un trasfondo cruel, sonaría cómico. Es uno de los últimos proyectos de Itamar Ben Gvir. Ya saben, el famoso ministro ultra israelí que controla las prisiones y la policía, ha convertido las cárceles en centros de maltrato y hambre, impulsó la ampliación de la pena de muerte para los palestinos (la redacción de la ley hace casi imposible que se aplique a un judío), humilló a los integrantes de la flotilla a Gaza y pide ahora matar cada noche en Gaza a entre 30 y 40 personas. Las entre dos y diez actuales le parecen pocas.
El ministro ultra Itamar Ben Gvir, a cargo de las prisiones, impulsa cavar una zanja y llenarla con los reptiles para evitar fugas de reclusos palestinos
De no tener un trasfondo cruel, sonaría cómico. Es uno de los últimos proyectos de Itamar Ben Gvir. Ya saben, el famoso ministro ultra israelí que controla las prisiones y la policía, ha convertido las cárceles en centros de maltrato y hambre, impulsó la ampliación de la pena de muerte para los palestinos (la redacción de la ley hace casi imposible que se aplique a un judío), humilló a los integrantes de la flotilla a Gaza y pide ahora matar cada noche en Gaza a entre 30 y 40 personas. Las entre dos y diez actuales le parecen pocas.
Una de sus últimas ideas remite a uno de los mitos más extendidos sobre los castillos medievales, pero tiene poco de épico. Consiste en cavar un foso de 170 metros de largo en Ketziot, una cárcel en medio del desierto que alberga miles de presos palestinos, inundarlo y llenarlo de cocodrilos del Nilo. Lo justifica así: “Cualquiera que haya asesinado, masacrado, violado y se haya comportado como un animal merece ser custodiado por un animal igual que él”.
El plan recuerda al hoy cerrado centro de detención de migrantes en Florida apodado Alligator Alcatraz. Donald Trump no ordenó llevar allí animales, pero se jactaba de que los caimanes en los alrededores evitaban las fugas y bromeaba con que los presos tenían un 1% de posibilidades de sobrevivir si los esquivaban corriendo en zigzag, en vez del 0% en línea recta.

El año pasado, cuando Ben Gvir presentó su plan, muchos en Israel lo tomaron como otra de sus payasadas. Pero ha ido avanzando. Su Ministerio, Seguridad Nacional, le ha destinado el equivalente a seis millones de euros (incluyendo la prevista alimentación de los cocodrilos), las obras del foso están en curso y personal penitenciario visitó Hamat Gader, una granja de cocodrilos ubicada en un kibutz de los Altos del Golán. El gerente, Yosi Musanejad, aclaró que solo les capacitó y que no cederá sus reptiles para la prisión. “Somos una granja turística. Nuestros cocodrilos no llevan gorra de guardia de seguridad”, declaró.
Para ayudarse entre ministros, la titular de Medio Ambiente, Idit Silman —del Likud, el partido del primer ministro, Benjamín Netanyahu—, echó en julio un desvergonzado cable a Ben Gvir. Contra el criterio profesional de la Autoridad de Naturaleza y Parques, declaró el Cocodrilo del Nilo “animal silvestre gestionado”. ¿El truco? Implica un nivel de cuidados distinto al estatus que tenía de especie salvaje, que solo puede estar en zoos o santuarios de animales.
Tampoco fue una maniobra secreta. La propia ministra admitió el motivo y anunció haber firmado una orden para que los servicios secretos puedan desarrollar un “programa piloto” en Ketziot, porque los “terroristas de Nujba [un tipo de milicianos de Hamás] tienen mucho miedo de los cocodrilos”. “Quien quiera, que se ría, pero el número de terroristas ha aumentado en miles y el de guardas penitenciarios, no”, defendió.
El plan iba bien hasta que se topó con Dejad vivir a los animales, una organización israelí de bienestar animal que llevó el tema ante la justicia, por “el peligro que supondría el traslado para los cocodrilos” y porque no son “herramientas de vigilancia” capaces de vivir “en un canal estrecho”. Un tribunal de Jerusalén aceptó la petición, por cuestiones ambientales y de procedimiento, y ordenó paralizar la potencial reubicación de los cocodrilos hasta que dicte sentencia. Sí permite que sigan las obras del foso.
Ben Gvir acusó entonces al sistema judicial israelí (una de sus bestias negras) de “ponerse una vez más, en medio de una guerra, del lado de los terroristas”. “Sabemos que los terroristas están temblando ante la llegada de los cocodrilos, pero hoy el tribunal acudió en su ayuda”, declaró. Luego, se fue hasta la prisión con la ministra de Medio Ambiente para grabarse juntos sobre un tablón, encima de la incipiente zanja. En el vídeo, Silman celebra que los cocodrilos vayan a tener mejores condiciones que los presos.
El efectismo de la maniobra tiene, en cualquier caso, sus límites. Según informó este lunes el diario Yediot Aharonot, el propio Ben Gvir ha pedido a sus colegas de partido que apenas hablen del tema en los medios, porque algunos votantes potenciales (los sondeos de cara a los comicios de octubre le dan entre siete y diez de los 120 diputados de la Kneset) lo ven solo como eso: un golpe de efecto populista tan vacío, de momento, como el foso.
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