La controvertida decisión que hizo de Abadía Retuerta el gran oasis del lujo silencioso: «A veces es rentable decir no»

El Duero hace aquí un extraño quiebro antes de seguir su camino hacia Portugal. Durante siglos, esa curva dio nombre al lugar. Retuerta procede del latín Rivu Torta, el río tortuoso, una gran comba que dibuja el cauce fluvial a los pies de una curiosa abadía románica levantada hace casi nueve siglos en pleno corazón de Castilla, en la localidad vallisoletana de Sardón de Duero. Pero no estamos en un monasterio cualquiera. Aquí, como ese capricho del río, siempre se ha trabajado un poco a contracorriente. Y esa sigue siendo, aún hoy, la principal seña de identidad del proyecto que dirige Enrique Valero.

 El sevillano Enrique Valero ha creado un destino propio y exclusivo en este histórico enclave vallisoletano del siglo XII. Hoy le aplauden, pero no siempre se le ha entendido  

El Duero hace aquí un extraño quiebro antes de seguir su camino hacia Portugal. Durante siglos, esa curva dio nombre al lugar. Retuerta procede del latín Rivu Torta, el río tortuoso, una gran comba que dibuja el cauce fluvial a los pies de una curiosa abadía románica levantada hace casi nueve siglos en pleno corazón de Castilla, en la localidad vallisoletana de Sardón de Duero. Pero no estamos en un monasterio cualquiera. Aquí, como ese capricho del río, siempre se ha trabajado un poco a contracorriente. Y esa sigue siendo, aún hoy, la principal seña de identidad del proyecto que dirige Enrique Valero.

La Abadía de Santa María de Retuerta fue fundada en 1146 por Doña Mayor, hija del conde Pedro Ansúrez, considerado el fundador de Valladolid. Los monjes premostratenses llegados de Francia comenzaron a cultivar aquí un vino muy distinto al que hoy identifica a la Ribera del Duero. Según la documentación histórica, producía sobre todo blanco, con cepas traídas de Borgoña. Un documento de 1504 habla de más de 80.000 cántaros -unos 1,2 millones de litros- salidos de estas tierras. La abadía llegó a ser la casa madre de la orden premostratense en España, hasta que la desamortización de Mendizábal la condenó al abandono. Los monjes se marcharon, las obras de arte se dispersaron y el edificio sobrevivió gracias a los labriegos que siguieron habitándolo.

Novecientos años después de su fundación, ese monasterio alberga uno de los hoteles mejor valorados de Europa. Bajo sus bóvedas románicas conviven el restaurante Refectorio, con estrella Michelin; un spa excavado bajo tierra; una colección de arte contemporáneo y una antigua cripta donde descansan más de 8.000 botellas que conservan todas las añadas de la bodega desde 1995. ¿Pero qué hace un lugar así entre los activos de la farmacéutica suiza Novartis?

Enrique Valero (Sevilla, 1964) sonríe. Lleva 16 años respondiendo a esa misma pregunta. Licenciado en Derecho, MBA por el IE y curtido durante buena parte de su carrera en multinacionales como Diageo (Johnnie Walker, Tanqueray o Baileys), aterrizó en Sardón de Duero en 2009 para dirigir la bodega. En 2017 asumió también la dirección del hotel LeDomaine y desde entonces ha ido uniendo todas las piezas hasta convertir Abadía Retuerta en algo mucho más ambicioso que una bodega. Su plan no es vender vino, es construir un destino.

La mejor prueba aparece mientras recorremos la finca. En la terraza de Calicata, el espacio gastronómico más informal de la bodega, tres jóvenes mexicanas degustan el menú y catan sus vinos. Rondan la treintena. Han pasado dos días en Madrid, alojadas en el Four Seasons, y pasarán otros tres aquí antes de volver a México.

-¿Cómo habéis acabado en Abadía Retuerta?

Nos lo recomendó la inteligencia artificial. Le pedimos un sitio exclusivo, tranquilo y cerca de Madrid.

Abadía Retuerta obtuvo en 2022 su propia Denominación de Origen Protegida
Abadía Retuerta obtuvo en 2022 su propia Denominación de Origen Protegida

El posicionamiento es clave para Abadía Retuerta. No es barato. El precio medio de una habitación en LeDomaine ronda los 850 euros por noche. Sólo tiene treinta. ¿Podría hacer más? Fácilmente. Pero Valero tiene claro que ese no es el camino. El año pasado, el complejo acogió la boda de Stella del Carmen, hija de Antonio Banderas y Melanie Griffith, con Alex Gruszynski. Entre los invitados figuraban, entre otros, Malia y Sasha Obama, las hijas del expresidente estadounidense, además de numerosos rostros conocidos de Hollywood. El propio Banderas explicó después que fue su hija quien eligió el lugar tras conocerlo años antes durante un viaje por España.

