Viven fuera de Israel; ahora vuelven para votar contra Netanyahu

Shira Carmel se mueve por Israel con la extrañeza de quien lleva tres años sin pisar su país. Se mudó a Australia el 17 de octubre de 2023 y solo ha regresado ahora, para unas semanas. Lo ha hecho porque echar este martes en las urnas a Benjamín Netanyahu le importa más que todas las horas de viaje y que los 5.800 euros (6.500 dólares estadounidenses) que le han costado los cuatro billetes de avión de la familia. Israel es una de las escasas democracias que —salvo contadas excepciones— no permite votar, ni en Embajadas, ni por correo, a sus 810.000 mayores de edad en el extranjero. Por eso, se calcula que decenas de miles vuelan estos días para depositar físicamente la papeleta en unas elecciones consideradas cruciales, con la coalición del primer ministro y los partidos judíos de oposición casi empatados en los sondeos.

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Lilaj Weiss, en Ghana en 2020 / Cortesía de Lilaj Weiss Decenas de miles de israelíes residentes en el extranjero vuelan estos días a Tel Aviv, desde lugares tan lejanos como EE UU o Australia, ante la imposibilidad de depositar la papeleta en los países donde viven  

Shira Carmel se mueve por Israel con la extrañeza de quien lleva tres años sin pisar su país. Se mudó a Australia el 17 de octubre de 2023 y solo ha regresado ahora, para unas semanas. Lo ha hecho porque echar este martes en las urnas a Benjamín Netanyahu le importa más que todas las horas de viaje y que los 5.800 euros (6.500 dólares estadounidenses) que le han costado los cuatro billetes de avión de la familia. Israel es una de las escasas democracias que —salvo contadas excepciones— no permite votar, ni en Embajadas, ni por correo, a sus 810.000 mayores de edad en el extranjero. Por eso, se calcula que decenas de miles vuelan estos días para depositar físicamente la papeleta en unas elecciones consideradas cruciales, con la coalición del primer ministro y los partidos judíos de oposición casi empatados en los sondeos.

Carmel, de 45 años y músico profesional, recuerda cómo se marchó de Israel para no volver hasta ahora. Durante el ataque de Hamás, el 7 de octubre de 2023, un misil disparado desde Gaza cayó en su calle y se vio corriendo al refugio con su entonces único hijo. Tres días antes había descubierto que estaba embarazada del segundo. “Tenía mucho miedo. Y enseguida empezó el ‘Juntos venceremos’ [el omnipresente lema que acompañaba la brutal invasión de Gaza]. Personalmente, me hizo casi tanto mal como el cohete que cayó en mi calle”, asegura en una cafetería en Jerusalén.

Carmel lo ilustra con un símil de las películas de ciencia ficción de antaño. Es como si los israelíes “tuviesen un botón que de repente los convirtiese en robots-soldado” y alguien lo hubiese activado. “Entiendo que, cuando estás en guerra, es difícil sentarte y reflexionar sobre lo horrible que estás haciendo, pero yo no quería ser parte de esto. Esos primeros días miraba a mi alrededor y decía: ‘No reconozco a esta gente”.

Aunque no vivía en Australia, el preciado visado de Talento Global que tenía como plan B le daba derecho a tomar los vuelos de evacuación que organizaba entonces la Embajada, como otras. Fue el empujón que necesitaba. Se fue pensando, rememora, que la invasión de Gaza duraría “uno o dos meses”. Hoy está asentada en Melbourne con su marido y sus dos hijos.

No ha vuelto desde entonces por una mezcla de motivos: las distintas guerras (como la última con Irán, este año), con misiles y drones sobrevolando y las aerolíneas cancelando rutas; la paliza y el dineral de volar los cuatro con escalas desde Australia… Y tiene miedo a que Netanyahu ataque de nuevo Irán antes de las elecciones y no pueda salir, con un hijo en edad (seis años) esta vez sí de entender lo que pasa.

Pero votar este martes le parece clave para el futuro de su país. “Si hay alguna posibilidad de que estas elecciones tengan un impacto, claro que quiero influir en ellas. Otra gente no puede permitírselo”, subraya. Cuenta que no es la persona optimista de su juventud y que está políticamente a la izquierda de la única alternativa realista como primer ministro a Netanyahu, Gadi Eizenkot, pero se agarra a la caída de Viktor Orbán en Hungría para soñar un cambio que abra la puerta a otros. Votará a Los Demócratas, el único partido judío del arco parlamentario que aún defiende la solución de dos Estados, aunque su líder, Yair Golán, evite decirlo y aclare que no sucederá en los próximos años.

No es, para nada, la única. La movilización de los críticos con Netanyahu que residen en el extranjero se nota desde hace meses en redes sociales, en el nerviosismo del Gobierno (que ha tratado de evitarla) y en la iniciativa que la fomenta, Fly&Vote (Vuela y vota). En teoría es apartidista y no pide el voto para candidato alguno, pero está vinculada a una organización, AID Coalition, nacida precisamente de las protestas contra el primer ministro por la reforma judicial, en 2023.

En septiembre, el partido de Netanyahu, el Likud, presentó una protesta contra la iniciativa ante el Comité Central Electoral, acusándola de interferir en el resultado. La retiró tras un acuerdo de que no organizaría más vuelos ni subvencionaría billetes o servicio alguno.

Fly&Vote publicó este jueves su estimación actualizada: 67.000 israelíes en el extranjero viajarán para votar el martes. Son 14.000 más de los que preveía a principios de octubre. Sondeó entre el 12 y el 21 de octubre a 23.000 israelíes residentes en el extranjero y un 79% manifestó su pretensión de volar al país para depositar su papeleta, sobre todo desde Estados Unidos (48%) y Europa (37%). En las elecciones de 2022, solo lo hizo un 14%, según la organización.

