El hombre de la izquierda, el que está de cuclillas, se llama José Ramón, tiene 59 años y, aunque pudiera pensarse que ha salido totalmente ileso del accidente, tiene tres costillas rotas. El hombre de la derecha, el que está tumbado sobre los restos del vagón 7 del AVE con el rostro ensangrentado y los brazos cruzados, se llama Mario y está a punto de cumplir 31 años.
José Ramón y Mario, dos personas con una fe inquebrantable, unidas en el peor de los escenarios por una llamada: «Dile a Maite que estoy vivo, que la quiero»
El hombre de la izquierda, el que está de cuclillas, se llama José Ramón, tiene 59 años y, aunque pudiera pensarse que ha salido totalmente ileso del accidente, tiene tres costillas rotas. El hombre de la derecha, el que está tumbado sobre los restos del vagón 7 del AVE con el rostro ensangrentado y los brazos cruzados, se llama Mario y está a punto de cumplir 31 años.
Mario está hablando al teléfono que le sujeta José Ramón. Le ha pedido primero que marque el número de su esposa, Maite. Quiere contarle que ha tenido un accidente pero que ha sobrevivido. Quiere decirle que la quiere, a ella y a los tres hijos que tienen. Como Maite no ha descolgado, le ha pedido a José Ramón que llame a otro familiar cuyo número también se sabe de memoria y le está diciendo que le traslade el mensaje a su esposa. El fotograma forma parte de un durísimo vídeo en el que hemos ocultado las indescriptibles escenas que rodean a los dos hombres. Hacemos llegar la secuencia a Mario y Maite para que nos autoricen su publicación en nuestra web y ellos -muy conmovidos tras visualizarlo, nos dicen- así lo hacen.
Las imágenes representan como ninguna otra la dimensión del accidente ferroviario de Urda (Toledo): 69 muertos al cierre de esas líneas. Lo recogen todo: la magnitud de la tragedia, la solidaridad del herido leve que va calmando y ofreciendo su teléfono a los más graves, el amor abriéndose camino entre el dolor y la increíble calma con la que se desenvuelven los protagonistas en medio del más absoluto desastre. «Sólo quería volver a decirle que le quería», dirá dos días después Maite.
A las 08:53 del miércoles 28 de octubre, José Ramón va sentado en el vagón 1 del AVE. Viaja de Madrid a Sevilla por motivos de trabajo. Su tren está a punto de embestir por detrás a otro de Iryo que realiza el mismo trayecto y que se encuentra detenido en el kilómetro 118 del trazado, en el término del municipio toledano de Los Yébenes pero más cerca de Urda. Él va a tener la fortuna de que los vagones están dispuestos en sentido contrario a la marcha -el número 1 al final-, por lo que se encuentra en el más alejado del punto del impacto.
Ocupa uno de esos asientos que tienen mesa en medio, el 13A, cree pero no está seguro. «Nos estaban sirviendo el desayuno; justo me acababan de poner zumo de naranja. Noté un frenazo e inmediatamente el golpe. En ese momento el tiempo se detiene y todo pasa a cámara lenta», comienza a trasladarnos en conversación telefónica sus recuerdos. «Me di un golpe con la mesa que tenía delante. Entiendo que fue así como me rompí las costillas, pero la mesa también debió de salvarme de golpearme con las paredes. Cuando el tren se paró, estaba en el suelo. Me levanté, me miré y vi que estaba entero. La persona que estaba enfrente fue a coger un teléfono y dio la casualidad de que era el mío. Aproveché para llamar a mi mujer: ‘Ha habido un accidente, estoy bien, voy a ver a otras personas, luego te llamo’. Al lado había una chica que estaba embarazada. Yo no lo sabía, pero ella me lo dijo. También se había golpeado con la mesa. Traté de calmarla en lo que pude y estuve un rato con ella hasta que vino alguien de Renfe y me fui. Rompieron el cristal y salimos del vagón. El vagón quedó ladeado. Salimos del lado que estaba más bajo porque parecía más fácil. Era complicado salir porque el terraplén tenía pendiente y no era tierra firme. Una vez fuera, había allí unos operarios -creo que eran de la propia finca de almendros que había al lado, que estaban allí trabajando en ese momento- que tenían tenacillas y fueron cortando la valla. Eso nos permitió salir y alejarnos de los trenes. Yo me dirigía a una visita de obra a Sevilla y en el tren iba otra persona por parte del cliente. Ella viajaba en el vagón 8 [el primero que impactó con el Iryo]. La llamé pero no me dio señal. Llamé después a mi hija, que nos tenía que esperar en Sevilla, porque mi hija trabaja conmigo. Me preocupaba que de camino oyera las noticias en el coche. Lo mejor era decírselo de entrada: ‘Ha habido un accidente, estoy bien, sigue para Sevilla como si no hubiera pasado nada’. Al ayudar a la chica que iba a mi lado había visto los vagones del Iryo tumbados, con lo cual sabía que nos habíamos dado con otro tren. Se veía que los vagones del fondo estaban mal, pero no sabía qué me iba a encontrar cuando me acerqué a ayudar en lo que pudiera. Contando