“¿Ves toda esa basura? La lanzan todos los días los colonos”, cuenta Islam Fajuri, un palestino de 38 años, en una casa de la ciudad vieja de Hebrón (en el sur de la Cisjordania ocupada por Israel). Alza la vista y señala un montón de latas, bolsas de basura y de plástico atrapadas entre las rejas del techo de un patio por el que sobresalen alambres. “Los colonos han ocupado el edificio de al lado, que antes era un hostal. Ahora viven pegados a la casa de esta familia palestina a la que han amenazado y apaleado varias veces”, prosigue Fajuri, residente también en el vacío y asediado casco antiguo y amigo de los miembros de este hogar. Ellos piden no ser identificados, por miedo a sufrir nuevas agresiones a manos de los colonos.
El Gobierno de Netanyahu impulsa la expansión de los asentamientos de colonos en la emblemática urbe de Cisjordania tras romper los acuerdos que en 1997 repartieron el control del territorio
“¿Ves toda esa basura? La lanzan todos los días los colonos”, cuenta Islam Fajuri, un palestino de 38 años, en una casa de la ciudad vieja de Hebrón (en el sur de la Cisjordania ocupada por Israel). Alza la vista y señala un montón de latas, bolsas de basura y de plástico atrapadas entre las rejas del techo de un patio por el que sobresalen alambres. “Los colonos han ocupado el edificio de al lado, que antes era un hostal. Ahora viven pegados a la casa de esta familia palestina a la que han amenazado y apaleado varias veces”, prosigue Fajuri, residente también en el vacío y asediado casco antiguo y amigo de los miembros de este hogar. Ellos piden no ser identificados, por miedo a sufrir nuevas agresiones a manos de los colonos.
“Pero donde realmente se ven los principales asentamientos de los judíos es en la azotea de esta casa. Subamos”, propone. Una vez arriba, las vistas son a lo que se conoce como la zona H2 de Hebrón, en la que, según datos del censo de la Autoridad Nacional Palestina, viven entre 700 y 850 colonos protegidos por miles de soldados israelíes. Sus casas con jardines, sus coches familiares y las banderas israelíes desplegadas por todas partes se ven desde las alturas. A pocos metros, en dirección contraria, se puede avistar en otra azotea a un par de soldados israelíes con fusiles en tareas de vigilancia.
Es la imagen de la ocupación israelí que lleva décadas sufriendo esta ciudad palestina, obsesión del nacionalismo judío que la reclama como suya por la presencia de lo que el judaísmo ha bautizado como Tumba de los Patriarcas y que para el islam es la Mezquita de Ibrahim. Una ocupación que los ministros más radicales del Gobierno de Benjamín Netanyahu, entre ellos el de Finanzas, Bezalel Smotrich, han acelerado ahora con un último movimiento que llega cuando la legislatura está tocando a su fin: la suspensión de los conocidos como Acuerdos de Hebrón de 1997.
Firmados, por cierto, por el propio Netanyahu —que en aquel momento también era primer ministro israelí, como ahora— y el entonces líder palestino, Yaser Arafat, en el marco de los Acuerdos de Oslo, con ellos se pactó que Israel tenía que retirar a sus tropas del 80% de la ciudad de Hebrón para que la policía de la Autoridad Palestina asumiera su control. Se creaba allí la zona H1 de la urbe, donde habitan unos 210.000 palestinos, según la Oficina de Estadísticas de la Autoridad Palestina.
El 20% restante del territorio, en el que viven cerca de 50.000 palestinos y que incluye la Mezquita de Ibrahim, quedaba bajo control del ejército israelí, aunque con ciertas competencias (como las urbanísticas) en manos palestinas: esa es la zona H2 que se veía desde la azotea de la casa de los amigos de Fajuri.

En realidad, Israel no llegó nunca a respetar ese acuerdo, y a la ciudad han ido llegando cada vez más familias de colonos radicales. Se los puede ver en la zona del casco antiguo —al que los palestinos no tienen acceso muchos sábados durante el sabbat—, paseando escoltados por soldados israelíes. Mientras, sí se aplican las restricciones a los palestinos para acceder a la Mezquita de Ibrahim, ya que quedó en manos de Israel. Solo se puede llegar a ella tras cruzar un puesto de control.
El pasado 16 de junio, el ministro Smotrich —que reside él mismo como colono en Cisjordania, en abierta violación del derecho internacional— escribió en la red social X: “Cancelé el acuerdo de Hebrón. La importancia de esta decisión radica en que muchas potestades en Hebrón y los lugares santos, incluyendo la roca de nuestra existencia, la Tumba de los Patriarcas, ya no están en manos del municipio terrorista de Hebrón, sino que vuelven a ser responsabilidad exclusiva del Estado de Israel”.
