En el Despacho Oval, bajo la luz de los focos de televisión, Mark Rutte se planta frente a tres paneles con gráficos montados sobre caballetes. Uno proclama, en letras doradas y mayúsculas: “The Trump Trillion” (El billón del Trump). Con el gesto de un maestro de escuela, el secretario general de la OTAN explica a cámara y, sobre todo, a Donald Trump, sentado a su lado, cómo su presión, la presión de Estados Unidos, ha empujado a los europeos y a Canadá a gastar esa cifra récord desde que el magnate inmobiliario transformado en presidente de la primera economía del mundo llegó a la Casa Blanca por primera vez. Trump, que minutos antes había recitado un amargo rosario de críticas contra los aliados que, dijo, le fallaron al no acompañarle en su guerra contra Irán, escucha ahora complacido, casi ronroneando. Rutte aprovecha y remarca entre lisonjas: “En términos generales, sus aliados europeos han estado con usted”.
El secretario general de la OTAN llega a la cumbre de Ankara para demostrar que su política de seducción del presidente de EE UU no es sumisión, sino el precio de la transformación de la Alianza
En el Despacho Oval, bajo la luz de los focos de televisión, Mark Rutte se planta frente a tres paneles con gráficos montados sobre caballetes. Uno proclama, en letras doradas y mayúsculas: “The Trump Trillion” (El billón del Trump). Con el gesto de un maestro de escuela, el secretario general de la OTAN explica a cámara y, sobre todo, a Donald Trump, sentado a su lado, cómo su presión, la presión de Estados Unidos, ha empujado a los europeos y a Canadá a gastar esa cifra récord desde que el magnate inmobiliario transformado en presidente de la primera economía del mundo llegó a la Casa Blanca por primera vez. Trump, que minutos antes había recitado un amargo rosario de críticas contra los aliados que, dijo, le fallaron al no acompañarle en su guerra contra Irán, escucha ahora complacido, casi ronroneando. Rutte aprovecha y remarca entre lisonjas: “En términos generales, sus aliados europeos han estado con usted”.
Entre halagos desliza esa pequeña corrección, que no suena como tal, al presidente de EE UU, el país hasta ahora líder de la organización militar transatlántica que reúne a 32 países (entre ellos, España). A Rutte le sale natural. Al fin y al cabo, las lisonjas a Trump y la ancha y confiada sonrisa dominan toda la conversación. Es el estilo del neerlandés, la marca personal que sostiene toda su carrera, pero con el que ahora se dispone a jugar su versión más arriesgada con el destino de la seguridad europea sobre la mesa.
“La principal misión de Rutte es mantener dentro de la Alianza a Donald Trump y evitar que la volatilidad del estadounidense provoque el colapso de la organización”, asevera un diplomático europeo que habla bajo condición de anonimato para poder hacerlo con libertad.

La escena del Despacho Oval, del pasado 24 de junio, se ha repetido con variaciones en la coreografía varias veces en los últimos meses, cuando el secretario general de la OTAN ha acudido a EE UU para ver a Trump y hacer control de daños. La última, de cara a la cumbre del 7 y 8 de julio en Ankara (Turquía), una reunión en la que todas las miradas estarán puestas en el presidente estadounidense y en la que la mayoría teme que lance, cara a cara a los aliados, otro rosario de críticas. Lo que está sobre la mesa es el vínculo transatlántico y la cita en Turquía servirá de termómetro de esa relación después de los anuncios de Washington de que replegará algunas de sus fuerzas y reducirá su compromiso con la seguridad de Europa.
También será una prueba para Rutte, de si ese trabajo que algunos han definido como el de “adulador en jefe” es diplomacia o solo una forma de sumisión. En la sede acristalada de la OTAN en Bruselas, que costó unos 1.300 millones de dólares [unos 1.136 millones de euros] y cuyas alas se entrelazan como dedos en señal de la unidad de los aliados, una fuente destaca que el neerlandés ha estado dispuesto a aceptar cierto grado de humillación con tal de mantener de su lado a Trump y que EE UU siga proporcionando apoyo de inteligencia y armas (que ahora pagan por completo los aliados europeos) a Ucrania para luchar contra el invasor ruso, que lanzó la guerra a gran escala hace más de cuatro años.
Rutte, de 59 años, soltero y casi adicto al trabajo, como describe un colaborador de su época en la política nacional, fue primer ministro de Países Bajos durante casi 14 años. Y lo logró al frente de cuatro coaliciones de Gobierno enormemente dispares ―desde la izquierda verde hasta la extrema derecha de Geert Wilders—. Sobrevivió gracias a su estilo flexible y acerado y a un toque de psicología que le ayudó a entender qué necesita (tanto política como emocionalmente) su interlocutor. Una fórmula que le valió el mote de “míster teflón” o incluso “míster silicona” y que ahora trata de adaptar a la OTAN.

