Zverev rompe su maldición ante Cobolli y celebra por fin en Roland Garros su primer Grand Slam

Hace días, no tantos, Alexander Zverev se miraba al espejo y no encontraba nada. Una idea le rondaba la mente: nunca seré campeón. Y no tenía sentido. «Me siento vacío», reconoció el pasado verano, tras perder en primera ronda de Wimbledon. Un hombre de casi dos metros, con el mejor saque de su generación, con un revés que dobla la trayectoria de la bola, confesando que estaba «en un agujero», «sin alegría», que «se sentía solo». Desde niño dedicó su vida a ganar a lo grande, a ganar un Grand Slam, y lo tenía todo para conseguirlo. Pero al borde de los 30 años su biografía era un recopilatorio de derrotas memorables.

 Vence en cinco sets en la cuarta final ‘grande’ de su vida y a los 29 años eleva su figura en el tenis  

Hace días, no tantos, Alexander Zverev se miraba al espejo y no encontraba nada. Una idea le rondaba la mente: nunca seré campeón. Y no tenía sentido. «Me siento vacío», reconoció el pasado verano, tras perder en primera ronda de Wimbledon. Un hombre de casi dos metros, con el mejor saque de su generación, con un revés que dobla la trayectoria de la bola, confesando que estaba «en un agujero», «sin alegría», que «se sentía solo». Desde niño dedicó su vida a ganar a lo grande, a ganar un Grand Slam, y lo tenía todo para conseguirlo. Pero al borde de los 30 años su biografía era un recopilatorio de derrotas memorables.

Este domingo en Roland Garros por fin enterró ese malditismo.

En la final ante Flavio Cobolli venció por 6-1, 4-6, 6-4, 6-7(5) y 6-1 en cuatro horas y 16 minutos y elevó su figura en el tenis de una vez por todas. Ahora ya tiene su Grand Slam. Tipo frío como pocos, en cuanto el italiano mandó el remate definitivo fuera de la pista, Zverev se desplomó sobre la arcilla de la Philippe-Chatrier y rompió a llorar como un niño. Había perdido tres finales de forma dramática -la más cruel, aquella del US Open de 2020, cuando tenía dos sets de ventaja sobre Dominic Thiem y el partido se le fue de las manos- y a la cuarta no se le escapó.

«El peor momento de mi carrera fue cuando perdí mi última final de Grand Slam. Pero finalmente tengo mi final feliz», comentó Zverev después de recibir la Copa de los Mosqueteros. Esta vez no estaban ni Carlos Alcaraz ni Jannik Sinner, sus dos últimos verdugos, pero la ausencia no le resta mérito. El deporte es así, el tenis es así: cuando otros sufren lesiones o atraviesan días grises, hay que saber aprovechar el hueco.

Durante todo el torneo Zverev se mostró sólido, y en la final no perdió la compostura, que ya fue mucho. Cobolli se agarró a la oportunidad con uñas y dientes, le arrastró hasta el quinto set, y el alemán supo aguantar, hacer lo suyo, resistir. No fue su partido más brillante, ni de lejos, pero fue suficiente.

THOMAS SAMSONAFP

Tras un primer set en el que los nervios paralizaron al italiano, Cobolli destapó sus mejores argumentos: esa derecha detonadora, esa velocidad de movimientos, y devolvió la final a la igualdad. Fue una situación incómoda para Zverev, pero nada comparado con lo que vendría después. Sereno para anotarse el tercero, el tie-break del cuarto set hubiera enloquecido a cualquiera. De tenerlo todo controlado a verse por detrás por culpa de sus propios errores -del 1-3 al 5-3-, entre ellos una doble falta en el momento más inoportuno. Celebró Cobolli. Y Zverev pudo haber pensado entonces que otra vez, que su destino era la derrota, que se le escapaba otro Grand Slam de la peor de las maneras.

Para entonces ya sentía calambres. Sus desplazamientos en la pista se habían vuelto lentos, robóticos, extraños. Cobolli se lanzaba hacia el título como un ciclón y a él le perseguía su maldición. ¿Qué pasó? Que Zverev demostró haber madurado. En el quinto set impuso su regularidad, sus golpes, su carácter, y se llevó el título sin permitir más incertidumbre.

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