En los pasillos de la memoria colectiva latinoamericana, Macondo siempre ha sido una postal de mariposas amarillas y estirpes condenadas a la soledad. Sin embargo, para la directora Laura Mora, el reto de llevar la segunda temporada de Cien años de soledad a la pantalla no consistía en capturar la magia, sino en encontrar la herida. Tras dirigir tres episodios en la primera entrega, la realizadora de 45 años y oriunda de Medellín (Colombia) asume un rol central en el desenlace de la serie, ya disponible en Netflix, dirigiendo cinco de los ocho capítulos que marcan el tránsito de la utopía hacia la crudeza del siglo XX.
La producción de Netflix, a cargo de la directora colombiana, concluye con una segunda temporada de ocho episodios la ambiciosa serie de la obra cumbre de Gabriel García Márquez
En los pasillos de la memoria colectiva latinoamericana, Macondo siempre ha sido una postal de mariposas amarillas y estirpes condenadas a la soledad. Sin embargo, para la directora Laura Mora, el reto de llevar la segunda temporada de Cien años de soledad a la pantalla no consistía en capturar la magia, sino en encontrar la herida. Tras dirigir tres episodios en la primera entrega, la realizadora de 45 años y oriunda de Medellín (Colombia) asume un rol central en el desenlace de la serie, ya disponible en Netflix, dirigiendo cinco de los ocho capítulos que marcan el tránsito de la utopía hacia la crudeza del siglo XX.
En esta nueva etapa, el Macondo del Génesis se desvanece para dar paso a un pueblo que se agrieta bajo el peso del capitalismo, la guerra y la violencia política. Para Mora, la obra de Gabriel García Márquez no es un objeto estático, sino un organismo vivo que cambia a medida que quien lo lee acumula “vida y heridas”. “Entendí que me faltaba mundo para entender la magnitud de la obra, la potencia de su forma estética y su profundidad”, explica la directora por videollamada al recordar su primer encuentro con el libro en el colegio, una experiencia que dista mucho de la actual inmersión académica y vital que ha requerido la serie.
La segunda parte de la serie vuelve dos años después del estreno. Tras la firma del Tratado de Neerlandia, la paz no llega a Macondo. El cierre de la adaptación televisiva de la obra cumbre de Gabo abarca la decadencia del pueblo, la llegada de nuevos forasteros y la profundización de la maldición de la familia Buendía.
Si la primera temporada se centraba en la fundación de la familia Buendía, la segunda convierte a Macondo en el protagonista absoluto. Es un pueblo que se abre al mundo, pero esa apertura llega cargada de las promesas incumplidas del progreso. “La promesa del capitalismo siempre llega con mucha violencia, con desigualdad, con basura”, explica Mora. Esta visión ha llevado al equipo de producción a diseñar una estética que huye de la “belleza de la postal” para anclarse en la idea de la ruina.

El lenguaje audiovisual se vuelve más ambicioso en estos capítulos finales. Cada episodio ha sido concebido como una película en sí misma, con capas de lectura donde el sonido y el ritmo de la cámara acompañan la complejidad de una comunidad que se encamina hacia su desaparición. No se trata solo de narrar la historia de una familia, sino de retratar cómo un entorno es arrasado por las fuerzas externas y las propias incapacidades humanas, explica Mora.
Uno de los puntos más provocadores de la propuesta de la también directora de Los reyes del mundo (2022) es su distanciamiento del concepto tradicional de “realismo mágico”. Esta etiqueta, explica, acuñada por académicos norteamericanos que no supieron dónde encajar la singularidad de la obra, corre el riesgo de “infantilizar” el relato al anclarlo puramente en lo fantástico.
En su lugar, Mora prefiere lo “real maravilloso”, concepto acuñado por el escritor cubano Alejo Carpentier, cuya idea parte de quela propia realidad americana ya es insólita y mágica por sí misma. Mientras que lo fantástico puede parecer un artificio, lo “real maravilloso” es una “potencia natural”, como una ceiba que es a la vez un árbol real y un milagro poético. Bajo esta premisa, la serie busca invocar la belleza y la poesía en medio de la tragedia, sin despojar a la obra de su profundo carácter político.
“Macondo es un espejo de nuestra propia incapacidad de no repetir la tragedia”, afirma Mora. Al devolverle el peso político a la narrativa, la serie interpela directamente a la audiencia contemporánea sobre la memoria y las heridas abiertas de Colombia y el continente. “Es algo más supremamente trágico y no solo anclado a algo en particular que ocurre en Macondo y que también le ocurre a Colombia, sino en esta incapacidad de los seres humanos de ser compasivos los unos con los otros, de revisar su historia y de tener un respeto entre nosotros, hacia la naturaleza y cómo finalmente la naturaleza va a cobrar esa venganza”, agrega.
El esfuerzo por humanizar la tragedia se manifiesta en la forma en que se presentan los iconos más célebres de la novela. Mora pone como ejemplo las emblemáticas mariposas amarillas. “Tendemos a recordarlas mucho, pero olvidamos quién las portaba”, señala. En esta versión, Mauricio Babilonia, el personaje que carga con esa imagen poética, deja de ser un símbolo etéreo para convertirse en un hombre de carne y hueso: un trabajador explotado por una compañía multinacional, cuyo amor por una mujer de la clase social equivocada desencadena una tragedia personal y social.
Ponerle rostro al mito es, quizás, el acto más subversivo de esta adaptación. Al dotar a los personajes de un peso humano real, la serie busca que el espectador no solo se maraville ante lo insólito, sino que sienta el dolor de la explotación y la pérdida.
La segunda temporada de Cien años de soledad se presenta así no solo como un evento televisivo, sino como un ejercicio de memoria histórica y estética. A través de la mirada de Mora, Macondo deja de ser el lugar de los milagros para convertirse en el escenario donde se libra la batalla por la dignidad humana frente a la voracidad del tiempo y el capital. Es, en última instancia, una invitación a volver al libro y a la realidad con ojos nuevos, buscando en la poesía de Gabo las claves para entender nuestras propias oscuridades.
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