Trump celebra los 250 años de su país con ataques a sus rivales y una defensa del “sueño americano”

Estados Unidos celebró este sábado su 250° cumpleaños a pesar de los imponderables: una ola de calor extremo y tormentas eléctricas y el ego de su presidente, Donald Trump, que consumó, con algo menos dos horas de retraso, a eso de las 23:15 (hora de Washington, seis más en la España peninsular), el secuestro de un aniversario redondo que ha convertido en un gigantesco homenaje a sí mismo y que coronaron unos largos fuegos artificiales, “el mayor espectáculo pirotécnico de la historia”, según la Casa Blanca.

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 El presidente ofrece en Washington un mitin personalista para marcar el aniversario que la amenaza de una tormenta retrasó. Unos fuegos artificiales de récord completan la fiesta  

Estados Unidos celebró este sábado su 250° cumpleaños a pesar de los imponderables: una ola de calor extremo y tormentas eléctricas y el ego de su presidente, Donald Trump, que consumó, con algo menos dos horas de retraso, a eso de las 23:15 (hora de Washington, seis más en la España peninsular) el secuestro de un aniversario redondo que ha convertido en un gigantesco homenaje a sí mismo.

Lo hizo con un mitin, el cuarto que da en 10 días con el pretexto de una conmemoración para la que también ha organizado el día de su cumpleaños una pelea de artes marciales mixtas en la Casa Blanca y una feria MAGA y un gran servicio evangélico en el Mall. Como con los tres actos electorales anteriores, Trump prometió que sería “histórico”, lo nunca visto, pero acabó pareciendo más bien otro día en la oficina para el presidente de Estados Unidos más locuaz en décadas.

Antes del discurso, sonaron los mismos artistas y canciones de siempre: Lee Greenwood (God Bless the USA) y el tenor Christopher Macchio (Nessum Dorma). El orador, que salió acompañado de su esposa, Melania Trump, repitió, tras un cristal antibalas, argumentos gastados contra una supuesta amenaza comunista (“un comunista es un perdedor, y siempre lo será“, dijo) e infló los logros de sus dos mandatos y las cifras de asistencia (habló de 375.000 personas primero, y de 150.000 después). Abogó por la aprobación de una polémica reforma electoral que le obsesiona, se peleó con la verdad y atacó a sus adversarios en un día en la que sus compatriotas están llamados a aparcar las diferencias y celebrar juntos.

“Nuestra república estadounidense es el máximo logro de la historia de la humanidad”, afirmó, antes de exhibir la primera bandera estadounidense, con 13 estrellas, una por cada colonia que se levantó contra los ingleses en 1776. “Este país es el hogar de la libertad, y esta bandera es el estandarte de la nación más extraordinaria, excepcional e increíble que jamás haya existido sobre la faz de la tierra; y hoy nos va mejor que nunca”.

Se detuvo en la defensa de la Segunda Enmienda, la que garantiza la libertad de portar armas, cantó las bondades de figuras como los exploradores Lewis y Clark y el pistolero Wyatt Earp, comparó la victoria sobre la Armada española en la Bahía de Manila con los ataques contra los barcos iraníes de una guerra cuyo final se le resiste.

En una coreografía que recordó a su último Discurso sobre el Estado de la Unión (o a un programa de variedades, según se mire), llamó al escenario a la tripulación del Artemis, a un veterano de la guerra de Vietnam, ua n combatiente del Día D de 107 años y un superviviente de Pearl Harbor y otro de Iwo Jima, que fueron recibidos con cantos de “U.S.A, U.S.A!”. “El sueño americano ha vuelto”, sentenció Trump.

En cuanto a la meteorología, estuvo toda la jornada haciendo de las suyas en Washington, tal vez como un recordatorio de que esta conmemoración redonda es la primera marcada por algo que el presidente prefiere obviar: el cambio climático.

Las temperaturas, que coquetearon con los 40° centígrados en una ciudad húmeda y pegajosa, obligaron varias veces a la organización, sobrepasada por los acontecimientos, a retrasar las actividades programadas. Lo peor llegó cuando las puertas del recinto ya estaban abiertas y el exceso de precaución por la aproximación de una tormenta provocó el desalojo de decenas de miles de personas que hicieron colas de hasta cuatro horas para pasar por los detectores de metales. La fiesta tenía la consideración de máxima seguridad, teniendo en cuenta, aunque no solo, que su gran protagonista ha sobrevivido a tres intentos de atentado.

