En el puerto de Yangshan, frente a Shanghái, un bosque de grúas gigantescas se levanta sobre el mar de China Oriental, moviendo contenedores que se apilan como piezas de un inmenso juego de construcción. Los cargueros parten hacia Europa con baterías, maquinaria y paneles solares. En una terminal cercana, miles de automóviles esperan embarcar rumbo a los puertos europeos. Es el China shock 2.0 que está sufriendo Europa: el choque comercial con el gigante asiático que va mucho más allá de esa ropa barata, la tecnología básica y la mano de obra asequible del comienzo del presente siglo. Aquello fue el shock 1.0. Pero la segunda parte es otra historia totalmente diferente. Es un impacto comercial en el que el país asiático está no sólo compitiendo, sino desplazando a buena parte de la industria tecnológica europea.Una cuestión fundamental de este choque comercial es la sobrecapacidad de China: que el país está inundando Europa con sus productos mientras importa mucho menos de lo que exporta. Por el camino también hay una posible devaluación voluntaria del yuan, subsidios públicos y una crisis en el consumo privado local del gigante asiático. Y la UE está buscando desesperadamente cómo hacer frente a esta complejísima situación que afecta de manera muy directa a Alemania. Al país que clásicamente ha sido su motor económico.
Bruselas ha pasado de la complacencia ante el gigante asiático al estupor por el devastador efecto que sus exportaciones tienen sobre la industria cualificada. Nadie está preparado para el ‘shock 3.0’ chino.
En el puerto de Yangshan, frente a Shanghái, un bosque de grúas gigantescas se levanta sobre el mar de China Oriental, moviendo contenedores que se apilan como piezas de un inmenso juego de construcción. Los cargueros parten hacia Europa con baterías, maquinaria y paneles solares. En una terminal cercana, miles de automóviles esperan embarcar rumbo a los puertos europeos. Es el China shock 2.0 que está sufriendo Europa: el choque comercial con el gigante asiático que va mucho más allá de esa ropa barata, la tecnología básica y la mano de obra asequible del comienzo del presente siglo. Aquello fue el shock 1.0. Pero la segunda parte es otra historia totalmente diferente. Es un impacto comercial en el que el país asiático está no sólo compitiendo, sino desplazando a buena parte de la industria tecnológica europea.
Una cuestión fundamental de este choque comercial es la sobrecapacidad de China: que el país está inundando Europa con sus productos mientras importa mucho menos de lo que exporta. Por el camino también hay una posible devaluación voluntaria del yuan, subsidios públicos y una crisis en el consumo privado local del gigante asiático. Y la UE está buscando desesperadamente cómo hacer frente a esta complejísima situación que afecta de manera muy directa a Alemania. Al país que clásicamente ha sido su motor económico.
«China mantiene el yuan artificialmente por debajo de lo que determinarían los fundamentales de mercado para ganar competitividad en el exterior. Estas son cuestiones que, si los instrumentos de defensa comercial están bien diseñados, se pueden atajar. Pero luego hay otra parte que es inherente al propio mercado chino y que no se deriva de prácticas anticompetitivas: China tiene un mercado de 1.400 millones de habitantes y eso le permite beneficiarse de unas economías de escala que no tenemos en la Unión Europea», explica Judith Arnal, investigadora de Fedea y el Instituto Elcano.
«Y hay algo inherente a la propia estructura económica de China acentuado por su situación de crisis: el consumo privado chino es muy bajo, representa en torno al 40% del PIB, mientras que en Estados Unidos representa casi el 70% del PIB y en la UE, en torno al 55%. Para que se revirtieran estos desequilibrios comerciales, el consumo privado tendría que pasar del 40% a más del 50% del PIB. Pero como en estos momentos hay una crisis inmobiliaria en China que se traduce en una crisis financiera, eso genera que los hogares consuman menos», añade Arnal, que recientemente ha publicado el extenso informe De las importaciones a las fábricas: la UE y España ante el nuevo desafío de China en Fedea.
Porque mientras BYD, MG y otros competidores ganan terreno en Europa, la demanda se enfría en casa. Cui Dongshu, secretario general de la Asociación China de Turismos, acaba de presentar un pronóstico preocupante: las ventas nacionales podrían desplomarse un 22% este año. El exceso de capacidad industrial y la feroz guerra de precios entre fabricantes chinos hacen que vender fuera resulte cada vez más necesario. Precisamente cuando Bruselas levanta nuevas barreras para proteger a sus empresas.
La UE está tratando de hacer frente a esta situación por diferentes vías. Primero, con diálogo, como hizo el comisario de Comercio, Maros Sefcovic, este mismo mes al acudir a China y conseguir un acuerdo que, a primera vista, es positivo. Sorprendentemente positivo: Bruselas impuso un límite a la importación de coches híbridos chinos de 350.000 unidades al año por las 800.000 que llegan actualmente. La cifra irá creciendo un 6% anual y no incluye a los vehículos eléctricos, pero incluso así se ha visto con buenos ojos el pacto alcanzado por la Comisión.