con que no tengo nada de conocimientos de primeros auxilios, lo único que podía dar es consuelo, rezar por ellos si no tenían inconveniente para que tuvieran serenidad y estuvieran tranquilos. Antes que con Mario, estuve con una chica que se llamaba Lía, que estaba tumbada boca abajo. No nos atrevimos a moverla.Milagrosamente alguien llevaba una manta de estas que se ven en los accidentes, de aluminio -es increíble que la llevara en la mochila-, y se la pusimos por encima. Se la llevaron en una ambulancia; espero que esté bien. Luego estuve con una mujer que no sé cómo se llama. Nos encontramos más tarde en el polideportivo de Urda [allí trasladaron a los heridos leves] y nos dimos un abrazo. Cerca había un chaval que se llamaba Carlos. Su pareja estaba a sus pies. Ella había fallecido. Él me decía: ‘Mira a ver cómo esta’. No era consciente. Estuve hablando con él un rato. ‘¿Quieres que llamemos a alguien?’ Fuimos a llamar a alguien y dijo ‘no, espera’. Y llamamos a un instituto, porque él era profesor. Habló con alguien de allí. Estuve un rato con él intentando explicarle que su compañera había fallecido. Le hice la señal de la cruz. Por los fallecidos poco más podía hacer: ‘Señor, acógelos en su seno y perdónales’. Luego me fui hasta las entrañas del vagón. Afortunadamente había un médico, que creo que viajaba en mi vagón o en el vagón número dos. ‘Este está más grave, vamos a ponerlo en esta zona; este allí’. Fuimos haciendo una cadena humana para ir sacando gente utilizando los trozos del tren como camilla. Ya después comenzaron a llegar las primeras ambulancias, los médicos, y ya estaba sobrando allí».
-¿Qué recuerda de la llamada que hizo Mario?
-Lo más hermoso que recuerdo, que hizo que a mí se me saltasen las lágrimas, es que dijo: «El Señor me ha enviado un ángel y se llama José Ramón». Y para mí eso fue… Fue un signo del Señor, un regalo que él me hizo de confortarme a mí.
En el fragmento de la conversación telefónica que Mario mantiene con un familiar -José Ramón cree que hablaba con su madre; el hermano de Mario, Luis, que con su suegra- se escucha lo siguiente.
-Tengo la pierna derecha rota, estoy consciente. No sé desde hace cuánto estoy consciente. Simplemente no sé dónde estoy, ¿vale? O sea, sé que estoy dirección a Sevilla, pero no sé en qué punto hemos tenido el accidente porque me he quedado dormido.
-Entre Toledo y Ciudad Real -le apunta José Ramón.
-En Yébenes, en Los Yébenes estás -concreta Antonio, vecino de Urda, quien ha sido uno de los primeros en acudir al lugar del accidente.
-Simplemente para que le digas a Maite que estoy vivo, que la quiero, que quiero a los niños. El Señor es bueno, ¿vale? El Señor es bueno. [José Ramón asiente varias veces; Mario se emociona y deja de hablar un par de segundos]. Creo que estamos en Los Yébenes.
-Pero estamos en medio de… O sea, no hay carretera cerca -dice José Ramón.
-Ha llegado la Guardia Civil, hay un helicóptero, etc. Acabo de coincidir con alguien que tiene un teléfono y lo primero que he hecho es llamaros. La pierna derecha la tengo rota, seguro, no sé cómo. Estoy vivo, tengo alguna brecha, siento las piernas, la espalda, todo está bien. Nada, nada, esperar. Simplemente mira a ver de qué manera puedes ayudar para darle la noticia de la mejor manera a Maite. Tranquila. Llama a Juanjo, o mira si llamando a Juanjo…Llama a Esther. No, a Esther no, que está embarazada. Quiero mucho a Maite, a los niños, os quiero mucho a todos. Si puedes avisar a mis padres también, por favor: ‘Mario estaba en el tren del accidente, no os preocupéis, está vivo‘. No sé la pierna derecha cómo va a quedar, pero hay aquí un señor, no sé cómo se llama. ¿Cómo se llama?
-José Ramón.
-José Ramón es un ángel que ha enviado el Señor.
Finaliza la llamada y Mario da las gracias repetidamente. «Ahora llega la ayuda», le dice José Ramón.
-Coincidió que ambos tienen fuertes convicciones religiosas, -comentamos a José Ramón.
-Sí. Tengo mucha fe. El Señor me sostuvo en el momento del accidente y me ha sostenido hasta ahora. Tengo el firme convencimiento de que en medio de la mayor de las tragedias Dios abre camino.
José Ramón dejó a Mario tranquilo y continuó reconfortando a otros heridos. No supo que sería trasladado al Hospital de Toledo y allí operado de la fractura en la pierna derecha.
Dos días después del accidente, el viernes, era trasladado a Madrid. Junto a su esposa Maite trasladaría los medios de comunicación unas palabras sobre las horas de angustia que vivieron. «No nos despedimos como yo habría querido», dice Maite. «Solo pensaba que podía estar muerto, que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería y que mis hijos podían crecer sin su padre», pensó al saber del accidente. Horas después, pudo reencontrarse con él en el hospital. «Cuando me vio, abrió los ojos y exclamó: ‘¡Mi mujer!’. Le abracé y entonces, solo entonces, respiré».
Noticias de España