Para el activista palestino Issa Amro, de 48 años, que lleva toda su vida luchando y documentando la ocupación de su ciudad natal, lo más preocupante es que la ruptura de los acuerdos de 1997 supone que el Ayuntamiento de Hebrón, en manos ahora de la Autoridad Palestina, ya no tendrá competencias sobre la construcción y la planificación urbanística de la zona H2.
Vivir con miedo
“Al final, esto significa que se anexionan nuestra tierra sin nosotros. Cuando Smotrich habla de cancelar los acuerdos está hablando de la zona H2, donde el acuerdo estipuló que la Autoridad Palestina mantenía competencias de construcción y planificación. La vida ya es muy complicada para los palestinos que vivimos en esa zona. Yo tengo que pasar, a veces, hasta tres controles de seguridad para llegar a mi casa. Y si antes ya sufría constantes cortes de electricidad, además de que Smotrich redujo un 40% nuestro acceso al agua, ahora ¿quién nos va a dar servicios si Al ayuntamiento de Hebrón se le restringe esa área?”, lamenta.
Amro advierte de que las consecuencias de ese movimiento liderado por Smotrich —que el Gabinete de Netanyahu aprobó hace unos meses y anunció oficialmente hace unas semanas— ya se están notando: “La semana pasada ya anunció la creación de un nuevo asentamiento en la ciudad vieja. Cada vez están trayendo a más colonos. Les da igual destrozar la historia de nuestro casco urbano, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Ahora, incluso quieren construir edificios dormitorio para los más de 200 judíos que estudian en la yeshivá [centro de estudios religiosos del judaísmo]”.
Él se convirtió en activista cuando Israel cerró la Universidad de Hebrón, en la que estudiaba de joven, y reconoce que tras los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023 —en los que la milicia mató a 1.200 personas en territorio israelí— las agresiones por parte de colonos y soldados se han disparado.
“Hay más colonos armados y más agresiones. Yo desde 2023 he puesto más verjas y muros en mi casa. Miro todo el rato por la ventana porque tengo a los colonos viviendo a pocos metros de mí. De alguna manera, hemos asumido que nos pueden matar en cualquier momento con total impunidad”, agrega.
Redadas constantes
La entrevista tiene lugar en una cafetería del sector de la zona H1 más alejado del casco antiguo, pero igualmente castigado por el ejército israelí. “Todos los días hay redadas del ejército israelí. Entran, irrumpen en casas y arrestan a palestinos. Es lo que el ejército llama código 0/0: cuando llama a la policía palestina y le pide que despeje toda la ciudad para poder entrar sin restricciones”, detalla.
Mientras Amro habla, se acerca un vecino, Mohamed (nombre ficticio para proteger su identidad), de 35 años, a saludarle. “Yo no estoy sorprendido de que se hayan cancelado los acuerdos. Era lo previsible. Son los frutos de lo que se plantó en el pasado. Y ahora hará que el control de Israel sobre la ciudad sea mayor en muchos niveles: en permisos, en construcción… Israel siempre ha tratado a los palestinos como residentes temporales y en esta ciudad se siente más que nunca”, critica.
Mohamed sobrevive con un sueldo de 1.400 séqueles (400 euros) de su trabajo en un bar. “Trabajé muchos años en un bar en Tel Aviv, pero Israel nos ha quitado los permisos de trabajo a los palestinos de Cisjordania desde octubre de 2023. Y ya no puedo ir allí, a no ser que me arriesgue a saltar el muro de forma ilegal. Y no quiero que me maten ni entrar ilegal”, dice.
Tiene claro, además, que no quiere irse de su tierra a pesar de la tristeza que le inunda. “Se puede ver en nuestras caras que hay un alto nivel de depresión. Te levantas cada día y te preguntas: ¿qué puedo hacer hoy? Yo hablo hebreo y escucho a los israelíes decir todo el rato: ‘Esta ciudad volverá a estar en manos de los judíos”.
Lo que ocurre en Hebrón es el reflejo de los planes coloniales que tiene entre manos el Ejecutivo israelí para el resto de una Cisjordania a la que ha ido arrebatando territorio. A inicios de abril, el Gobierno de Netanyahu aprobó en secreto establecer 34 nuevos asentamientos de norte a sur en ese territorio palestino ocupado, según denunció un informe de la ONG Paz Ahora y recogieron varios medios israelíes.
“Todos los gobiernos israelíes han defendido nuestro derecho fundamental a vivir en Judea y Samaria, la cuna histórica del pueblo judío”, lanzó hace unas semanas el ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, en un encuentro con la comisaria europea del Mediterráneo, Dubravka Suic.
Y eso es precisamente lo que denuncia el activista Amro: “No va de un Gobierno en concreto, va del sistema israelí. Nadie lleva en su agenda política la paz con Palestina”.
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