Un poeta: La tristeza como argumento, la carcajada como excusa (*****)

Todo decir es un maldecir. La frase es de Beckett y se escucha en Rumbo a peor, donde también retumba esa otra sentencia tan repetida y malinterpretada que dice «Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor». Todas las palabras, en el credo del poeta, son demasiadas y, a la vez, insuficientes. Y en ese ejercicio de reconocer la imposibilidad de casi todo a la vez que se afirma su más íntima necesidad («No puedo seguir. Seguiré», que insiste el irlandés), se dirime el ejercicio contradictorio y completamente inútil de crear (o, apurando, vivir) como única justificación posible de la creación misma (o de la vida, ya que estamos).

 El colombiano Simón Mesa Soto completa la película más anómala, tierna, bella, divertida y trágica en mucho tiempo  

Todo decir es un maldecir. La frase es de Beckett y se escucha en Rumbo a peor, donde también retumba esa otra sentencia tan repetida y malinterpretada que dice «Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor». Todas las palabras, en el credo del poeta, son demasiadas y, a la vez, insuficientes. Y en ese ejercicio de reconocer la imposibilidad de casi todo a la vez que se afirma su más íntima necesidad («No puedo seguir. Seguiré», que insiste el irlandés), se dirime el ejercicio contradictorio y completamente inútil de crear (o, apurando, vivir) como única justificación posible de la creación misma (o de la vida, ya que estamos).

Un poeta, la película del colombiano Simón Mesa, es beckettiana por desesperada y también lo es por ridícula; lo es por trágica y por antofagástica (sea esto último lo que sea); lo es por bella y por terriblemente fea; lo es por excesiva y por claramente insuficiente. Pocas cintas ha dado el cine reciente tan apabullantemente absurdas y tan plenas de sentido; tan tristes en su naturaleza más profunda y tan divertidas sin coartadas. Beckettiana, decíamos, probablemente a su pesar. Es más, se diría que, a un lado el argumento que viene resumido un poco más abajo, su única trama y justificación es la tristeza y la carcajada la última excusa para mantenerse en pie. Con Un poeta, en efecto, uno se siente morir… de risa. Y no es metáfora.

Se cuenta la historia de un tal Óscar Restrepo al que da vida con una precisión fracturada, renqueante y muy honda el actor desde ya inolvidable Ubeimar Ríos. Es poeta, decíamos. El motivo no queda claro, pero lo más sensato es pensar que es poeta porque no queda más remedio. A Restrepo las cosas no le van bien. Hace ya años que no publica nada, que no interesa a nadie y cuyo objetivo en la vida es ninguno. Fracasar no es una de sus opciones, es su destino. Por supuesto, y como su admirado Bukowski, bebe. Pero no un poco, bebe mucho. Tanto como para que se le pueda considerar «borrachito», como dice su madre, o, casi mejor, alcohólico. Sin remedio. Vive con su progenitora enferma, y su hija, a la que no ve desde hace demasiado, le despreciaría si se tomara el trabajo de pensar en él. No hay peligro. No sucede.

Y así hasta que un día, entre borrachera y borrachera («Qué linda que está la luna/ Redonda como una fruta/ Y si se llega a caer/ Que luna tan hijaeputa», se escucha en un momento de euforia), le llegue la oportunidad de un trabajo en un colegio como profesor. Allí, poco después de la resaca, conocerá a Yurlady (Rebeca Andrade), una alumna con todo aquello que él no parece tener: talento. Desde aquí, la película se esfuerza en narrar un viaje desesperado hacia todos y cada uno de los fracasos —a todos ellos sin excepción— que nos habitan. Que no son pocos.

Simón Mesa se las arregla para componer una película que esencialmente es un poema, un poema sobre un poeta abandonado por la gracia de la misma poesía. Y lo hace desde la ternura, que también tiene mucho de crueldad, del mejor Buñuel, del Buñuel de Nazarín, del Buñuel que le hace decir al nano Ujo aquello de «Tú fea, tú pública, pero te estimo…». Cada secuencia es planteada desde el asombro de lo inaudito, pero con el cariño, la precisión y el gesto cálido de lo perfectamente reconocible. Y siempre desde la evidencia de una derrota amplia e irrenunciable. No puedo seguir, seguiré, que diría el otro poeta. La poesía, decía el poeta, es un asunto mayor. Los poetas no tanto. Sin duda, la más anómala, tierna, bella, divertida y trágica de todas las películas anómalas, tiernas, bellas, divertidas y trágicas.

Director: Simón Mesa Soto. Intérpretes: Ubeimar Ríos, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona. Nacionalidad: Colombia. Duración: 120 minutos.

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