Hace 15 años, cuando asumió la dirección general, Valero tomó una decisión que muchos, dentro y fuera del sector, calificaron de locura: reducir un 60% la producción de la bodega. Mientras la competencia perseguía aumentar el volumen de botellas, él decidió fabricar muchas menos. «Si haces un vino excelente y me das la opción de comprarlo a cinco euros, a 15 o a 60, no estás en ningún sitio«. Aquella decisión levantó ampollas incluso entre distribuidores históricos. «Alguno me confesó años después: te queríamos matar». Hoy, sin embargo, todos ganan más dinero.

Valero suele recordar una reflexión que escuchó durante la crisis financiera. Un periodista preguntó a Enrique Loewe si pensaba bajar precios para adaptarse a los nuevos tiempos. «Nosotros sólo producimos calidad. Si bajamos el precio tendremos que quitar calidad al producto o pagar peor a nuestros artesanos. Así que no lo vamos a hacer», contestó el empresario referente del lujo. Aquella reflexión terminó convirtiéndose casi en un manual de gestión para Valero: «Si quieres vender excelencia, no puedes competir por precio«. La compañía decidió dejar de comportarse como una bodega más y empezar a construir una marca. Renunció deliberadamente al volumen, eliminó referencias de entrada y concentró sus esfuerzos en crear valor alrededor del vino.

Hoy Abadía Retuerta prevé cerrar el ejercicio con 17,8 millones de facturación, un EBITDA de 3,5 millones y un crecimiento cercano al 8% anual. Su peso resulta irrelevante dentro de un gigante como Novartis, que factura más de 54.000 millones al año, pero la multinacional, que heredó de casualidad la finca tras la integración de Sandoz, está cómoda con la filosofía del proyecto. El objetivo es crecer otro 60% en los próximos cuatro o cinco años, sin comprar bodegas ni abrir nuevos hoteles, únicamente aumentando el valor añadido.

Alrededor de las treinta habitaciones de LeDomaine gira hoy un ecosistema que incluye el restaurante Refectorio, distinguido con estrella Michelin; el Huerto de los Monjes, del que se abastecen las cocinas; un bosque reforestado con miles de árboles; una impresionante colección de arte, conciertos; encuentros culturales; sesiones de yoga al amanecer; rutas junto al Duero o experiencias de bienestar que poco tienen que ver con el turismo enológico tradicional.

Durante años, Abadía Retuerta intentó integrarse en la Denominación de Origen Ribera del Duero. Nunca lo consiguió. Lo que para muchos habría sido un fracaso terminó convirtiéndose en una ventaja competitiva. Tras décadas demostrando la singularidad de su terruño, Abadía Retuerta obtuvo en 2022 su propia Denominación de Origen Protegida Vino de Pago, una de las máximas distinciones que puede recibir una finca vitivinícola en España. La independencia les permite trabajar con variedades como Syrah, Merlot o Garnacha y desarrollar proyectos que difícilmente tendrían cabida dentro de un reglamento más rígido. «Si hubiéramos entrado entonces en Ribera del Duero probablemente hoy seríamos otra bodega más».

La finca supera las 700 hectáreas, de las que cerca de 200 corresponden al viñedo. Están divididas en 54 pagos diferentes según el tipo de suelo y cuentan con una parcela experimental donde ensayan variedades capaces de responder mejor al cambio climático. Incluso la propia bodega, diseñada en 1996 por el prestigioso viticultor francés Pascal Delbeck, fue concebida para mover la uva y el vino únicamente por gravedad, sin bombas mecánicas que alteren el producto.

Valero habla constantemente de orgullo de pertenencia, de formación, de celebrar los logros colectivos y de generar comunidad. Hasta tiene una obsesión para medir el servicio: «Tenemos que provocar un wow cada cinco minutos«. Sus planes no pasan por ampliar el hotel en la próxima década. Proyecta una quesería, un vivero, un mercado permanente de productores locales, residencias internacionales para artistas, un laboratorio gastronómico, proyectos educativos para enseñar a los niños de dónde vienen realmente un tomate o un pollo. «Todo tiene que crecer como las capas de una cebolla», explica. Cada nueva iniciativa debe reforzar la anterior sin competir con el verdadero protagonista: el monasterio, que sigue dominando el paisaje igual que hace nueve siglos.

Hace casi novecientos años fueron unos monjes franceses quienes entendieron que aquel recodo del Duero escondía algo especial. Enrique Valero está convencido de que todavía queda mucho por descubrir. Pero sin prisa y a veces a contracorriente. «A veces lo más rentable que existe es decir no«, concluye.

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