«Estamos lejos del final. Es un paso crucial, pero solo un primer paso en el proceso de reequilibrio», afirmó el responsable del Ejecutivo comunitario, que subrayó el «entendimiento» que alcanzaron Bruselas y Pekín. Pero no pocos en Europa recelan y piensan que el país asiático se ha guardado algo.
Pekín, sin embargo, difundió una interpretación muy diferente: el acuerdo toma como referencia las importaciones de 2025 y contempla incrementos anuales, lo que todavía permitiría a sus fabricantes ampliar las ventas. «Al conseguir un acuerdo que permite que las exportaciones sigan creciendo a partir del volumen real importado por la UE en 2025, China ha asegurado los mayores beneficios exportadores posibles para sus fabricantes», asegura Chen Jingjing, secretaria general de la rama automovilística de la Cámara China de Comercio de Importación y Exportación de Maquinaria.
Zhou Mi, investigador de la Academia China de Comercio Internacional, sostiene que el pacto reconoce una realidad que Europa difícilmente puede ignorar: «Sigue necesitando vehículos importados, especialmente híbridos, y obstaculizar las compras a China complicaría satisfacer esa demanda».
De vuelta a Bruselas, la UE también cuenta con instrumentos de defensa comercial como, por ejemplo, el mecanismo de solidaridad entre Estados miembros que está diseñado para contrarrestar las presiones bilaterales de China sobre sectores de países específicos. El brandy en Francia o el porcino en España, sin ir más lejos. También está la diversificación de proveedores o el mecanismo anticoerción, conocido como el bazooka comercial y que permite a la UE, siempre que se apruebe con mayoría cualificada de los países, tomar represalias económicas contra terceros Estados.
En los círculos económicos chinos, además, preocupa especialmente que Bruselas esté preparando una ofensiva mucho más amplia que la centrada hasta ahora en los vehículos eléctricos. Zhang Mengting, analista de Caixin, uno de los medios económicos más influyentes del país, advierte del riesgo de que Europa extienda sus mecanismos defensivos a industrias enteras e incluso limite de manera más generalizada el acceso de las compañías chinas a su mercado.
Pero en Europa es difícil eliminar la sensación de que todas estas actuaciones apenas sirven para que la UE intente mitigar el shock 2.0. En ningún caso para revertirlo. Falta además un aspecto fundamental: la competitividad y el mercado interior. La fragmentación que suponen los 27 países que forman la UE hace muy, muy difícil competir con China o Estados Unidos en este ámbito. La historia de nunca acabar en la Unión.
Y mientras Bruselas trata de digerir todo esto, a la vuelta de la esquina está ya el shock 3.0: el de la inteligencia artificial. Y ahí no es que Europa tenga que hacer frente a la irrupción de China, sino que está muy por detrás del país asiático. «Debemos renunciar a la batalla por modelos de IA fundacionales, donde estamos muy atrasados respecto a OpenAI o Anthropic, y apostar por modelos de IA sectoriales especializados en sanidad, administración pública y servicios industriales», retoma Arnal.
En el ámbito tecnológico puntero, y por tanto también en aspectos relacionados con la inteligencia artificial, China ha empezado a proteger sus ventajas tecnológicas utilizando herramientas similares a las que Occidente emplea desde hace años para defenderse de ella. A mediados de este mes propuso controles de exportación para 40 tecnologías. Entre los objetivos figuran modelos avanzados de IA, determinadas tecnologías biomédicas y una docena de procesos esenciales para fabricar componentes solares. La lista incluye técnicas para producir obleas de silicio y células fotovoltaicas, una tecnología que promete aumentar considerablemente la eficiencia de los paneles.
El argumento oficial es la seguridad nacional. Pero después de invertir durante décadas en desarrollar capacidades propias, China pretende impedir que parte de sus conocimientos más valiosos terminen alimentando a futuros competidores extranjeros. El mensaje que reciben sus socios comerciales parece bastante claro: Pekín quiere seguir vendiendo paneles solares, pero no necesariamente compartir los conocimientos que permiten fabricarlos.
Para España, convertida en una de las grandes potencias europeas de energía fotovoltaica, esta distinción es importante. Aunque el país ya fabrica más del 60% de los componentes de la cadena de valor solar, según el Ministerio para la Transición Ecológica, continúa dependiendo de proveedores extranjeros en determinados eslabones industriales. Si Pekín restringe todavía más la transferencia de los procedimientos necesarios para producir obleas o células solares, los proyectos españoles que necesiten esas tecnologías podrían enfrentar mayores costes, retrasos y dificultades para acceder a maquinaria y conocimientos especializados.
La maniobra llega después de que el Gobierno británico rechazara el uso de sus turbinas en proyectos eólicos marinos por motivos de seguridad nacional. España aparece de nuevo en esta disputa. En mayo, Reuters reveló que Ming Yang estudiaba instalar una fábrica en territorio español después del revés británico. El caso ilustra la nueva estrategia de internacionalización de las multinacionales chinas. Ahora necesitan producir cerca de sus compradores, contratar personal local y convencer a los reguladores de que sus operaciones no representan una extensión de los intereses estratégicos de Pekín.
Actualidad Económica. Noticias de Economía Nacional e Internacional







