Durante ocho horas, en una sala de la sede de JPMorgan en Nueva York, las dos mayores potencias tecnológicas del planeta trataron de poner reglas a una carrera que apenas las tiene.
Washington propone un mecanismo de alerta ante incidentes graves con IA mientras las dos potencias tratan de prolongar su tregua comercial antes de la cumbre del jueves entre Trump y Xi
Durante ocho horas, en una sala de la sede de JPMorgan en Nueva York, las dos mayores potencias tecnológicas del planeta trataron de poner reglas a una carrera que apenas las tiene.
El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, no resolvieron la pugna por los chips avanzados, los algoritmos o las tierras raras. Pero acordaron abrir un diálogo sobre inteligencia artificial y activar una Junta de Comercio bilateral, dos cortafuegos políticos levantados pocos días antes de que Donald Trump reciba esta semana a su homólogo chino Xi Jinping en Washington.
«Tuvimos un encuentro muy exitoso con los chinos en materia de comercio e inteligencia artificial», celebró Bessent tras la reunión del domingo. A su lado, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, explicó que las ideas esbozadas durante la visita de Trump a Pekín en mayo comenzaban a convertirse en mecanismos concretos. El objetivo inmediato, reconoció, era preparar el terreno para que la cumbre del jueves entre los dos presidentes no descarrile antes de empezar.
El avance más novedoso es también el más delicado. Washington ha propuesto crear un «mecanismo de notificación» para comunicar incidentes relacionados con la IA que puedan afectar a la seguridad nacional.
Pekín todavía no ha aceptado públicamente la fórmula, pero ambas delegaciones sí han convenido en iniciar conversaciones para identificar «objetivos comunes y amenazas comunes». Es un acuerdo modesto, todavía sin protocolos, plazos ni una definición compartida de qué constituye un incidente. Su relevancia reside precisamente en que hasta ahora esos canales apenas existían.
EEUU y China compiten por desarrollar los modelos más potentes, controlar los semiconductores que los alimentan y extender sus propios estándares tecnológicos. Al mismo tiempo, incorporan la IA a sistemas militares, redes de inteligencia, infraestructuras críticas y operaciones de ciberseguridad. Un fallo, una falsa alarma o una acción automatizada mal interpretada podría escalar con rapidez en una relación ya lastrada por Taiwán, el disputado mar de China Meridional y la desconfianza estratégica.
La comparación con la Guerra Fría resulta inevitable, aunque todavía sea imperfecta. Washington y Moscú ya crearon líneas directas y acuerdos de notificación para reducir el riesgo de que un error provocara una confrontación nuclear. Con la IA, el peligro es más opaco: los sistemas evolucionan deprisa, gran parte de la tecnología está en manos de empresas privadas y a menudo ni sus creadores pueden explicar del todo cómo llega un modelo a una conclusión. Un canal bilateral puede permitir que un accidente tecnológico no sea confundido con un ataque deliberado.
Pero el diálogo entre los dos titanes está rodeado de profundas discrepancias. Washington quiere concentrarlo en la seguridad, el control de riesgos y los posibles usos militares. Pekín aspira a llevarlo al terreno más amplio de la gobernanza global, donde reclama voz para fijar normas internacionales y denuncia los controles estadounidenses sobre chips como un intento de contener su desarrollo.
La Administración Trump acusa también a las compañías chinas de aprovechar modelos norteamericanos mediante técnicas de destilación para acelerar sus propios sistemas. China replica que se trata de una práctica habitual en toda la industria.
Los dos gobiernos temen que una IA fuera de control amenace la seguridad, pero ninguno quiere frenar primero y conceder ventaja al rival. Trump ha defendido que ralentizar la innovación permitiría a China recortar distancias. Xi, por su parte, ha convertido la autosuficiencia tecnológica en una prioridad nacional frente a las restricciones de Washington.
Por eso, de la cumbre no se espera un gran tratado sobre IA, sino algo más rudimentario y quizá más realista: mantener abierto el canal, concretar qué incidentes deben notificarse y separar, en lo posible, la gestión de riesgos de la batalla tecnológica.
La otra vía de distensión será comercial. La confirmada este lunes Junta de Comercio, anunciada en mayo tras la visita de Trump a Pekín, pretende elaborar una lista de productos no sensibles que puedan intercambiarse con aranceles reducidos y al margen de futuras represalias.
China podría vender bienes de consumo y artículos de baja tecnología; EEUU, energía, productos agrícolas y dispositivos médicos. El volumen estaría limitado a 30.000 millones de dólares por cada parte, una cifra pequeña para dos economías de esta escala, pero suficiente para crear un espacio protegido dentro de una relación dominada por sanciones y controles.
El gran escollo sigue siendo la tregua comercial pactada por Trump y Xi durante su primer cara a cara en Corea del Sur en octubre del año pasado. Aquel acuerdo, que expira el próximo 10 de noviembre, frenó temporalmente nuevas restricciones estadounidenses y aplazó controles chinos sobre las exportaciones de las tan demandadas tierras raras. Pekín quiere extender la pausa hasta el final del segundo mandato del republicano. Washington, por su parte, prefiere una prórroga de seis meses.
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