En realidad, resulta imposible medir tanto su número como el sentido de su sufragio. “Como nunca han podido votar, nunca se ha hecho un análisis serio ni sondeos sobre el tema”, señalaba Thair Abu Ras, politólogo del Instituto Van Leer de Jerusalén, en una reciente mesa redonda virtual.

La asunción general es que Israel ha experimentado dos tipos de emigración. Una primera, en torno a los años sesenta, de una clase media a Estados Unidos, buscando mejorar su vida. Se la considera más cercana al Likud.

La actual, en cambio, se asocia más a estos vuelos y la oposición a Netanyahu. Las cifras son espeluznantes. Cerca de 270.000 israelíes ha abandonado el país entre 2023 y 2025, según un estudio publicado en agosto por la Universidad de Tel Aviv. El análisis apunta a una “fuga de cerebros”: profesionales de alta tecnología, medicina, academia o ingeniería, con alto nivel educativo, ingresos elevados y una visión liberal del mundo. Detrás de su decisión está el progreso profesional, pero también el rechazo a Netanyahu o a criar sus hijos en un país cada vez más derechista y religioso. O el ansía de estabilidad, hartos de las sirenas antiaéreas y de correr cada pocos meses a los refugios por la llegada de misiles y drones desde Irán, Líbano o Yemen, por una nueva guerra.

El único voto desde el extranjero tuvo lugar la semana pasada. El de la excepción: unos 4.800 diplomáticos y enviados, más sus familias. La alta participación (un 86%, frente al 69% de 2022) apuntala la sensación general de que hay mucho en juego.

La idea de que estas elecciones son cruciales ha llevado a Lilaj Weiss a gastarse 600 euros en un billete de ida y vuelta desde España, donde reside desde 2023. “Vuelvo para votar porque creo que es un momento crítico donde hay posibilidad de cambiar el régimen”, señala. No se mudó por ideología, sino para cursar un máster en Barcelona, y ahora vive en Sevilla y compagina una tesis con una carrera profesional de baile flamenco, su pasión.

“Me mudé para estudiar fuera, pero también para chequear cómo me sentía viviendo fuera de Israel. Y te cambia mucho ver todo desde fuera. Y vivir en una ciudad donde no hay bombas. Es algo muy básico, pero cuando creces en Israel también te parece normal que haya bombas. No lo puedes comparar con algo sano”, señala.

Weiss tiene 29 años, militaba contra la ocupación militar de los palestinos y recuerda cómo en 2019, cuando también vivía en el extranjero (en Ghana, trabajando con una ONG), no dio apenas importancia a quedarse sin votar. “No lo pensé tanto”, admite. “Fue como, ‘bueno, no estoy ahí, no puedo’. Esta vez se siente mucho más como un momento clave”.

Aún no ha decidido su voto. Por “valores” e “ideas”, optaría por la lista que aglutina a tres partidos árabes, uno de ellos —el izquierdista Hadash— con diputados judíos. Pero se plantea también Los demócratas, en parte porque forman parte de la coalición capaz de derrocar a Netanyahu, que a priori rechaza el apoyo de las formaciones árabes. Para Weiss, se trata pues de elegir entre una opción mala y otra menos mala: los principales líderes opositores son “de derechas, ni siquiera de centro”, pero la actual coalición de Gobierno con ultranacionalistas y ultraortodoxos es “peor”.

En parte, añade, está en juego su eventual regreso a Israel, o al menos el inicio de un cambio que lo facilite: “Me gustaría vivir donde nací, donde me siento más cómoda, donde hablo el idioma, donde el aire huele a lo que estoy acostumbrada… Pero ahora no veo cómo, por ejemplo, tener hijos en ese país”.

Irit no es Irit. Sí tiene 35 años y vive en Nueva York. Prefiere hablar por videoconferencia con un nombre falso porque teme dos represalias: en EE UU, con su visado, por sus opiniones de solidaridad con los palestinos; y en Israel, por dejar para siempre en Internet su nombre real en un artículo sobre este tema.

La mejor prueba de su motivación es que hará 21 horas de avión y ha pagado “un precio por el que no volaría a Israel en ningún otro momento” (1.700 dólares, unos 1.500 euros) para estar solo cuatro días, coincidiendo con los comicios. La opción de reasentarse en Israel en algún momento está, señala, “realmente vinculada al resultado de estas elecciones”. “Si nofuese a volar y los resultados fueran malos, me sentiría muy mal. Aunque hay una gran probabilidad de que me sienta mal igual y haya perdido mucho dinero”, bromea sobre la posibilidad de que Netanyahu siga como primer ministro.

Irit explica su perspectiva: “Dios sabe cómo este Gobierno sobrevivió después del 7 de octubre, pero lo hizo y toda la legislatura. Pensé que tendría la oportunidad de votar en su contra antes de mudarme a Nueva York, pero no fue así. Soy consciente de que, si Netanyahu deja de ser primer ministro, no desaparecerán este racismo, violencia y nacionalismo, que son más profundos. Pero hay unos límites de cuánto el Estado permite estas cosas. Y, en ese sentido, siento que ahora puede ser un punto de inflexión”.

Tampoco, asegura, le resulta fácil ser hoy israelí en el extranjero, obligada a menudo a pronunciarse o explicar sus posiciones solo por su nacionalidad. Le molesta, por ejemplo, escuchar hablar del sionismo “como algo parecido a decir nazismo”, cuando su abuela judía escapó hace un siglo de una muerte probable en Europa en el marco de este mismo movimiento nacionalista.

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