El neerlandés, de estilo campechano y cercano, parece haber comprendido que Trump no soporta la crítica abierta en público, que tiene un margen de atención escaso porque se aburre rápido de la mayoría de los temas y que tiene un gran ego que gusta de nutrir con halagos. El año pasado, en la cumbre de La Haya, la primera de ambos en esta nueva vida, Rutte se refirió al presidente estadounidense como el “papá” de la Alianza que a veces debe “usar un lenguaje fuerte” para empujar a los aliados a actuar y gastar más. Lo que probablemente no esperaba el secretario general de la OTAN es que el líder estadounidense publicaría esos mensajes privados, cuajados de mayúsculas aleatorias, como las que suele lanzar Trump en las redes sociales, para que el mundo las viera.
“¿Trump? Sí, me gusta el tipo”, reconoció Rutte sin problema a finales del año pasado en una entrevista con EL PAÍS. “Nos conocemos bien el uno al otro de mis tiempos como primer ministro cuando él fue el presidente número 45. Creo que él está haciendo exactamente lo que nosotros necesitamos que haga”, añadió.
Dentro de la OTAN apenas se habla de política, confiesan varios diplomáticos. No se tocan los últimos exabruptos de Trump —como el del jueves, cuando volvió a clamar que EE UU gasta demasiado en la Alianza—, ni si quiera se habla abiertamente de Groenlandia y del apetito expansionista de Washington para tomar la enorme isla autónoma perteneciente a Dinamarca. Hasta ahora, en la organización ha sido muy mayoritario el respaldo a Rutte, un gran comunicador que ha cambiado un poco el estilo más serio y mucho más encorsetado (pero también, menos arriesgado) de su antecesor, el noruego Jens Stoltenberg. Sin embargo, el respaldo público a la guerra de Trump y del israelí Benjamín Netanyahu contra Irán, sin consulta previa a los aliados, ha provocado algunas críticas. También, internas.
“¿Cuánto tiempo más permitirán los líderes europeos que Mark Rutte actúe sin reaccionar? Su lealtad a Donald Trump está convirtiendo a la OTAN en una pobre imitación del Pacto de Varsovia”, ha dicho la eurodiputada liberal francesa Nathalie Loiseau, que ha calificado la deriva del holandés como “inaceptable”. Hace un par de semanas, el ministro de Defensa italiano salió a desmentir públicamente una afirmación de Rutte sobre el supuesto despegue de cientos de aviones estadounidenses desde bases italianas durante la guerra contra Irán, insistiendo en que Roma solo había autorizado vuelos técnicos y logísticos. “Esta estrategia de adulación carece de dignidad. Y la dignidad es importante para la credibilidad no solo de los europeos, sino de todos los aliados”, critica Muriel Domenach, que fue embajadora de Francia ante la OTAN entre 2019 y 2024.
Quienes lo defienden argumentan, en cambio, que esa incomodidad es el precio razonable de un resultado tangible. Rutte se ha consolidado “como uno de los diplomáticos más eficaces de Europa y como un susurrador de Trump”, dice Matthew Kroenig, del Scowcroft Center for Strategy and Security del Atlantic Council. Bajo su mandato los aliados aceptaron, hace un año, el compromiso histórico de destinar el 5% del PIB a defensa antes de 2035 (excepto España, que asegura que puede cumplir con sus compromisos con el 2,1%); una cifra que ningún secretario general anterior había logrado siquiera poner sobre la mesa, y que Rutte considera la prueba material de que su método, por incómodo que resulte, funciona.

La pregunta que empieza a formularse en Bruselas, en Berlín y en París es si esa fórmula que combina el teflón con la silicona, diseñada para parlamentarios neerlandeses, que le valió la permanencia como primer ministro 14 años, cuaja con el presidente de la primera potencia militar del planeta y cuando lo que está en juego no es una coalición de Gobierno, sino el futuro de la seguridad europea.
Rutte necesita que Ankara sea algo más que otra puesta en escena. Ha bautizado la cita como el inicio de una “revolución industrial de defensa”. Y prevé convertirla en un gran escaparate de anuncios de contratos de defensa por decenas de miles de millones de euros para apuntalar el compromiso ―desigual entre aliados— de alcanzar el 5% del PIB en gasto militar para 2035 y de avanzar hacia la OTAN 3.0, como la llama Washington, un alianza más europea. Probablemente quiere que ese sea su legado. No ser recordado como el adulador de Trump, sino como el arquitecto de una Alianza que dejó de depender casi por completo de Washington justo a tiempo.
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