Los hubo que se enfrentaron a los agentes y se negaron a salir al grito de “si [George] Washington cruzó el Delaware, nosotros podremos mojarnos un poco”, en referencia a un heroico episodio de la Revolución Estadounidense. Otros, más pacíficos, se refugiaron en los museos del Mall, como el de historia afroamericana, donde la multitud se entretuvo cantando el himno estadounidense y America the Beautiful, mientras Roxanne Neuhaus, votante de Trump de Tampa (Florida), confiaba en que la fiesta sirviera para descubrir que “hay más cosas que unen que las que separan a los americanos”.

El recurso a la historia del empecinamiento también sirvió a Trump, que dijo que el mitin se iba a celebrar a la hora que fuese, porque, según declaró a un locutor de Fox News, “si los héroes de Normandía fueron capaces de tomar esa playa”, él no pensaba dejarse amedrentar por unos cuantos rayos y truenos.

Para entonces, los vecinos de Washington, de mayoría demócrata, llevaban horas soportando el inquietante estruendo del sobrevuelo de aviones militares F-35C, B-1 o thunderbird, además del Air Force One, e instalados en un déjà vu. El ambiente en las calles les devolvió el recuerdo de aquel 20 de enero de 2025, día de la toma de posesión de Trump. Entonces, fue un frío, también extremo, el que trastocó los planes de miles simpatizantes del movimiento MAGA (Make America Great Again) que vinieron a celebrar el regreso al poder de su líder. Algunos, como Paul y Lydia, un matrimonio de inmigrantes asiáticos llegados de San José (California) repetían este sábado un año y medio después y con la fe en Trump intacta.

Aunque entre la marea de asistentes había de todo: familias amish, grupos de amigos de Virginia Occidental, trabajadores del Congreso, simpatizantes del líder juvenil MAGA Charlie Kirk, asesinado en septiembre, y hasta una muchacha que se paseaba con un megáfono pegado el móvil, mientras este escupía un rap de moderado éxito entre ciertos sectores progresistas cuyo estribillo dice: “Fuck Donald Trump”.

Es conocida la poca sutileza de los estadounidenses a la hora de expresar su patriotismo el 4 de julio, día en el que se conmemora que las 13 colonias aprobaron independizarse de la corona inglesa, y este 4 de julio, tan señalado, no iba a ser menos. Había barras y estrellas por doquier y banderas de todos los tamaños entre los que deambularon durante todo el día por la ciudad sofocada. También las empuñaban, junto a enseñas confederadas, varias decenas de miembros de una milicia supremacista blanca llamada Frente Patriota, que desfilaron de buena mañana por las calles de la capital partiendo de la estación de tren.

Más allá de la burbuja política, mediática y últimamente trumpista de Washington, las celebraciones tomaron miles de ciudades y pueblos de costa a costa.

Hubo fuegos artificiales en la bahía de Baltimore y un maratón en Alaska y la gran diva de soul Jill Scott cantó para sus vecinos de Filadelfia, después de que Francia derrotara a Paraguay en los octavos del Mundial. Un espectáculo de luces y música sinfónica llenó el cielo de la revolucionaria Boston y miles de personas se citaron en Monticello, la plantación en la que Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia, poseyó al menos 607 personas esclavizadas a lo largo de su vida, para asistir a la ceremonia de naturalización de 75 nuevos estadounidenses en tiempos de terror migratorio de Trump.

Al final de su discurso de 37 minutos, Trump dijo que “lo mejor está por venir”. “Es el amanecer de la edad dorada de Estados Unidos y, en este 4 de julio, declaramos —tal como lo hicieron hace dos siglos y medio— que, por nuestro país, por nuestros hijos y por la causa de la libertad, llevaremos a nuestra nación a nuevos niveles, a cotas nunca antes alcanzadas. La haremos más grande, mejor y más fuerte, y la amaremos aún más», prometió.

Cuando el reloj marcaba la medianoche, empezó el espectáculo de fuegos artificiales, que siguieron no solo los citados en el recinto de un Mall irónicamente vallado para celebrar la libertad, sino por toda la ciudad, cuyos vecinos buscaron cualquier atalaya para ver estallar más de 860.000 cartuchos, a razón de, según la organización, unos 400 por segundo. Y la pirotecnia tiñó el cielo de blanco, azul y rojo.

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